FRANCISCO POMARES
El déficit público español se acerca peligrosamente al cinco por ciento. La cifra exacta –4,69– es cinco veces más que la del año anterior. Y todo apunta que seguirá creciendo, probablemente a un ritmo superior al actual, dado que el Gobierno y las instituciones van a seguir inyectando a la economía y a los desempleados, un dinero que no recaudan. 2009 podría cerrarse con un déficit cercano al 10 por ciento, algo inédito. Y eso no es alarmismo.
El dato más asustante de la economía española no es el déficit creciente, sino la caída del consumo: los españoles gastan en estos momentos casi un seis por ciento menos que hace un año. El consumo es el mejor indicativo de la confianza. Si hay confianza se compra (y se vende, y se produce). Pero ahora la gente no tiene confianza, lo que tiene es miedo. Miedo a perder el trabajo –casi 1.400.000 parados más en un año– y a una economía que se resiste a cumplir las previsiones optimistas del Gobierno. El miedo es el mejor abono del ahorro. Y el ahorro está hundiendo la demanda interna y empujando el PIB camino del abismo. No hay ningún otro país europeo en el que pase algo similar y tan dramático. Porque la demanda interna –el consumo– supone más de la mitad de la riqueza que se produce en España. Eso si que es alarmante. Como lo es que la Seguridad Social haya reducido su antiguo superávit –orgullo del gobierno– en un tercio, en sólo este año. En medio de esa situación, Zapatero y sus ministros dicen un día una cosa y al día siguiente la contraria. Es realmente penosa la deriva populista y torpona de esta Administración.
La ministra Salgado anuncia hoy que habrá que subir los impuestos, y el día después sale el presidente y explica que serán las rentas del capital las que soporten la carga tributaria, y que el IRPF no se toca. En fin...
Por supuesto que nadie es feliz cuando hay que pagar más, pero es que están subiendo los impuestos a la zorruna. Los indirectos, el último el del Tabaco en Canarias, para financiar un supuesto plan de embellecimiento medioambiental que de empleo a parados sin prestaciones. O las tasas municipales, que sangran todas las economías... Zapatero quiere hacer algo que sabe que es imposible: quiere mantener la ficción de un Estado de Bienestar que él administra con munificencia, y que es capaz de atender benéficamente igual a cuatro millones de personas sin empleo que a cinco o a seis, y así dure la crisis lo que dure. Y no puede hacerlo sin aumentar la presión fiscal.
¿Por qué Zapatero se resiste a tocar el IRPF? ¿Por qué no subir los tipos a quienes ganen más de 5.000 euros mensuales? ¿Y por qué no apretar a quienes ganan fortunas, como los futbolistas, algunos artistas, algunos políticos –él mismo, y miles más–, financieros, ejecutivos de éxito, miembros de consejos? Sinceramente, no creo que nadie entienda a qué espera Zapatero.