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Fin de siglo

Cobarde, cobarde, cobarde

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JUAN JOSÉ MILLÁS
Reconozco a un cobarde a siete kilómetros porque soy uno de ellos. Por eso sé que el Congreso es cobarde y porque es cobarde no se ha atrevido a adoptar una postura clara frente a la prostitución. Cuando un diputado (o grupo parlamentario) dice que se trata de una cuestión "muy compleja" o "poliédrica", es un cobarde. Le da miedo tomar decisiones y en vez de luchar contra ese miedo, como es su obligación, acude al diccionario en busca de palabras con las que ocultar su susto. Cuando un diputado (o grupo parlamentario) asegura que la dicotomía regulación/prohibición no funciona, ese diputado está haciendo, además de una dejación de sus funciones, un ejercicio de cobardía. En otras palabras, sólo quiere salir de paso sin retratarse. Cobremos el salario, se dice, marchémonos a casa y mañana será otro día. Cuando un diputado (o grupo parlamentario) afirma enfáticamente que la única elección, en estos momentos, es combatir a las mafias, está diciendo una tontería tras la que se parapeta para no solucionar nada porque las soluciones (todas) le dan miedo. Cuando un diputado (o grupo parlamentario) evita decidir si los anuncios de prostitución deben o no deben prohibirse, es porque tiene la garganta seca del pánico que le da tomar partido. Cuando un Congreso al que se le ha encargado resolver una situación la deja como estaba por miedo a decir que sí o que no, ese Congreso es un cobarde.

¿A quién beneficia la cobardía de ese Congreso? ¿A las chicas que hacen la calle de forma voluntaria o no? ¿A los clientes que las contratan en contra de su conciencia o no? ¿A los transeúntes que salen a pasear al perro o a fumarse un cigarrillo y asisten de súbito a una felación? ¿A los niños que van al cole pisando preservativos? ¿Al conjunto de la sociedad, que asiste, perpleja, a unos debates absurdos que dejan todo como estaba? Nada de eso: la cobardía del Congreso hace un favor enorme a las mafias, porque donde las mafias se mueven como pez en el agua es en la alegalidad, en las situaciones que no son ni carne ni pescado, en la ambigüedad cobarde en la que el Congreso ha dejado el asunto. O sea, que el Congreso (cobarde, cobarde, cobarde) ha hecho una gran putada a las pobres chicas que tanto, dice, le preocupan.

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