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Prisma inocente

Sacerdotes ´vs´ psicólogo

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ALBERTO RODRÍGUEZ ÁLVAREZ Escribió Mario Benedetti, en su Primavera con una esquina rota: No Obstante, el cuerpo es más adaptable que el ánimo". Ya ven, sólo los que han vivido ese tormento que desencadenan las tempestades de la psique se pueden sentir autorizados, como le ocurriera al impar escritor uruguayo, a expresar la magnitud de un sufrimiento inasible y que pasa inadvertido a las máquinas más sofisticadas que la electro medicina ha puesto al servicio de los mejores especialistas. No escasean los médicos que, ante el paciente que sufre por algún trastorno de la mente, confiesa que mejor hubiera sido haberse topado –el paciente– con una tuberculosis que puede ser diagnosticada a través de las pruebas analíticas y los rayos X. Cuando en una película americana, donde muchos argentinos –dicen que son los mejores psicoanalistas del planeta– hacen su agosto tratando de curar los males de la mente -adviértase que no digo alma ni espíritu-, observo el diván que remeda al de Freud y al paciente tumbado sobre él mientras el doctor lo observa –sin dejarse ver– mientras hace garabatos sobre un papel en blanco, se me pone la carne de gallina. Y ese escalofrío epidérmico tiene su razón de ser en el pleno convencimiento de que son muy pocos los que están preparados para afrontar este tipo de curaciones y, en consecuencia, que en las manos de un psicoanalista de baja estofa o ralea el paciente tiende a empeorar antes que a sanar. Los supuestos se agravan cuando los psicólogos no son conscientes de sus propias limitaciones y se atreven a corregir conductas, relaciones personales y profesionales y hasta llegan al extremo de interpretar los sueños de sus pacientes. Un buen psicólogo -que debe haberlos- es aquel que no se atreve a emitir juicios –de valor e intención– sin pasarlos por el fino tamiz de la prudencia.

La palabra, solamente la palabra, es el arma de la que se puede auxiliar un psicólogo clínico para adentrarse en los entresijos neuronales en los que, al fin y a la postre, se esconde y refugia el mal. El acertado uso de la palabra obra el milagro y de ahí que, antes de los psicólogos, fueran los curas, envueltos por la oscuridad de los confesionarios, los que servían de apoyo a los fieles. Pero ocurre ahora, según podemos leer en El Mundo, que muchos católicos huyeron de los confesionarios por "culpa de los propios curas, que enfatizaban el temor y el castigo de Dios, veían pecado en todo y generaban culpabilización morbosa". Razones no le faltan a los fieles para no prestarle atención a los confesionarios si han tenido oportunidad de escuchar decir, en pleno siglo XXI, al cardenal Rouco: "En Madrid se peca masivamente". Tiene el confesor ante el psicólogo la posibilidad de absolver, de perdonar los pecados apoyándose en la fe que según lo dicho por el Papa actual anida en nosotros, que en nosotros vive. Pero siendo verdad incontestable que los problemas psíquicos no suelen desaparecer rezando padrenuestros y avemarías, como penitencia, los católicos practicantes, que para nada son ajenos a los atentados sobre su Yo sentimental, optan, para salir del atolladero, por un psicólogo para que les hable y les convenza desde la verdad científica. Siempre que se admita, claro, que la Psicología es ciencia. Vivimos inmersos en una crisis de valores que termina por erosionar la voluntad, el deseo de los hombres por un vivir acorde con todo aquello que la vida, para bien, ha puesto a su servicio. Vivimos, desde tiempo ha, en un mundo de infelicidad donde la palabra del hombre es más necesaria que nunca. Sin embargo, desde un permanecer anclada en un tiempo remoto, la Iglesia ha dejado pasar ese tren que sólo asoma ante nosotros una vez en la vida. Es por eso que los fieles ya no se asoman a los confesionarios ni aparecen por los templos. Pero van al psicólogo y pagan la consulta. Así es la vida.

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