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A babor

Este Berto y otros muchos

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FRANCISCO POMARES La publicidad del sumario del caso Edén ha dejado a Berto González Reverón con las vergüenzas al aire. Siempre tuve la impresión de que el punto débil del alcalde de Arona era otro, no la lengua. Pero al final, si es verdad que por la boca muere el pez, Berto mordió el anzuelo hasta lo hondo. La escucha de sus conversaciones –ordenada por un juez, legal–, nos descubre todo un catálogo de familiaridades inconvenientes, irregularidades ciertas, potenciales prevaricaciones y nepotismos varios (en grado de éxito o tentativa).

La sospecha más inquietante es que el código de lenguaje Reverón no es atributo exclusivo del alcalde de Arona. Por lo que sabemos de este estilo, probablemente representa el lenguaje oficial del poder político en Canarias (y en muchos otros sitios). Por eso, una de las cosas más chocantes tras la lectura de las transcripciones que acaban de ver la luz, es la levedad con la que los charlatanes a ambos lados del teléfono asumen estar siendo intervenidos, y cómo eso les importa una higa. La sensación de impunidad que abrigan los charlistas, fruto de décadas de ejercicio reiterado del poder, resulta ofensiva. Parece darles igual, como si supieran que algo les protege, que no va sucederles nunca nada, que están protegidos incluso ante la Justicia, esos "cabrones" a los que Ricardo Melchior se refiere frívolamente en una de las conversaciones.

Pero incluso en el diagnóstico más siniestro de pérdida de referencias, indecencia, y priismo que reflejan las conversaciones divulgadas; ocurre en esto –como en todo– que conviene hilar fino y separar el trigo de la paja. Diferenciar entre lenguaje público y lenguaje privado, porque en el mundo real existen –coexisten– ambos lenguajes. Hay que entender que ningún político –tampoco este Berto lenguaraz, babieca y zascandil– es automáticamente culpable porque un periodista trabucaire le llame para pedirle descuentos en la reserva de su hotel, un presidente plaza para su sobrina o un empresario en las últimas ayuda a la desesperada. Sería cínico pretender de este alcalde –o de cualquier otro– una respuesta destemplada, o una interrupción sin más de la llamada. El ejercicio del poder incorpora –mucho más en el cuerpo a cuerpo de lo local– una dosis moderada de tolerancia hacia la componenda: no fusilaría públicamente a Berto –ni a ninguno de los otros Bertos que hay en esta tierra– sólo por hacer pequeños favores, hablar más de la cuenta o resolver arbitrariamente algunos problemas. Pero la tolerancia se quiebra cuando hay voluntad de enriquecimiento personal o menoscabo de derechos de otros. La vara de medir –para mí– es precisa.

Por lo que sabemos del sumario, el problema del imputado Berto no es que sea un mago del favor, sino que ha abusado del favor para adueñarse de Arona y quizá –sólo quizá, el caso está abierto– para enriquecer a sus amigos. Como muchos Bertos más.

fpomares@epi.es

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