AGUSTÍN DÍAZ PACHECO
Desde que el Estado español desluiscarrerizó al país hermano de Guinea Ecuatorial, y más tarde –en el estertor del dictador– parecía tener un Ejército simulado –no por su propio deseo, muy al contrario– en el Sahara, se ha jugado a los dados con nuestra más reciente Historia. Dados en el aire, y así el tránsito postfranquista fue denominado Transición, que no ha finalizado; una Carta Pactada, fue llamada Constitución, y ésta Partitocracia recibió el calificativo de Democracia. En tal sentido, un artículo del periodista José María Carrascal (ABC, 03/09/09, Madrid), quien no es precisamente santo de la devoción de muchos ciudadanos, ha dado –por su contundencia– en la diana. El veterano periodista no ha descubierto el Mediterráneo ni la Península de Jandía, pero por la claridad y su buena exposición argumental –evitando innecesarios tecnicismos– merece atención.
En más de una ocasión se ha reiterado un concepto: partitocracia; esto es, el poder de los partidos políticos. En tal sentido, J. M. Carrascal escribe: "Controlan [los partidos] el Ejecutivo, controlan el Legislativo y controlan la Justicia, al decidir la composición de sus órganos rectores: el Consejo General del Poder Judicial, el Tribunal Supremo, el Tribunal Constitucional y la Fiscalía General del Estado, que depende directamente del Ministerio de Justicia. Añádanle el control de la Radio y Televisión estatales, y ya me dirán si lo que tenemos no es una "partitocracia", una dictadura de partidos".O sea, que éstos por su hegemonía, vulneran la división de poderes. Pasa luego a cuestionar el funcionamiento interno de los partidos políticos, verdadera aberración, suma de ciegas adhesiones y miopes seguidismos. Si se quiere ascender vertiginosamente en esta basura de sociedad, lo mejor: descollar en el seno de algunos partidos políticos.
Es decir, padecemos una Partitocracia merced a una Carta Pactada. Y la ceremonia cuatrienal del voto, supone un simulacro más, porque ¿adónde se dirigirá posteriormente el elector? Se convertirá en potencial víctima –salvo excepciones– de aquellos que en momentos de severa crisis económica no han tenido la menor sensibilidad social, ni efectivas pruebas de tangibilizar apoyos, es decir, han demostrado una escalofriante insolidaridad, al no reducirse –en momentos adversos– sus más que considerables sueldos. Esto sucede en ayuntamientos, cabildos, diputaciones, gobiernos autonómicos, parlamento (Congreso y Senado) y el ejecutivo, el gobierno de turno, porque PSOE y PP han pactado relevarse, con la ayuda de minúsculos partidos regionalistas o nacionalistas. Pero, ¿a quién podrá dirigir sus quejas el ciudadano? Señala J. M. Carrascal que: "una de las mayores envidias que siento en EE UU es ver a mis conocidos dirigirse por carta al congresista de su distrito con cualquier tipo de queja, y comprobar que no sólo le responde de inmediato, sino también la queja se atiende, y si es de justicia, se corrige". Aquí no, nuestros políticos parasitan o recalientan poltronas...
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