SARO DÍAZ
Formo parte de una generación de aprendices de inglés. Lo chapurreamos, nos apuntamos a cursillos una y otra vez (dejando por en medio el tiempo suficiente como para que se nos olvide lo aprendido en cada una de las ocasiones) y hasta nos atrevemos a decir a los amigos eso de my name is tal y cual. Tengo tal colección de compañeros de curso de inglés y profesores, que podría montar un club, un club inglés, por supuesto.
Antes me echaba la culpa a mí misma de no aprender inglés de una puñetera vez, pero me he dado cuenta de que no es responsabilidad mía únicamente, sino que la propia lengua ayuda. De hecho, nadie aprende inglés a no ser que se vaya a vivir un par de años a algún rincón anglosajón.
Lo más preocupante es que incluso colegas que permanecieron un año en Londres cuidando niños o vendiendo coca-colas en algún pub inmundo continúan haciendo algún cursillo que otro de vez en cuando para "recuperar lo olvidado". Ni ellos saben hablar inglés, y eso que un año hablando y escuchando ese idioma es mucho, o a mí al menos me parecería eterno.
Así que la culpa es del inglés, que resulta una lengua francamente escurridiza y no se deja aprender. Dicen que el chino es uno de los idiomas más difíciles que existen, pero estoy segura de que lo hablaría si los cursillitos realizados (on line, presenciales, intensivos... ) hubieran sido para aprender esa lengua y no el inglés.
He notado, además, que los profesores odian a los alumnos que somos eternos aprendices de inglés. Nos dan por perdidos nada más vernos aparecer por el aula para repasar el my name is tal y cual, Hello, What do you do etc... No depositan ninguna expectativa en que acabemos por ser capaces de mantener una conversación civilizada en la lengua de Shakespeare (o de Sexo en Nueva York). Claro que esa sensación tiene su justa correspondencia en los alumnos, nosotros, que tampoco guardamos la más mínima esperanza de acabar hablando inglés.
Si nos apuntamos una y otra vez a clases es porque nos sentimos obligados a ello, todo el mundo nos dice lo importante que es hablarlo aunque nadie lo haga a nuestro alrededor. También saltamos de un curso u otro de inglés porque ya no reconocemos nuestra vida sin aparentar que lo aprendemos. Creo, por otra parte, que nos mereceríamos algún homenaje o algún tipo de descuento tributario. No en vano hemos contribuido a que un montón de gente que no sabía hacer otra cosa trate de enseñarnos hablar inglés y pueda ganarse un sueldo más o menos decente. Propongo que el homenaje adopte forma de busto de papel maché en el que se represente el rostro de un principiante cuando le informan de la lista de verbos irregulares que existe en inglés.
La verdad es que, personalmente, le he cogido un montón de cariño a las pocas expresiones y palabras que he aprendido en la lengua de Sexo en Nueva York (o de Shakespeare, ya se sabe). Las cultivo con afecto y las he puesto en una hermosa vitrina para admirarlas, poco dispuesta a que otras palabras le arrebaten su lugar.
Pero no, esta vez me he propuesto firmemente que no será así. Me he vuelto a apuntar a un curso de inglés para principiantes. Al fin y al cabo es en lo único que a estas alturas se me puede considerar principiante pese a mi dilatada experiencia en principiar el aprendizaje de la citada lengua. En esta ocasión voy a mezclar lo on line con lo presencial y algo me dice que será definitiva. De hecho, tengo un montón de planes para cuando sepa hablar inglés. Pienso irme yo solita a la India para hablar con todo el mundo (me pregunto si entenderé su acento) y después pasaré una temporada en San Francisco, que es algo que siempre me ha hecho ilusión. También me gustaría darme un garbeo por Miami, de cuyo mal gusto me han hablado como de una extraña atracción turística. Podré entender el idioma internacional de la aviación comercial (qué esperar de un gremio que ha preferido el inglés al francés). Podré ir de compras por Londres y atribuir la antipatía de sus habitantes a razones distintas de mi pésimo inglés. Sí, esta vez será definitivo. Porque una de dos: o aprendo de una p... vez a desenvolverme en inglés o no lo volveré a intentar nunca jamás, poniendo The End a una película que empieza a aburrirme soberanamente.