JOAQUÍN CATALÁN
Así lo refleja un informe del Cabildo de Tenerife: en el mes de julio pasado se alojaron en los establecimientos de la capital tinerfeña 12.000 turistas menos que en idéntico período del año anterior. Este descenso en las visitas puede ser consecuencia directa de la escasa llegada de turistas a la Isla en los meses estivales o de la difícil coyuntura internacional, pero también nos debe hacer reflexionar sobre la ciudad mostramos a quienes desean adentrarse en nuestras calles. ¿Qué imagen se puede llevar de Santa Cruz de Tenerife un señor que decida darse un paseo por las inmediaciones del Auditorio y contemple el abandono del Parque Marítimo o la suciedad de las aguas que acarician la singular construcción de Calatrava? ¿Y si visita el centro un fin de semana y se encuentra con el comercio cerrado a cal y canto? ¿Y si circunda el lago de la plaza de España mientras las aguas oscuras se debaten entre sí para conocer el origen de su putrefacción? ¿Y si viaja a Las Teresitas porque le han hablado de una peculiar playa y se encuentra un recinto desasistido, sin servicios y con el mamotreto de adorno?
Está claro que Santa Cruz cuenta con numerosos atractivos y que la ciudad ha mejorado su aspecto en diferentes puntos, pero queda mucho por hacer. Falta aplicar un modelo claro de desarrollo y solventar los problemas reseñados para ser dignos de admiración por parte de los visitantes, canarios o foráneos, y de los propios chicharreros.
Finaliza el verano y seguimos habitando una ciudad que da la espalda a su mar, que contempla insólita cómo se derrumba su balneario y la batería anexa, cómo las aguas de Valleseco siguen sin ser aptas para el baño o cómo languidece el muelle de Añaza.
La Laguna lavó su cara y se muestra radiante, y ésa es la asignatura pendiente de Santa Cruz.