ALBERTO RODRÍGUEZ ÁLVAREZ
Bendijo Dios el día séptimo y lo santificó, porque en él descansó de toda su obra de creación. Según el Génesis parece ser que después de los grandes esfuerzos todo ser, incluido un supuesto Ser superior, precisa de un merecido descanso para recuperar un tono vital que se reciente al final de cada día, cuando acaba la semana y en los períodos del estío que fueron tiempo de vacaciones para la gente pudiente y considerada de bien. No podemos olvidar –ni queremos olvidarlo– , los que por hache o por be sintonizamos con los tiempos peores, que las vacaciones de verano sólo fueron disfrutadas por lo más granado de una sociedad eternamente estigmatizada por los sentimientos y comportamientos clasistas. Ya me contará usted, en los tiempos de posguerra, qué familias de Santa Cruz trasladaban su residencia a La Laguna, Las Mercedes... para convivir con el frescor de los días y con alguna que otra llovizna. Se iba de vacaciones una selección de la especie que aspiraba y sigue aspirando a un vivir diferenciado, excluyente, por cuestiones de linaje o en función de su poder adquisitivo. Difícilmente se puede ser libre en las acciones ante la ausencia de dinero y esta es la causa y los efectos para que a los que están en el paro la palabra vacaciones le suene a hueco en el período existencial al que les ha llevado la circunstancia adversa. Siempre se rompe la cuerda por el lugar más débil, por el lugar al que se agarraban desesperadamente los trabajadores. Poco dura la alegría en la casa del pobre y son los pobres los que se ven privados de disfrutar de un período vacacional que pueda amparar un descanso junto a los suyos; al lado de aquellos que comparten con ellos, de verdad, los vaivenes de un vivir siempre empecinado en demostrar que nada hay nuevo bajo el sol. No existe nación que se precie en la que a los indigentes no se les vea deambular por las calles de sus principales ciudades tratando de sobrevivir alrededor de una gran mayoría que los ignora, los evita y nada hace por ellos. Son los que tienen por techo al cielo raso, los que siguen su camino con la mirada perdida y los que ya no esperan nada de la vida. Ni el inclemente solero ni el pertinaz aguacero les dan una tregua para poder aguantar su día a día bajo la sombra de la arboleda. ¿Qué país más extraño éste en que vivimos? Sabemos, porque lo palpamos, que este año de plena crisis económica, política y social, le está costando a la gente el acostumbrado descanso veraniego que se ganaron por derecho. Muchos, que no tienen ni para comer, no se atreverán a salir de sus casas a no ser que sea en la dirección de los comedores sociales. Y, sin embargo, ya los medios de comunicación nos ponen al tanto de en qué lugares y durante cuánto tiempo se irán de vacaciones los políticos –y no políticos– que mangonean el país a imagen y semejanza de quienes siempre se han negado a ponerse como meta la lucha por el progreso social. Sorprendentemente son los colectivos que, al parecer, más necesitan la tregua para reponer sus maltrechas haciendas, sus agotadas mentes. Es la gran tregua para los que siguen utilizando al pueblo como un arma arrojadiza que justifique su inacción y falta de compromiso hacia aquellos que, a diferencia del señor Cayo, no se resistieron a depositar su voto dentro de la engañosa transparencia de las urnas. La tregua, que resulta imposible concederle al hambre física, es disfrutada por quienes están obligados a resolver una situación penosa, imperecedera. ¿Dónde encontrar los dones apacibles en esta España de charanga y pandereta? Convine, en conversación personal con Ezequiel Ander– Egg, que la manera de ayudar a nuestro prójimo encontraría pleno sentido en la medida que nos ayudemos a nosotros mismos. Será por eso que, quienes participan de esta línea de pensamiento, ya buscan su descanso en La Mareta, en las Baleares, en Doñana...