ALBERTO RODRÍGUEZ ÁLVAREZ
No faltan las teorías que tratan de explicar las causas que determinan las inclinaciones del ser humano por una u otra clase de música. Desde el punto de vista de un profano –eso es lo que soy– en cuestiones musicales he llegado a saber que es la música la que hace que nos inclinemos ante ella y no al contrario, es decir, que por causas que hasta el momento presente me resultan desconocidas determinadas composiciones musicales hacen que me estremezca hasta los tuétanos y otras, consideradas obras maestras, no logran en mí otra cosa que vaya más allá del respeto debido hacia los que se consideran entendidos. Si hablamos de gusto, en el más puro sentido kantiano, sabemos que en este análisis tendremos que entendérnosla muy mucho con nuestro universo emocional y muy poco con nuestro razonamiento, el conocimiento y la lógica. En este sentido, tal como afirmara en cierta ocasión uno de los mejores críticos musicales de Radio Nacional de España, José Luis Pérez Arteaga, uno debe ir a un concierto para sentir la música y no para entenderla. Si compartimos lo dicho hasta ahora podríamos llegar a argumentar que a la música que ofrece el Festival de Música de Canarias no tiene porque aplicársele, necesariamente, el calificativo elitista y la consideración de culta. Y si así se hiciera tendríamos que admitir que nuestra percepción del concierto se fundamenta en el juicio a priori, este es, que la Boheme siempre será la Boheme con independencia de las voces de los/las cantantes y la interpretación orquestal. Y esto es falso. Es falso y, además, puede generar en nosotros un rechazo a la obra como respuesta a lo que admitimos como un maltrato a la ópera en cuestión. Con independencia de la importancia que tiene para una persona, y para su bagaje cultural, tener conocimientos musicales que le permitan adentrarse en las entrañas de la propia partitura nadie puede asegurar que su disfrute de la música vaya más allá de aquel que nace dotado con un privilegiado oído musical y con una sensibilidad para la música que emparenta con lo celestial. Referirse a élites a la hora de clasificar las personas que acuden a escuchar a los mejores compositores del planeta es valorar por encima de sus propios méritos una asistencia al espectáculo porque se tiene dinero para pagarlo y pieles para lucirlas. Abundando sobre esta parte de la cuestión diremos que si le concedemos a la música la consideración de culta tendríamos que concederle a los profesionales que se sientan sobre el escenario una posición destacada en el marco cultural, sin embargo, desde la propia experiencia diré que he tenido la oportunidad de conocer a verdaderos virtuosos del violín –por poner un instrumento como ejemplo– que poco a nada se atreven a decir –porque nada saben– sobre cuestiones de la vida –incluidas las culturales– que se consideran esenciales. Aunque hay excepciones. Digo ahora, para no tener que lamentar el olvido, que algo adelantaríamos si nos preocupáramos de retroceder a la génesis de lo que ahora se denomina música clásica. El Festival de Música de Canarias, que ha traído hasta las Islas a los mejores directores y a las mejores orquestas del mundo, nunca se ha escapado de la crítica despiadada de quienes afirman que no está nada bien que a un espectáculo que nos lleva a las puertas de la gloria se le conceda un apoyo económico superior para satisfacer el gusto de una minoría elitista. Esta interpretación sesgada –por populista – de lo que supone el Festival parece estar más por la labor de seguir apoyando los conciertos de silbo gomero, el sonido de las chácaras y los tambores o la melodía pegadiza de Siete sobre el mismo mar. Puesto que hablamos de cuestiones subjetivas, el gusto lo es, yo les diría a los que así piensan que todavía mantengo la carne de gallina del último concierto de Juan Diego Flores en el Auditorio de Tenerife. ¿Eso supone que soy culto o que pertenezco a la élite?