PEDRO H. MURILLO
Siempre que recalo en una ciudad, me gusta visitar sus cementerios. No soy un necrófilo, amante de la parca, aunque tal y como está el periodismo, les aseguro vengo de vuelta. Lo que me gusta de los cementerios no es la paz que se respira, tan ansiada e idolatrada por los románticos, sino las historias labradas en piedra; la constancia ineludible de que estamos de paso o como decía Borges, de que la vida es la muerte que viene. El tabú mortuorio, como la estigmatización del suicidio, supone una cuestión instaurada por la sociedad moderna. La Iglesia católica, por ejemplo, glorifica la primera y denuesta la segunda; una circunstancia que ocurre en el islam y que me resulta igual de deleznable. No concibo una vida enfocada en el dolor y respeto la opción de un ser humano que decida quitarse de en medio. Ahora bien, la religión supone una prótesis cómoda para aliviar el miedo a la muerte, para superar el dolor de la pérdida. Esta pomada se ha perdido con la secularización experimentada desde finales del siglo pasado y que ahora se encuentra plenamente instalada. Lo curioso del caso es que las tendencias postmodernas que impusieron el relativismo que ahora vivimos no hacían otra cosa que proclamar la muerte del arte, muerte de las ideologías, muerte de las relaciones sociales y un largo etcétera.
Un amigo se metió casi dos años en un monasterio budista para aprender que lo importante es aceptar la vida y no la muerte; o lo que es lo mismo la muerte es una consecuencia de la vida y viceversa. En mi opinión, pasar frío en una montaña embutido en un sari rojo con la cabeza afeitada, para llegar a la mencionada conclusión no compensa. Claro que, por otra parte, desconozco si en esos casos te devuelven el dinero o tienes que abonar la factura de tu estancia hayas alcanzado la revelación o no. Ahora bien, lo que realmente nos asusta no es la muerte ajena, al fin y al cabo cuando fallece alguien cercano nos asalta el vértigo de seguir vivos, sino nuestra propia muerte. En la actualidad, este suceso, que no es otra coas que la consecuencia biológica de estar vivos y respirando, es un tabú extremo, hasta el punto de optar por la peor de las opciones: negarla. Si uno acude a los hospitales, esta negación queda patente. Todo está protocolizado en una asepsia que resulta insoportable. Lo mismo ocurre en los tanatorios modernos, mezcla de fábrica de peluches y recinto aeroportuario, en donde unas pantallas indican al visitante la ubicación del finado. Philippe Ariés argumenta, en su libro Historia de la muerte en Occidente, que el miedo a la muerte es, decididamente, un fenómeno contemporáneo instaurándose un silencio en torno al deceso desde los albores de siglo XX, curiosamente una centuria muy prolija en cadáveres. Del mismo modo, Saramago abordó este tabú en Las intermitencias de la muerte y puso en evidencia la suma burocratización de un negocio tan lucrativo como el funerario. Esta especie de higiene impuesta, de negación rotunda a un acto inevitable y biológico sólo puede concluir en una suerte de neurosis generalizada que es aprovechada por la religión para poner su oportuna pomada balsámica. Quizás lo que nos falte es un poco de sentido del humor. Un elemento que se ha perdido en las prácticas funerarias son los epitafios. Esas frases que quedan labradas en piedra y que resumían el devenir del fallecido. En los museos palatinos de Roma existe una inmensa galería de estelas funerarias enternecedoras y de gran valor literario para los filólogos clásicos. A partir de estos textos pétreos , frecuentemente acompañados por relieves, podemos conocer la historia cotidiana grecorromana. Algunos son muy divertidos como una losa de mármol datada en el siglo III d.c. que dice : "Cuando vivía Apolonio se hizo este sepulcro conociendo el carácter olvidadizo de los herederos". No se puede ser más sincero y precavido, amigo Apolonio. Lamentablemente, en la tradición católica se perdió esta costumbre, limitándose a informar del arco cronológico del finado y poco más. Del mismo modo, existe una prolija literatura de epitafios apócrifos como el de Groucho Marx: "Perdone que no me levante", que si bien es un guiño digno del genial humorista nunca lo concibió para su tumba. Lo mismo ocurrió con el epitafio de Moliere: "Aquí yace, el rey de los actores. En este momento hace de muerto, y la verdad es que lo hace muy bien". Lo dicho, hay que comerse la vida a bocados y desterrar el miedo.