ELFIDIO ALONSO
Una de las variantes más antiguas del romance de El Prisionero pertenece al Cancionero musical de Palacio, recopilado entre finales del cuatrocientos y comienzos del siglo siguiente. Esta valiosa colección conserva el repertorio de los cantores profanos de las cortes del tiempo de los Reyes Católicos. Contiene 38 romances, entre viejos tradicionales y trovadorescos o artísticos. Muchos se recogieron fragmentados, como consecuencia de la adaptación al canto y a las exigencias de las estructuras musicales. Así ocurre con la variante de El Prisionero, que lleva el número 69, instrumentado por un músico anónimo. Esta música ha sido raramente utilizada por los transmisores posteriores, que prefirieron emplear las melodías de cada época, cuando no optaron por improvisar acompañamientos de dudosa entidad, como ha sucedido con recientes ensayos peninsulares, que más adelante veremos.
Como ha señalado Menéndez Pidal, se nota cuando en la transmisión colaboran personas de buena cultura literaria o musical, como ha ocurrido con varios de los glosadores de este romance, desde Nicolás Núñez a "Azorín", que realizaron versiones de innegable calidad. Algunos pasajes han conseguido contagiar (y hasta enriquecer) el nudo argumental primigenio, que puede encuadrarse en el apartado, raro y escaso, del romancero lírico, junto a La bella malmaridada y otras piezas no tan definidas en cuanto a la exposición de los sentimientos personales e íntimos del protagonista, como sí sucede en el romance que nos ocupa. De ahí que haya sido considerado como rara avis entre los romances líricos y el que encierra una más intensa afectividad, como ha escrito Ramón Menéndez Pidal.
En cuanto a las variantes conservadas por los judíos sefardíes, Arcadio Larrea dio a conocer una recogida en el norte de Marruecos, cuyo comienzo parece derivar de una de las tantas glosas citadas: "Mes de mayo, mes de mayo, / cuando las fuertes calores, / cuando los toritos bravos, / los caballos corredores"... Este ejemplo, junto a otro localizado por la doctora Susana Weich-Shahak también en Marruecos, parecen indicar que el romance de El Prisionero llegó con posterioridad al repertorio sefardí, mucho después de haber sido expulsados de la Península.
Así se desprende de la mezcla de tres romances en el segundo prototipo: El Prisionero, Conde Niño y Gerineldo, lo que le hace decir a la autora citada que semejante fórmula "proviene de una vulgata peninsular que constituye una nueva muestra de la penetración reciente del romancero español entre los sefardíes del norte de África".
Arranques muy similares al de la versión canaria recogida en La flor de la marañuela, que incide en los mismos elementos narrativos: "Mes de mayo, mes de mayo, / el de las recias calores, / cuando los toros son bravos, / los caballos luchadores, / cuando los enamorados / regalan a sus amores, / unos les regalan nardos, / otros lirios, otros flores, / los pobres que más no tienen / endonan sus corazones"... (Número 337, página 326, Tomo I). Única versión de El Prisionero recogida en Tenerife, contaminada por fragmentos de Roldán al pie de una torre.
El otro ejemplar localizado en Canarias pertenece a la obra Calas en el romancero de Lanzarote, de Sebastián Sosa Barroso (núm. 6), con arranque similar, si bien no mantiene la repetición de "mes de mayo, mes de mayo", característico de muchos romances que comienzan con fórmulas similares, como "Abenámar, Abenámar", "Macho rucio, macho rucio", "Arriba, canes, arriba", "Y el buen Cid no viene, non" o "Velá, velá, veladores", entre otros.
Llama la atención que en esta segunda variante localizada en Canarias el protagonista, prisionero en su celda, sea puesto en libertad por el rey, desenlace que desvirtúa el argumento original. Se mantiene, eso sí, el término cuitado (desgraciado), la muerte del avecilla y las maldiciones al arquero ("Dele Dios mal galardón"), remate que pertenece a las variantes más antiguas.