JAVIER RUIZ
Querido sastre:
La noche llega ahora antes y amanece más temprano, parece como si alguien hubiera retrasado las agujas del reloj, y los vecinos se ven sorprendidos por la luz de la mañana, que llega cuando no debiera, y sobresaltados por la oscuridad de la tarde, que los aborda donde no la esperan. Desde hace unos días, se produce un suceso insólito en el barrio. Las pocetas de los flamboyanes que flanquean el cauce del barranco crecen. Sin testigos, mudas, nadie ve a los operarios que ensanchan su perímetro ni escucha el trajinar de la mezcladora de cemento. Lo cierto es que un día son como siempre fueron y al día siguiente son mayores. Y, claro, María Jiménez se encuentra sobrecogido por tan sobrenatural fenómeno.
Adela, la vecina, la herramienta orgánica de comunicación del barrio, supo de los hechos y lo quería comentar en la panadería de la calle San Juan pero, a falta de datos y ante el aluvión de preguntas que no logra responder, se aposta en la pasarela metálica que cruza el lecho seco sin que la vean, intentando conseguir la jugosa exclusiva y desvelar el misterio que perturba a todos. Allí, recuerda a su abuela, doña Vilma, la imagen brumosa de una infancia con olor a café con leche y madalenas, sus dedos nudosos reposando sobre los brazos del sillón, su piel cerúlea, su trágico final.
Cuenta su madre que la mujer gustaba de hablar con los árboles viejos, de tronco ancho y cuarteado. Pasaba por una plaza y sus ojos se abrían brillando al encontrar un laurel, una jacaranda o un ficus. Sigue tú con los mandados que me quedo a charlar un ratito, le decía a su hija. Y ahí se paraba, bajo la confortable sombra del paraguas de sus ramas, de cháchara. Me preguntó por ti, contaba luego, y cree que aunque la niña sea tan parlanchina será buena gente, que no dejes de darle gofio.
Una tarde, la enorme araucaria con que la pasaba largos ratos había desaparecido. Venía pensando comentarle algo, cuando vio el inmenso vacío. Enmudeció y siguió caminando. Ella me anunció que tu padre moriría, le aseguraba murmurando, que me quedaría en cinta y que tú nacerías. Después, se sumió en el silencio y se postró en su sillón para no moverse ya de allí.
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