CRISTO HERNÁNDEZ
Estoy en pleno estado de embrutecimiento estival. Los meses de julio y agosto son propensos, en mi caso, a manifestaciones inauditas y empobrecedoras (tal vez lisérgicas) procedentes de mi subconsciente que se sobrepone a la consciencia y me convierte en otro ser diferente al que me encarna el resto del año. No hay más que dejarle tiempo libre al ser humano para convertirlo en un dechado de virtudes en vías de salmonelosis. ¡Cómo me he olvidado de los antiguos griegos, patrocinadores de mis lentejas! Me explico.
Para los antiguos griegos, el trabajo era algo degradante. Para ningún griego el trabajo podía ser motivo de realización personal o de vínculo social. Sí es verdad que, en aquella época, el término trabajo no englobaba todas las actividades y oficios humanos, sino que designaba aquellas actividades que exigían un esfuerzo físico o una vinculación a las necesidades corporales del hombre. El trabajo no hacía libres a las personas, sino que los verdaderos hombres libres eran aquellos que se situaban en la denominada esfera del ocio. La política, por ejemplo, se situaba en este ámbito.
Los trabajos se dividían en libres (la política, la literatura, la filosofía, etc.) y serviles, como los que realizaban los artesanos. Platón decía que las sociedades surgen por una necesidad del hombre por servirse de sus semejantes y esta necesidad es la que da lugar a la división del trabajo y a las relaciones comerciales. Sin embargo, dice también Platón que éstas no son sólo las condiciones indispensables para una sociedad, sino que deberían existir también, además de aptitudes laborales, aptitudes políticas (de organización de la vida en común). Las aptitudes laborales son diferentes entre los hombres y, en razón de esto, existe la división del trabajo (hay gente que sirve para una cosa y otros, para otras). Sin embargo, todos los ciudadanos deberían poseer la virtud política, cosa que no ocurre. El vínculo laboral se basa en las distintas aptitudes, mientras que el vínculo político se basa en la igualdad de las aptitudes. Por lo tanto, para Platón el trabajo no puede estructurar la sociedad o ser la razón de los vínculos sociales.
Para el griego, el ocio define al hombre libre porque en él es posible el ejercicio de la razón. Ocio es, ante todo, tiempo de contemplación reflexiva que no persigue otro objetivo que el saber por el saber. De ahí que una de las derivaciones que tiene el ocio es la política, es decir, la acción a través de la cual se definen los objetivos de la vida en sociedad. Y, según Aristóteles, el principal objetivo de la vida en sociedad es la felicidad. En fin, ¿qué quiero decir con esta espesa disertación que me trae flojo el cerebelo? Pues que llevaba un verano sin hacer nada, tumbado a la bartola, rascándome el ombligo, siendo foco de las invectivas de la parienta. Lo mío no tiene categoría aristotélica donde incluirlo. Pero, eso sí, era feliz. Hasta ayer.