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Algo más que palabras

Al mar todas las lágrimas van

 
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VÍCTOR CORCOBA Desde que Gustavo Adolfo Bécquer vociferó a los cuatro vientos, que también "¡las lágrimas son agua y van al mar!", me sobrecoge aún más la amargura. El mar, la mar, siempre olvidada y siempre querida. Europa, que es ribereña de dos océanos y posee cuatro mares que albergan multitud de actividades, desde el comercio y el transporte hasta la pesca y el turismo, está dispuesta una vez más a poner orden en sus aguas. La verdad que, con tantos silencios de dolor rumiados, cuesta esperanzarse.

Los vertidos tóxicos, las prácticas de pesca ilegal y no regulada, la explotación excesiva, la piratería, la delincuencia organizada, el tráfico de drogas, la inmigración ilegal, el robo a mano armada contra los buques, las amenazas terroristas, todo esto y más, hoy por hoy navegan por alta mar con crecido despecho, desbordante altanería y desprecio total por la vida marina. Los navegantes y los hombres de mar sufren todas estas consecuencias y aumentadas. Son los grandes sufridores. Soportan el aislamiento familiar con la prolongada permanencia en el mar, los obstáculos para la defensa de derechos, la peligrosidad de las faenas, el choque con ambientes de otras culturas. Para colmo de males, las autopistas del mar están colapsadas de chatarra flotante y de rumbos tan necios como traicioneros.

Pienso que algún día llegará la cordura. ¡Qué no tarde en saltar la chispa sabia! Con urgencia deben considerarse importantes los mares y océanos. El día que desde la tierra nos tomemos en serio la cultura del mar, que es cultivo de vida, ganaremos la cortesía del aire que hace más confortable el viaje. Por desgracia, la mano del hombre está causando graves estragos en las aguas del mundo. Esa es la pura verdad. Lo demás son propósitos de enmienda que no llegan nunca a enmendarse del todo.

La consecuencia de tantos desmanes ahí está, con el aumento de las temperaturas de los mares, la elevación del nivel del mar y la acidificación de los océanos. Hay un deber internacional de proteger y avivar la cultura marina, pero también hay una obligación individual que nos incumbe a todos. Podemos pensar que lo que hacemos con nuestro esfuerzo es tan solo una gota en el mar, pero la mar sería menos si le faltara esa gota que, como nuestras lágrimas, implícitamente llevan la sal de la existencia.

Los tesoros del mar como los de la tierra hay que cuidarlos. Forman parte de nosotros. Por todo ello, tenemos que mimar antes que explotar recursos marinos, hacerlo de forma responsable. El precio humano de la grandeza es, sin duda, la responsabilidad que pongamos en los quehaceres. La factura del deterioro del medio marino y costero es tan pública como notoria. Hay que hacer algo. Lo decimos todos. Seamos navegantes de luz y el que no sepa por qué camino llegar al mar, tome el río de su pueblo y límpielo.
corcoba@telefonica.net

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