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Dextrógiro

Máscaras

 
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JOSÉ LUIS SAORÍN Mi mujer se despertó y lanzó un gritó. Yo salí corriendo de la habitación y cuando me tropecé con mi hijo también lanzó un alarido. Toda mi casa gritaba, así que me vestí como pude y salí a la calle, donde de nuevo todo el mundo salía corriendo al verme. Tuvo que ser un espejo el que me revelara el misterio. Frente a mí, en un edificio de cristal había un monstruo verde que me hizo dar un grito a mí mismo. Pero no era un alienígena, sino solo mi reflejo. Un reflejo que me indicaba que durante la noche me había ocurrido una metamorfosis, pero no para convertirme en cucaracha sino en un ser de otro planeta o quizás de otro mundo. Aunque en realidad tampoco era eso, en realidad el reflejo me indicaba que había dormido con la máscara de halloween de la noche anterior. Sonreí por debajo del plástico terrorífico y con un gesto decidido me arranqué la máscara de un golpe seco. La tiré en una papelera y caminé hacia mi casa pensando en lo que se iban a reír mi mujer y mis hijos cuando descubrieran lo que había pasado. Llamé al timbre y esperé que se abriera la puerta. Mi mujer lanzó un grito al verme. Salí corriendo detrás de ella y cuando me tropecé con mi hijo, también lanzó un alarido desgarrador. Toda mi casa gritaba, así que me escapé a la calle, donde de nuevo todo el mundo salía corriendo al verme. Busqué un espejo y para mi sorpresa, el reflejo me indicó que todavía parecía un alienígena o un monstruo verde de ojos saltones. Arranqué la máscara con un gesto tan brutal que casi me quito la cara. Mi rostro apareció en el cristal y respiré tranquilo. Salí corriendo hacia mi casa, para tratar de explicarle a mi familia lo que me estaba pasando. Llamé al timbre y esperé que se abriera la puerta. Se abrió, y mi mujer lanzó un grito al verme. Salí corriendo detrás de ella y cuando me tropecé con mi hijo, también lanzó un alarido desgarrador. Toda mi casa gritaba, así que me escapé a la calle, donde de nuevo todo el mundo salía corriendo al verme. Busqué de nuevo un espejo y al verme en el reflejo, descubrí con sorpresa que no tenía ninguna máscara. Mi cara, la de siempre me miraba desde el otro lado y reflejaba la misma sorpresa que había en la mía. Pensé en ese momento, que quizás era mi familia la que me estaba gastando una broma. Me toqué la cara para comprobar que no era una máscara y caminé a mi casa con paso lento y pensativo. Llamé al timbre y contuve el aliento mientras se abría la puerta. Mi mujer abrió la puerta y me miró con gesto indiferente. Mi hijo contemplaba la televisión abstraído y no me contestó cuando le dije hola. Eché de menos ser un monstruo, me puse una máscara y me eché a llorar.

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