ELSA LÓPEZ
Saberlo me ha causado un efecto bastante positivo en cuanto al criterio que tenía sobre la humanidad: las mujeres no volveremos a estar solas en asunto tan escabroso. Lo he visto y oído en un anuncio y ha sido como una revelación porque hasta ese momento había creído que las mujeres estábamos abocadas a un terrible destino escatológico del que ellos salían bien parados, como siempre. Así lo había pensado y así lo había confirmado al leer el artículo de Javier Marías La mujer como lacra publicado en El País Semanal del 19 de julio en el que el autor repasaba los anuncios de televisión en los que la mujer es utilizada para anunciar toda clase de medicamentos, cremas y mejunjes que la salven de diarreas agudas, estreñimientos ocasionales y pérdidas de orina constantes. "si yo fuera una feminista de grito en el cielo, lo pondría, mucho más que por la "utilización del cuerpo femenino como reclamo comercial", por la utilización de la figura femenina como compendio de todas las lacras habidas y por haber". Escribía, entre otras observaciones. Y tiene razón, porque los anuncios proclaman que las mujeres usan dentaduras postizas, sufren de hemorroides y no paran de comprar medicamentos o cremas para no estar gordas ni viejas ni jóvenes ni bajitas; para no tener celulitis, piel arrugada o con acné o de naranja o de cualquier cosa que figure en catálogos de deformidad pensados por clínicas especializadas en ganar dinero a costa del derrumbamiento femenino. El número de sugerencias que hacen los anunciantes es tan extenso que no da para describirlos en un solo artículo. Pero si los ven, sabrán que ellas, al llegar a cierta edad y aún sin llegar, están gordas, gordísimas, tienen bolsas en los ojos, papadas y arrugas indeseables, celulitis, toxinas, pelos resecos, grasos o casposos que las obliga a consumir del orden de veinte cereales distintos para encontrarse "realmente satisfechas", aparte de bálsamos, yogures y pildoritas con nombres inverosímiles y atractivos que les ayudan a salvar una carne tan lacerada ya a esas alturas del intermedio cinematográfico. Pero hoy he sabido que ellos también sufren de estreñimiento y no sólo padecen olor de pies, mal aliento, colesterol y disfunción eréctil, problemas tan viriles ellos que en lugar de asco provocan la lástima y el deseo maternal de millones de mujeres que intentan compensarlos de alguna manera. La noticia me ha conmovido de tal manera que estoy dispuesta a perdonarlos definitivamente aunque la mitad de esas lacras que tanto anuncian me las hayan causado ellos, los mismos que, encima, las ponen al descubierto ante millones de telespectadores usando sus propios canales de difusión y de influencias.