YAIZA AFONSO HIGUERA
En los perfiles de la historia se encuentran las mujeres que venden su cuerpo; se trata de mujeres ignoradas por los que escriben las crónicas oficiales, por los sociólogos que componen los anuarios estadísticos mundiales, por los funcionarios que confeccionan los listados de la seguridad social, por los técnicos de empleo que dictaminan las cualificaciones profesionales..., son mujeres impalpables. A las hembras de los márgenes se les denomina (por los siglos de los siglos) "putas". Esta palabra tan malsonante también es utilizada como el más doloroso insulto al conjunto de las féminas, a todas nos han gritado alguna vez "puta".
Paloma es una profesional de la calle Miraflores. Contonea sus caderas redondas como nadie, su belleza le permite rivalizar con las más jóvenes. Esta mujer colombiana de 38 años dice ser extrañamente libre al ganar dinero con el sexo -"algunos hombres me dan asco", nos cuenta. La razón de estar allí es simple: lo hace para dar de comer a sus hijos. Pero no todas las prostitutas son iguales. Las hay como Pilar, una muchacha tinerfeña de 19 años que vende su cuerpo para llenar su armario de prendas de marca. Ella se define como fría -"cuando acabe la carrera lo dejaré todo", comenta mientras se termina su Marlboro light. Pilar se anuncia en los periódicos y sólo admite a gente de "caché". Esta niña guapa se compadece de otras como Marina y Patricia, que sufren el chantaje continuo y el maltrato de sus proxenetas; ellas tienen miedo a todo.
Seguimos conversando con Paloma. Le mostramos las fotografías sobre sexo en la calle publicadas por el periódico El País. Ella responde contundente: "¡Esto es malo para nuestra profesión! Además, no hay que viajar hasta Barcelona para ver esta clase de estampas, aquí hay mujeres que realizan felaciones y actos sexuales en zonas como Bravo Murillo". Reflexionamos sobre cómo se cruza la prostitución en nuestra vida cotidiana; ver las fotografías supone un baño de realidad necesario. Los políticos se escabullen del debate y los analistas siguen obviando a estas mujeres de los márgenes. Pero hay gente que no se olvida de las invisibles, hay asociaciones y colectivos que trabajan sin prejuicios con las prostitutas. Desde su vocación social, Encarna critica el puritanismo de la sociedad: "La gente solo se preocupa de las fotografías, de la mala imagen, olvidándose de las historias de vida de todas esas mujeres que son personas, al fin y al cabo".
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