SARO DÍAZ
A lo mejor es que no existen las victorias. Ni aunque en medio de la oscuridad brille la luz. Porque en ocasiones, aunque nos sonría el amor sin una sola caries en su dentadura; aunque los niños se porten bien, se coman las verduras y estén sanos; aunque de nuestro armario cuelgue ropa nueva y elegante, de esa que nos queda como hecha a medida; aunque el coche no se rompa nunca o la guagua llegue puntual y limpia (esto sería un cuento de hadas); aunque los amigos cuenten con nosotros; aunque la casa sea un hogar y no un simple edificio amueblado; aunque Ikea contribuya a renovar nuestras vidas (cambiar el resto nos da pánico); aunque a la orquídea le hayan brotado nuevas flores; aunque la infancia parezca un paraíso recuperable; aunque los buenos recuerdos se nos amontonen pidiendo la vez para rompernos los esquemas (o la cara); aunque el primer beso todavía nos roce los labios y el primer te quiero resuene en el aire; aunque hayamos logrado que nos rebajen las cuotas de la hipoteca gracias al ínclito Jean Claude Trichet (que también las subió); aunque hayamos creído en el poder redentor de la política y en la poética fe que se esconde en algunos temblores; aunque la sombra nos cobije del bochorno y el fuego nos caliente los huesos; aunque la cama nocturna nos acoja cada noche para ofrecernos un descanso reparador; aunque le importemos a los vecinos (sin pasarse, cotillas) y nos valoren en el trabajo (sin comportarnos como pelotas irredentos); aunque pasemos las horas jugando a que no existen las tragedias; aunque la tele nos entretenga de esa molestia que somos nosotros mismos y el arte nos devuelva nuestra esencia de perpetuos buscadores de nada; aunque ese cuñado que siempre te deja colgado al fin se rinda a la evidencia ante un café; aunque el buzón todavía te entregue la sorpresa antigua de una carta no enviada por el banco, Emmasa o Telefónica; aunque el día nos parezca un pasillo pintado de azul donde suceden imprevistos no siempre desagradables; aunque el oso de peluche de cuando éramos niños no haya perdido su capacidad de quitarnos el miedo; aunque recorramos las calles montados en unos zapatos nuevos (y rojos, claro, de charol); aunque obtengamos un guiño pícaro de ojos respecto a los cuales esperábamos indiferencia; aunque la ironía seca de los enemigos íntimos (los otros ¿qué importan?) ya no pueda herirnos; aunque te llame ese colega del que no te acordabas pero que te alegró el rato; aunque las bibliotecas estén ahí, repletas de libros que aún no has leído; aunque haya ocasión para hojear tranquilamente (y sin mala conciencia intelectual) el ¡Hola! en la peluquería; aunque te hayan regalado la más bonita de las pulseras de plata que nunca perderás; aunque con el simple gesto de ponerte el pijama seas capaz de encontrar la paz; aunque el abogado te haya dado la mejor de las noticias; aunque todos los pueblos del mundo firmaran un tratado de no agresión; aunque una mujer llegada en patera encuentre alguna vez la esperanza que tejió allá tan lejos; aunque pervivan algunos de los sueños de la adolescencia; aunque hayas aprendido el concienzudo arte de relativizarlo todo; aunque la rebaja en el IRPF esté a la altura de tu sueldo; aunque esperes un montón de cosas del resto de tus días, incluso aunque te haya tocado la lotería, no sé por qué, nunca se gana, no hay victorias. Porque aunque suceda lo mejor nos sentimos a veces como miserables perdedores.
Y lo contrario también, cómo no. Aunque nada cuadre con lo que habías planeado; aunque te moquee la nariz y te haya salido un insidioso grano en la mejilla; aunque cada vez te rebotes más con algunos de los números de tu agenda; aunque una vez más el egoísta de turno se haya apropiado de tu tiempo para soltarte toda la basura que guardaba dentro; aunque las rosas compradas se marchiten sin haberse abierto y no te satisfaga la explicación de la vendedora (los calores, ya se sabe); aunque ya no te fíes ni de tu sombra (o precisamente de ella menos que de nada); aunque todas tus convicciones se hayan ido al garete con la firma de un papel; aunque tengas la certeza de que no estás hecha para el amor, sino para la aventura; aunque sepas a pie juntillas que tus mayores anhelos siempre han tenido que ver con irte de alguna parte, sin apenas desear la llegada a otro sitio. Puedes sentir la victoria inocua y definitiva de tener la mano vacía.