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Prisma inocente

Los novios de la boda

 
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ALBERTO RODRÍGUEZ ÁLVAREZ
Una clasificación parcial y prosaica –por elemental– permitiría situar a los seres humanos en dos bandos: los hombres y mujeres que no pueden vivir sin estar rodeados por el halago continuo, por una agobiante e insana necesidad de protagonismo y los hombres y mujeres que han llegado a tener muy claro que lo mejor es pasar desapercibidos. Y es en el ejercicio de la praxis política donde podemos observar, muy claramente, la existencia de estas dos subespecies de la especie humana. A los políticos, generalmente, les da vida el verse observados y saludados por las calles, salir en la pantalla de un televisor en emisiones de máxima audiencia, ser enfocados por las cámaras en las sesiones parlamentarias, etcétera. En fin, vanidad de vanidades. Todo es vanidad –que diría el Eclesiastés–.

Que el ejercicio de la política en la actualidad está repleto de contradicciones es cuestión tan evidente que no es menester perder el tiempo para realizar ningún tipo de análisis para demostrarlo. Pues bien, no es para nada ajena la política canaria a las contradicciones mantenidas al socaire de la mediocridad, el oportunismo y, sobre todo, la envidia que es, como nos enseñaron de niños, uno de los siete pecados capitales. Y debe atribuirse a la envidia –¿a qué si no?– que José Segura –sobrino del inolvidable Julián Segura– no haya llegado más lejos como miembro del PSOE porque resulta innegable, y a los hechos objetivos me remito, que es persona preparada para ocupar los más altos cargos en las tareas del Estado. Siempre he pensado que con la decisión de Segura de dedicarse a la política la Universidad perdió a un profesor excepcional por el dominio de las materias que impartía y por unas cualidades pedagógicas que siempre he considerado innatas. Pero a Segura, tal como dije más arriba, le gusta verse rodeado de gente que valore en su justa medida aquello que hace y tal cosa, el reconocimiento social, no se encuentra precisamente subido a un atril y explicando sobre una pizarra el ciclo de Carnot.

Ciertamente debo admitir que la alongada dedicación de José Segura a la política puede estarle pasando factura pero no es menos cierto que Segura no está de vuelta de nada y sigue superando sobradamente a los políticos de patria chica: en méritos, en trabajo realizado, en preparación y en saber estar. El hecho relevante de que a este político le haya dado por desvelar ahora –más vale tarde que nunca– que resultan incompatibles los cargos que desempeña Juan Fernando López Aguilar no es motivo para que destacados miembros del PSC hayan puesto el grito en el cielo. Porque lo que ha confesado Segura lo pensamos muchos canarios ya que tenemos muy claro que no se puede estar en misa y repicando so pena de que muchos parroquianos se vean sorprendidos y obligados a preguntarse por quién doblan las campanas cuando en realidad el sonido se debería corresponder con un toque gozoso.

Uno advierte un flagrante contrasentido al saber que han sido Santiago Pérez y Juan Carlos Alemán los que han llamado al sepulcral silencio en un tiempo en el que la democracia debería animarnos a manifestar lo que pensamos en cualesquier tiempo y lugar porque ya ha pasado el tiempo aquel en el que nos hacían comulgar con ruedas de molino. Yo podría decir de Segura lo que ha dicho Santiago Pérez –"Segura quiere ser siempre el novio de la boda". Pero Santiago Pérez, que lleva tanto tiempo como Segura metido en política y está más visto que un tiovivo de feria, no debe achacar a nadie lo que también se le podría achacar a él. Lo que no podrán negar, Santiago Pérez y Alemán –ambos, dos– es que son especialistas en las apuestas a caballo ganador. Y ahora conviene apostar por López Aguilar. Aunque no sea el novio de la boda.

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