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Zigurat

Viaje interior

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AGUSTÍN DÍAZ PACHECO
El cansancio de vivir tal vez encuentre en el verano un diván en el cual descansar después de tanto hastío, enfrentamiento y soledad. La persona urbana, acosada por la prisa y el ruido, quizá encuentre un deseado sosiego en algún efímero punto de tres meses atiborrados de ofertas de viaje, y en tal caso la crisis se convierte en paliativo, incluso en íntima justificación: "No pueden los demás, entonces he ahí mi coartada". Cuando los demás no pueden ir de vacaciones, en ocasiones a lugares exóticos, o tampoco a países próximos, y ni tan siquiera moverse de su ciudad, hombres y mujeres se reconcilian –a veces por imperativos económicos– con el supuesto silencio del hogar. No obstante, ¿descansa la mente, se obtiene alguna cuota de felicidad, se incorpora una adecuada gratificación? Se podría sostener que el viajero no es más que un exiliado romántico o por quien huye dado el agotamiento que le origina el paisaje y paisanaje cotidianamente repetido. La monotonía genera una crisis callada, un globo excesivamente inflado que puede llegar a estallar.
Desde que los viajeros dejaron de serlo genuinamente al no inauguran el menor descubrimiento, el hecho de viajar está condicionado por un conocimiento previo. Se conoce la ruta, el destino, y hasta se prevé experiencias y riesgos. Vivimos en una sociedad de códigos anticipados y el futuro no es entonces lo que en otro tiempo fue. La tecnología electrónica punta, Internet, por ejemplo, instala la distancia en la proximidad. La brújula del viajero yace junto a él, es el ratón de su ordenador, el que le permite pinchar en cualquier parte del mundo y también relacionarse con personas de diferente origen, raza, sexo y creencia. Pero esto no significa viajar vitalmente; el cómodo viajero cibernético no se desplaza de su propio espacio. Por el contrario queda siempre la posibilidad de iniciar un viaje interior, y en tal sentido, leer o escribir traslada a una persona la geografía inerte de una página; salvo que entonces es mejor no reproducir su entorno –que también puede serlo– sino trazar fronteras, vulnerarlas y hasta crear países que sólo la imaginación puede perpetrar. Queda el reto de la averiguación más allá de la realidad que nos viene dada, porque –valga el símil– es como hablar extensamente por teléfono y cuando dos o más personas se reencuentran, han dialogado tanto que no saben qué decir, puesto que han anticipado preguntas y respuestas.
Puede que cunda el cansancio de vivir. Porque ante las rutas diseñadas por ciertas compañías turísticas que restan sana curiosidad y justo anhelo de búsqueda, surge hasta el agotamiento. Igual que el presente no lo es por su propia fugacidad, convirtiéndose en dualidad conformada por el presente-futuro, y acerca el envejecimiento paulatinamente, los tres meses veraniegos no son más que el epicentro de la existencia.
otsobakarti@gmail.com

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