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Los jardines de Júpiter

Gánigos

 
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YAIZA AFONSO HIGUERA La sonrisa de papá era inmensa cuando subíamos a Las Cañadas. Él nos contaba con orgullo que conocía aquel lugar como la palma de su mano. En el Land Rover naranja viajábamos a lo alto de la Isla (unas veces por Arafo otras por La Esperanza). Después caminábamos los senderos marcados por el fuego tras dibujar la ruta. Cada uno llevaba su morral cargado con una cantimplora, un bocadillo de tortilla, una lata de sardinas y frutos secos variados. Aprendimos de las abejas que vuelan cerca de los tajinastes rojos, del atractivo olor de las retamas blancas, de los tizones en las lajas, de las casas de las hormigas... Fuimos partícipes de cada detalle y de cada seña. Nos subíamos a lo alto de las rocas para gritar ¡ahh! Mientras, las palabras de nuestro guía nos convertían en arqueólogos, en descubridores de huellas, en buscadores de tesoros... Así, donde algunos solamente veían un cúmulo de rocas, nosotros apreciábamos la estructura de un antiguo asentamiento guanche. También podíamos distinguir una tabona tallada en medio de un jardín de obsidianas. La obsesión por la búsqueda de lo no escrito nos hacía ilusionarnos por la tierra. En algunas de las excursiones encontramos cuentitas de barro (nos encantaban las diminutas), también vimos como aparecían gánigos intactos después de pasar siglos en sus escondites. Siempre supimos que esta comunión con el pasado era una forma de vivir el futuro. Papá también nos habló de los expolios, del desprecio de cierta gente que se ha dedicado a comercializar con las huellas y el territorio.

Después de tantos años resulta mágico que aún existan hallazgos. Hace unos días una pareja de turistas alemanes encontró una preciosa vasija en uno de los caminos bajo la sombra del volcán. -"No está todo perdido, podemos seguir soñando con los descubrimientos", dijo mi hermano. Los curiosos espectadores de las rocas hicieron público su secreto, lo compartieron con una delicadeza exquisita. Hoy el gánigo está resguardado en el museo, junto a los cuerpos inertes de los que lo moldearon y seguramente, junto a los espíritus de hombres y mujeres que no olvidaron que para ser hoy hay que saber ser ayer.

yaizaafonso@gmail.com

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