JAVIER RUIZ
Querido sastre:
Necesito una derrá, la holgada túnica del color azul del cielo en las mañanas claras que visten los hijos de las nubes, los hombres del Sahara. Confecciónale un bolsillo en el pecho para meter el beit, la tabaquera de cuero repujado que guarda la tuba, la pipa de metal y discos de cuerno de cabra, y la muniya, la picadura fuerte y negra que fuman los beduinos. En torno a él y alrededor del cuello, le tendrás que bordar sus dibujos de color ocre. Ha de tener mucho vuelo y las mangas abiertas hasta los pies para recogerlas sobre los hombros. Llegó Sidina, el padre de Hamtata, y el desierto llegó con él a la Isla.
Volvió a verse su estampa sobre la joroba de un camello con el máuser al hombro asomando por encima de las dunas, vigilando la inmensidad. Retornaron las patrullas con las tropas nómadas del ejército colonial hasta más allá de Jat El Jaof, La Línea del Miedo que sólo los de su antigua estirpe guerrera –la de los Ulad Delim– osaban cruzar. Y aparecieron las gacelas, diezmadas por las balas marroquíes desde los helicópteros, saltando como si estuvieran vivas entre las piedras abrasadas de sol, devorando las ramas bajas y tiernas de las taljas, las acacias que crecen entre la arena. Todos llegaron con Sidina Barray.
Trajo consigo el siroco y al moverse la volátil tela de su derrá levemente añil se levantó el viento del este, el chergía, extendiendo la calima de color rojo, y el del oeste, el saheliya, transportando el aire fresco que llega del Atlántico. Cargó los amaneceres de Río del Oro y los atardeceres de Saguía El Hamra. Vino con él la dignidad de un pueblo libre cuya frontera fue el infinito y la noche estrellada bañada en té al calor del carbón. Y también llegó el recuerdo de Asisa, la madre de Hamtata, que está ahora junto al Profeta enseñando a conducir un Land Rover a las que antes que ella recorrieron los uad, los lechos secos de los ríos que surcan el desierto interminable, dándoles las prácticas con su voz firme pero siempre maternal.
Marjebán, sé bienvenido, Mohamed Sidina Abdelahi Mayara, abuelito Barray, y shukran, gracias por no venir solo.
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