JUAN LUIS CALERO
A nadie se le esconde que lo que sobresale es el culto al cuerpo, y más en esta estación veraniega donde no nos cortamos un pelo cuando sacamos a pasear lo que tenemos. Los juanetes pierden la vergüenza, los michelines se esconden en no pocos casos, los vientres planos son adorados en el altar de la frivolidad . Hoy más que nunca , debe ser la edad, noto una progresiva y excesiva preocupación por el cuerpo. Las cremas para evitar lo inevitable y las dietas en busca del tiempo perdido están a la orden del día. Las camisas de marca para no sentirse solo en el lenguaje de los signos, contrastan con la edad biológica del interesado. Las patas de gallo cantan en cualquier momento del día y de la noche, los institutos de belleza aseguran la juventud eterna y hay quien se lo cree. Los gimnasios están de bote en bote, en esta epocalidad en la que vale más lo que se ve de los políticos que lo que dicen y hacen. Al gimnasio se entra con un cuerpo tímido, escuálido y se sale con un físico que deslumbra, aunque la cabeza siga igual de desordenada, neurótica, enfadada, y pensando sólo en sí misma. En cambio, si visitamos pensamientos antiguos nos dicen que el cuerpo es un cascarón para ir tirando en este mundo material al que hemos llegado para purgar una antigua culpa, según el Orfismo, una doctrina que irrumpió en la Grecia del siglo VII a. C., que consideraba el cuerpo como la tumba del alma. El neoplatónico Plotino (siglo III d. de C.) dice que hay dos especies de culpas que el alma debe pagar; la primera es el haber descendido a un cuerpo, que es un acto involuntario, y la segunda es el exceso de preocupación por el propio cuerpo mientras se olvida del alma. En los primeros siglos de nuestra era, el Cristianismo se armaba con la filosofía griega y entraba en diálogo con el paganismo, apuntalaba los dogmas con el neoplatonismo a mano y ponía los cimientos a 2000 años de historia donde, el Ebionismo y el Marcionismo, quedaron en el camino como ecos heréticos que terminaron por engrosar otras filas. Era una época en la que el cuerpo se consideraba una casa que el morador usaba para alcanzar otras metas espirituales, inefables para el común de los mortales y que constituyen la herencia recogida en la obras de los místicos árabes, judíos y cristianos. Pero hoy el cuerpo ha vuelto a constituirse como el único representante de nuestro yo, que se arruga de melancolía cuando nota la piel curtida por los años idos; este yo inexistente, al decir de otros pensadores, nos empuja a cultivar los cuerpos de gladiadores macerados en aceite de gimnasio y a dar muestras de que la autoestima, muy de moda hoy, se nos ha subido a la chepa para siempre. El cuerpo, este estuche exterior para ir por casa, puede tomarse con ligereza si hay otro orden prioridades que pongan el cuidado del cuerpo en su justa medida. Ni tanto ni tampoco. Cuidarlo para que no enferme, cuidarlo para no dar el cante en el transporte público y en otros lugares donde se puede producir algún regate en corto, y darle lustre en la barbería y en los salones de belleza, si es del gusto del cliente.