FRANCISCO POMARES
Si usted quiere que su hijo sea un buen portavoz de grupo parlamentario, y logre cobrar su buen sueldito sin dar mucho curro, no se le ocurra matricularlo en buenos colegios, ni se esfuerce en darle educación universitaria en Ciencias Políticas, Sociología, Derecho, Económicas o Empresariales. Tampoco se esfuerce en mejorar su comprensión del mundo pagándole viajes a otros lugares del planeta, o animándole a sacarse un Erasmus. Tampoco se imponga la obligación de aficionarle a la lectura, ni de mejorar su oratoria, su dicción, su escritura o su capacidad analítica. Si usted quiere de verdad que su hijo triunfe en política, lo único que tiene que hacer es acostumbrarle a mentir con descaro, exigirle que aprenda a decir un día una cosa y al otro la contraria, sin cambiar de cara ni de argumentos, y procurar que todo lo que es importante en la vida –principios, valores, humanidad, preparación, compromiso, solidaridad– le resbale por completo. ¡Ah! Y que no destaque en nada, que sea muy justito: un dechado de mediocridad. [Lo de la mediocridad es determinante].
Luego, cuando cumpla los dieciocho, procure que su hijo se meta en algo así como las Juventudes Nacionalistas, por ejemplo. Aunque puede dejarle elegir otras juventudes, todas son más o menos iguales. Allí aprenderá casi sin necesidad de esforzarse a no decir nunca lo que piensa, a apoyar servilmente al que manda, a barruntar grandilocuencias y cantinflear tecnicismos, sin expresar ninguna idea ni concepto. Y a trepar por los vericuetos de la burocracia y la cooptación. Y a traicionar para ello sin reparo a sus colegas. Si además tiene usted la suerte de que su hijo es una hija, enséñele que en política valen –también– todas las armas de mujer, y que la mejor de ellas es hoy la del 50 por ciento por ley.
A los cuatro o cinco años –más o menos- si su hijo reúne realmente las condiciones adecuadas y resiste sin enfermar instalado en la inanidad intelectual del nido de culebras que son las organizaciones juveniles partidarias, dará de manera natural el salto al partido. Que es exactamente lo mismo pero con una mala leche mucho más refinada. Espere entonces entre diez y veinte años con su hijo rebozando en esa salsa y si su hijo es de verdad una mediocridad con talento para obeceder al que mande en cada ocasión, justificar todos sus disparates sin siquiera parase a discutirlos, si ha logrado hacerse con un absoluto desconocimiento de cualquier cuestión jurídica, y ha desarrollado una espontánea disposición para el cinismo, entonces –sólo entonces– es posible que se encuentre en la lista de los cuatro o cinco que pueden llegar a ocupar la portavocía del grupo parlamentario.
Y entonces, que gane el peor.
Es justo así de sencillo.