ALBERTO RODRÍGUEZ ÁLVAREZ
Existe una tendencia natural a rechazar aquello que nos ata a una obligación por pura necesidad; incluso en el supuesto de que la imposición nos ayude a sobrevivir en medio de la necesidad que surge en los rescoldos de las hogueras de posguerra. El instinto de conservación, que nos invita a seguir viviendo en medio de las crisis más profundas, determinó que nos abrazáramos al gofio como único alimento para conseguir ahuyentar a las ganas de comer en los cortos días y eternas noches que envolvieron a nuestra infancia y adolescencia. Fueron tantas las veces que paseamos a la talega del gofio –bolsa blanca de un tejido tupido, resistente y fruncido en uno de sus extremos– hasta las diferentes moliendas asentadas en el solar municipal que el olor a millo o trigo tostado y molido nos resultaba tan familiar como la cara de los miembros de la propia familia. Fue tanto el gofio que comimos añadido a algún tipo de infusión –generalmente té–, amasado –formando una pelota– con agua pura, incorporado al potaje de coles, espolvoreado sobre los higos de leche... que llegamos a aborrecerlo. Y nuestro repeluzno hacia el gofio duró algunos años, justo el tiempo necesario para darnos cuenta de que el gofio sabía mejor si el agua era substituida por leche, si el amasado se realizaba en un zurrón con la incorporación de otros alimentos o si se preparaba un buen escaldón con tropezones aprovechando el caldo de puchero o de pescado. Uno confiesa que ha vuelto a comer –con ganas– gofio y estaría dispuesto a asegurar que si un niño en edad escolar se desayunara con una taza de leche, gofio y queso blanco picado, estaría a salvo de los clásicos desmayos que se dan hoy día en la escuela.
Suponemos que se debe a una acertada propaganda el que los niños de hoy vean en la bollería y en otras harinas una bondad mayor para la alimentación que, desde mi punto de vista, poco o nada tienen que ver con la educación del gusto. Y si usted quiere comprobar que es cierto esto que digo deles aprobar angulas –que no gulas–, caviar iraní –que no caviar gomero–, y se llevará la sorpresa de que no les apetece ni verlos. En mis tiempos de compartir en el comedor de la escuela la comida que era servida para todos nunca vi a un maestro quejarse por la calidad de los platos y, sin embargo, muchos fueron los alumnos que se alzaron en rebelión ante un plato que tenía como único delito salirse de nuestra cocina tradicional. Y si se debe a la propaganda el que un niño se decante por un alimento o por otro bueno sería pensar en incorporar alguna que otra mariconada –con perdón– de plástico a los paquetes de nuestro alimento más viejo y nunca reivindicado por los nacionalistas de salón.
El gofio tenía que haber sido promocionado en los tiempos de abundancia para ganarle la batalla a los copitos de esto y de lo otro. Porque si en época de crisis se intenta promocionar su consumo por imperativo legal y extendiendo otras tarjetas del gofio –como las que se entregaron en los tiempos del racionamiento– la gente va a pensar que consumir gofio es un castigo de Dios. Tratar de equilibrar nuestra balanza de pagos y disminuir las listas del paro en base a comer gofio por un tubo nos parece una noble pero imposible aspiración. Uno se conformaría con que las autoridades académicas tuvieran la valentía de incorporar el gofio a la dieta establecida para los centros de enseñanza públicos. Prediquen pero den trigo, o millo... tostado y molido.