ALBERTO RODRÍGUEZ ÁLVAREZ
Cuando a Buenaventura Pérez Pérez –Ventura para mí– le dio por morirse súbitamente, en plena noche y en aciago día, acabó con el único dedo de la mano que me servía para indicar que me quedaba un amigo. Se fue Ventura, para nunca más volver, porque su más temido jinete del Apocalipsis, la muerte, lo sorprendió durmiendo y después de dejar en su mesilla de noche al libro de turno o a un poema de Shelley –escrito en inglés, por supuesto–. Así pues, no me lo pienso ni dudo al afirmar que vivo rodeado de vecinos, ex compañeros de fatigas, familiares, conocidos, pero no tengo, desde mi natural exigencia, un amigo al que darle un abrazo sentido ni una amiga a la que confesarle mis penas. Para amigos, y lo digo desde el pleno convencimiento, los de la infancia; los de aquella edad de oro que se daba la mano con la ingenuidad, la amistad, la solidaridad... Y como amigos de la infancia Robe, Lin, Queque, Ulises...
Uno es como es, se acepta a sí mismo, y no está dispuesto a participar en terapia alguna –individual o de grupo– para tratar de limar sus asperezas. Una de las cosas que más me ha preocupado en esta vida es que el paso del tiempo pueda convertirme en un grotesco remedo de lo que un día fui. Desde lo que me vino legado por la herencia de la sangre me he sentido atraído para marcar mi propio territorio exigiendo, siempre y sin decaer, ser respetado como yo respeto. En realidad se trata de defender un pensamiento antiguo en las diferentes religiones y tendencias filosóficas: "No le hagas a tu prójimo lo que no quieras que se te haga a ti". Entiendo que enarbolando tan singular estandarte la cosecha de los amigos tienda a malograrse por el sol y la lluvia a destiempo, por la fuerza del vendaval, por el granizo...
No puedo negar que he tenido amigos –pocos– y buena prueba de ello es que me he visto sorprendido en mi buena fe por no pocas traiciones. Y sólo se sienten traicionados, y esto es verdad de Perogrullo, los que han compartido amistad con personas que han participado en inquietudes comunes, sentimientos comunes, aficiones comunes, luchas comunes... Almas gemelas, al fin. Y pertenecen a este grupo los amigos que ya no vienen a saludarme –que diría el tango– ni a saber cómo me van las cosas en estos momentos críticos. Y maldita la gracia que me hace pensar que alguien toca a la puerta de mi casa y, al abrirla de par en par, me dé de bruces con un traidor por conveniencia que intenta convertirme en hipócrita. No, querido amigo, ya llegas tarde para levantar la aldaba y dejarla caer para llamar mi atención y pretender que ejerza de hipócrita.
Y ella –la negra Sosa– le daba gracias a la vida por haberle dado tanto. Y le dio tanto que le dio hasta amigos. Son todos aquellos que aprovecharon su necrológica –como otros aprovechan el premio Nobel para hacerle una glosa a autor premiado– para mostrarnos como la conocían a ella y a su obra. Sin embargo, para amigos, de verdad, los que estuvieron en la cabecera de su cama hasta que escucharon los estertores de la muerte. A los amigos de verdad los quiero aquí, en los buenos y malos momentos, aunque sólo sea para empaparme los labios con vinagre cuando diga: "Tengo sed".