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Nuevos Aires

El ´Gran´ dictador

 
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JOAQUÍN CATALÁN Disculpas, Chaplin, que no es mi intención denigrar tan magistral película, auténtica sátira del fascismo y de Adolf Hitler y de su nacionalsocialismo, aunque los "tiros" no varían demasiado su trayectoria, sino centrar a un personaje en cuestión –en todas sus acepciones–, al editor y director del periódico El Día, que ha insultado a todo un pueblo, al que debería ser su pueblo si su vanidad y su delirio no lo hubieran impedido, exigiendo en su nombre la independencia de las Islas. Y lo hizo el día en que la Corona y el Gobierno del Estado permanecían en el Archipiélago.

Las ideas son libres y respetables. Cada individuo, de hecho, alberga una ideología muy particular, un modelo de nación, de región, de tierra, un sentimiento, pero en los márgenes de la razón, de la legalidad y del respeto. Y argumentado. José Rodríguez Ramírez –yo sí le cito, no le tengo miedo ni a él, ni a sus insultos, ni a sus amenazas, ni a sus venganzas– es un particular con todo el derecho del mundo a opinar, a expresar sus ideas y a publicarlas en su diario –libertad de expresión, sí, para todos–, pero comete dos graves errores. El primero es el insulto constante a quien difiere, la falta de respeto por sus semejantes (luego pondré algunos ejemplos) y por las instituciones democráticamente elegidas –y por sus protagonistas, sean cuales fueren sus siglas–, y el segundo es su falso y ridículo discurso. Me explico: su anhelo es una Canarias independiente, libre del yugo español, con una economía propia (dependemos del exterior), con la presencia del Ejército y de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado –odia a la futura Policía Autonómica, a la que ha denigrado– y con Gran Canaria, sin el "Gran", arrodillada a los pies de Tenerife.

Él tacha de godo y de traidor a la patria a todo aquel que le discuta o que conciba Canarias como la unión de siete islas, cada una con su idiosincrasia, que conforman una Comunidad Autónoma. Ya lo dije el domingo pasado: el amor a Tenerife es compatible con el afecto a las restantes islas. Canarias es Canarias y lo seguirá siendo, mal le pese, y, lejos de hundirse en el Atlántico, levantará la cabeza para pasear su nombre con orgullo por todo el planeta. Gracias al esfuerzo de sus habitantes y al empuje de nuestras instituciones, que han demostrado, en los peores momentos, que es posible la concordia y el entendimiento, al margen de ideologías. Hoy, y hasta 2020, se llama "Plan Canarias", un proyecto plurianual con el fondo y la ficha financiera suficientes como para alzarnos a la media nacional de progreso y desarrollo, algo impensable hace algunas décadas. Lo han logrado quienes él critica y descalifica sin pudor, y quienes soportan a diario injurias, amenazas –es su especialidad– y agravios. No ofende quien quiere, sino quien puede, y eso le ha servido a una política nacionalista de gran proyección, Ana Mª Oramas, a dar la espalda a ese insulso "régimen". Es la primera, pero no será la última persona o personalidad que huirá del régimen del terror que aplica desde hace décadas.

Ajeno a la sociedad
Decía antes que José Rodríguez clama por la independencia en nombre de la gente, que se arroga su representatividad. ¿A quién se refiere? Cierto es que miles de personas adquieren su producto, elaborado por grandes profesionales, pero los santacruceros, los tinerfeños, los canarios, le dan la espalda y repudian su línea editorial casposa, irracional y patética. ¿A qué pueblo se refiere? No lo conoce, a excepción del que le rodeaba en círculos y clubes de postín –que ahora le repudia por su afán soberanista- y al de los aprovechados y oportunistas de turno. ¿Alguien ha visto a José Rodríguez en Las Teresitas? ¿En el Estadio? ¿En las calles y parques de los pueblos que dice defender? No, porque no ha estado jamás, excepto en los salones de plenos que han premiado su mordaza o, con la mejor de las intenciones, su figura. Nada más. Ni conoce ni quiere a la gente, ni tiene amigos –ah, tres dice tener, los tres grancanarios– ni le preocupa. Ni le preocupará. Sólo se quiere a sí mismo. Se adora.

Aborrece a quien le discute y a toda la profesión periodística que no le es sumisa. Escribe adrede para ofender y para provocar contraofensivas, las cuales lee con atención y entusiasmo una y otra vez (se ríe, se enfurece, al unísono), archiva, desclasifica, vuelve a leer y envía a los servicios jurídicos de la empresa para ver si son aptos para la querella. Si lo consigue, olvida a su contrincante hasta que el juez decida; si no, lo machaca para encender la chispa de la discordia. Y si nadie le contesta, se enfada, se preocupa. Así es.
Sin embargo, aunque parezca mentira, su gran temor, ese "punto débil" –como él define– que nadie le ha localizado, es la Justicia. Por eso insulta sin nombrar, apuntala cada Comentario o Editorial para borrar indicios, para eludir demandas, para no sentirse vejado por depositar tan excelsa figura ante un tribunal. Aunque siempre apostilla: "soy demasiado mayor para ir a prisión". Y mucho más que omito.
Llama "amanuense" –el que escribe a mano o al dictado– a quien "vomita" sus editoriales y dedica a diario irracionales lindezas, todas dignas de ruborizar a cualquier tribunal, a quienes han dedicado su vida al periodismo. Lo cierto es que quien dicta es un dictador. Su esencia.

Brotes independentistas
Fue en un Juzgado, en la avenida Tres de Mayo, donde surgió todo. Antonio Cubillo acompañaba como testigo a José Rodríguez y, como recompensa, logró un espacio en la edición dominical de El Día. No critico al líder del Congreso Nacional de Canarias, con el cual difiero ideológicamente, porque al menos intenta argumentar su independentismo africanista, pero fue su firma la que empezó a invertir el conservadurismo del editor –auténtico entusiasta de los Bush, Aznar, Merkel, Rato...– en soberanismo e independentismo. Aderezado todo ello con mensajes de ciertos nacionalistas que querían subir el tono preelectoral contra Madrid para fortalecer sus maltrechas siglas. Lo lograron en primera instancia y se les fue de la mano después. Hasta el punto de ser la diana perfecta del tiroteo editorial.
jcatalan@epi.es

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