LORENZO OLTRA CULLEN (*)
En este mundo que nos ha tocado vivir resulta absolutamente imposible hacer el menor pronóstico sobre la inamovilidad de conceptos cuya filosofía o razón de ser parecía tan solo media docena de años atrás inalterable en su permanencia indefinida.
Pensemos, por ejemplo, en dos temas que nada tiene que ver el uno con el otro, ambos de singular importancia: las remuneraciones a los altos directivos de empresas financieras o bancarias y a la energía nuclear.
Hoy me voy a referir a las remuneraciones de los "gerifaltes" bancarios o de empresas financieras, mal llamados banqueros –que al igual que los bancos que controlan o dirigen desde las alturas, jamás pierden– respecto de quienes nadie jamás se había planteado, en los términos que se ha planteado en la actualidad, la inmunidad económica de que han venido gozando por lo que atañe a las astronómicas remuneraciones que perciben, habida cuenta de la indiferencia del poder político que jamás dijo al respecto "esta boca es mía", cuestión que ha dado un giro copernicano tras la constatación de la actual crisis mundial, en coherencia con ese amplio sentimiento de exigencia de responsabilidad por la crisis, por parte de múltiples sectores sociales y económicos no financieros, señalando con el dedo acusador a empresas de la máxima importancia a nivel mundial, y muy especialmente a sus directivos mas notables, quienes por su insaciable egoísmo han dado lugar al caos económico que ha asolado las economías tanto del Nuevo como del Viejo Mundo.
Para que el elector pueda hacerse una idea de la falta de ética y de justicia por lo que atañe a la discriminación remuneratoria estadounidense, basta con señalar que la diferencia entre las percepciones del director general de una empresa y el trabajador promedio sigue siendo mas de trescientas veces mas alta a favor del primero. "La burbuja del ingreso ejecutivo en EE UU sigue sin reventar", como se ha expresado hace tan solo unos días en un informe elaborado por una norteamericana de gran prestigio para el Instituto de Estudios Políticos (IEP) en el cual se analizan los haberes percibidos por los cien principales ejecutivos de las veinte mayores instituciones financieras del país que recibieron la ayuda de Washington para salvarlas de la recesión, quienes han percibido cifras astronómicas, debiéndose destacar que en general en el lapso de los dos años de 2007 y 2008 dicho centenar de los principales ejecutivos del sistema financiero estadounidense recibieron 32 millones de dólares cada uno, lo que hace un total de 3.200 millones de dólares, llegando el IEP, por tanto, a la fácil conclusión de que tendrían que trabajar 1.000 años 100 trabajadores promedio para ganar lo que solo dos años ganan tales ejecutivos. El informe, según todas las noticias, parece que será presentado a tiempo el Día del Trabajo, que en Estados Unidos se celebra el 7 de este mes, coincidiendo con la noticia de que el desempleo subió a 9,4 por ciento en julio mientras crece el desencanto de la mayor parte de los ciudadanos por la conducta de los bancos asistidos por el Gobierno, que continúan con sus prácticas habituales a pesar de los miles de millones de dólares que naturalmente han salido, para salvarles, del bolsillo de los contribuyentes.
En el informe, coherentemente, como no podía ser menos, se critica claramente la falta de acción del gobierno de Obama, ya que pese a la retórica populista que mostró durante la campaña electoral y en los primeros 100 días de su administración, se han estancado llamativamente los intentos iniciales para limitar el crecimiento exponencial de los salarios de Wall Street, es decir, la llamada "burbuja del ingreso de los ejecutivos.
Mas he aquí que los ecos de la filosofía del "compromiso Obama" ha llegado a las latitudes europeas, razón por la cual la revisión a la baja de las remuneraciones de los gerifaltes financieros, ha constituido en estos días uno de los temas estelares en la preparación de la próxima reunión del G–20 que, casi con plena seguridad, según todas las informaciones disponibles, tendrá lugar en Londres dentro de unas horas a partir del momento en que hilvano estas líneas.
Y nadie pone en duda, según las mil y una consultas que he realizado como modesto internauta, que la agenda de tal sesión londinense, que habrá culminado ya cuando esta colaboración vea la luz, estará dominada, sin perjuicio del análisis concreto del tema de que nos hemos venido ocupando, por una regulación mas rigurosa del sistema financiero –de lo que los poderes públicos de los diferentes estados-miembro han "pasado" siempre bastante– a fin de evitar una repetición de la actual crisis de la que, por fortuna –y si no véanse los ejemplos de Francia y Alemania, pero o miremos hacia España– el mundo da la impresión de que apenas empieza a emerger.
Ojalá sea exitosa la reunión de Londres y los ministros de finanzas y banqueros centrales del grupo de las principales economías industrializadas y emergentes allanen el terreno para que discurra adecuadamente la cumbre de jefes de Estado y de gobierno prevista para los días 24 y 25 de Septiembre en Pittsburg en la que, como medidas adicionales para reformar el sistema financiero y prevenir una repetición de la crisis, ha cobrado fuerza la iniciativa que en Europa ha liderado Francia – seguida luego por Alemania y el reino Unido– habiéndose manifestado decididamente como partidaria de que el G20 adopte en esta materia "reglas obligatorias" para los grandes bancos.
¿Y España, que...? Lo que era de esperar: un silencio sepulcral.
(*) Ex presidente de la Comunidad Autónoma de Canarias