JUAN LUIS CALERO
Parece que fue ayer, y ya hace tres años, ahorita, que esta página se puso en marcha desde la Villa y Corte. Por eso me ha parecido en este insignificante aniversario, centrarme en aquella primera cabecera, Exiliado en la Corte, y dejar Lo que cabe en el balayo para otro día. De uno a otro título va mucho trecho. En un momento inicial fue un exilio, aunque nada o poco, tiene que ver con el exilio del que nos habla Plutarco en el siglo II de nuestra era, y del que doy cuenta hoy sin ahorrar palabras de la serie de Clásicos de Grecia y Roma, de Alianza Editorial, en la edición que incluye dos tratados, Consejos políticos y Sobre el exilio. Es una mínima referencia de la inmensa literatura consolatoria que existe sobre el exilio a lo largo de la historia. Según nos dice el autor griego, el exilio conlleva la pérdida del sustento vital, de la salud y de la hacienda, la pérdida de las facultades de la mente y del alma, la pérdida temporal de amigos y parientes, la pérdida de cargos y honores, de la autoridad y el poder; la deshonra ante los conciudadanos, la imposibilidad de regresar a la patria o de ser enterrado en ella, la pérdida de libertad de palabra. Me valen las palabras consolatorias que Plutarco dirige a su amigo, quizás fuera Menémaco de Sardes, que se hallaba en el exilio, para contrarrestar los efectos nocivos que puedan aquejar a quien se siente desterrado. Plutarco dice que el hombre que ha sufrido un contratiempo en la vida no necesita a extraños que lloren por él, sino a amigos verdaderos que le ofrezcan palabras de consuelo y le den ánimos con franqueza. Para unos el exilio es un mal (Polinices), para otros una oportunidad llena de posibilidades (Alcmán de Esparta), y en esta cara veo lo que siempre plantea la vida cuando nos caemos de pronto en una encrucijada sin rótulos que apunten a alguna dirección. No pocos ciudadanos envidian tu vida, asegura el historiador griego dirigiéndose a su amigo, aun con la mancha del exilio. Y ve en la filosofía la mejor medicina para afrontar situaciones difíciles como ésta: los aspectos ventajosos y positivos que concurren en nuestra vida han de pasar a primer plano, los aspectos negativos han de ser minimizados. Porque el azar del nacimiento, según Plutarco, nos obliga a servir a la ciudad de nuestros padres, por muy oscura que sea. Pero el exilio te libera de ese contrato y te ofrece la posibilidad de escoger una patria conforme a las propias aspiraciones, con la ventaja añadida de que no te impondrá las obligaciones onerosas que te acuciaban en casa. Y si alguien ofende al desterrado habrá que traer la anécdota de Diógenes el Perro cuando le dijeron "Los de Sinope te han condenado a ser desterrado del Ponto", replicó: "Pues yo a ellos a permanecer en el Ponto".