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Melk

Viaje a Melk

Daniel Molini Dezotti

Cualquier artista dedicado a los paisajes, con un poco de suerte en la elección del día y de su luz, una perspectiva adecuada y el talento que se le supone, podría conseguir una obra sobresaliente con sólo instalar su caballete y comenzar a usar pinceles frente al monasterio de Melk.

Eso sí, su paleta debería estar provista de muchos colores: primarios, cálidos, fríos, incluso templados si los hubiese, necesarios para plasmar mil reflejos, pues la naturaleza en el lugar parece un muestrario de accidentes geográficos.

Las aguas, por ejemplo, dibujan cintas que cortan montañas cuando deciden transformar cauces sinuosos en remedos de cuchillos.

A lo lejos, el horizonte engaña a las nubes mezclándolas con prados, mientras más cerca los verdes frondosos de árboles con mucha vida en los troncos se interrumpen para hacerse campos cultivados.

Aproximadamente a 80 kilómetros de Viena, que exhibe capitalidad, los tejados de un pueblo tranquilo y sus paredes ocres compiten -para hacerse notar- con todo cuanto late.

Sin embargo, por muchos esfuerzos que hagan el entorno, la arquitectura medieval y el sudor de siglos para hacer del casco histórico algo reseñable, el protagonismo lo disfruta un monasterio, que consigue hacer gravitar sobre él un valle digno de ser cuadro.

Lo primero que encuentra el visitante, cuando camina desde el aparcamiento hacia el promontorio donde el barroco explotó en cúpulas y altares dorados, es un arco con una inscripción en latín: "Ut in ómnibus glorificetur Deus".

Si fuese verdad que todo lo que hacemos es para honrar a Dios, el Supremo -suponiendo que necesitase glorias y complacencias- debería obtenerlas por una gran obra, célebre desde hace siglos y también por una "nombre" cuidado por benedictinos: Stift Melk, el mismo que aparece debajo de un escudo donde una mitra amarilla, llaves y báculos sobre fondo azul cielo, revelan aquello de lo que trata.

Si ya desde lejos las formas curvas de las torres anuncian la filiación del estilo con el que fueron construidas, la riqueza de los adornos interiores lo certifican.

Cuentan los libros que el mérito principal fue del arquitecto Jakob Prandtauer, quien en el primer cuarto del siglo XVIII trazó planos, dibujó y vigiló el crecimiento de una obra crecida sobre otra mucho más antigua, donde también existían cruces, rosarios, incienso y habitantes que oraban.

Según las reseñas, Don Jakob tuvo un mérito fuera de lo común, si se tiene en cuenta que se inició en el oficio como albañil, pasando a ser luego aprendiz de escultor y muy pronto consumado maestro, a edades en que otros coetáneos seguían formándose.

Desde 1701 hasta su muerte, Prandtauer vivió, soñó y transpiró en el monasterio de Melk, haciendo de la baja Austria, a la vera del Danubio, una región de referencia arquitectónica, logrando de ese modo unir su nombre a otros arquitectos de fama aquilatada.

El diseño del conjunto religioso es digno de ser admirado, con torres e iglesia que se ofrecen sobre acantilados, conformando un edificio que consta de dos partes terminadas en una terraza, como no podía ser menos, curva.

En el interior, armonizando colores, deslumbran mármoles, que proyectan brillos suficientes para realzar el dorado de los adornos y los contrastes de las pinturas, ejecutadas en gran parte por el artista Rottmayr.

Una de las alas del edificio alberga la célebre biblioteca del monasterio, institución mayúscula que custodia incunables, manuscritos y tantos tesoros que la sola enumeración necesitaría quintales de pape.

Hace unos años National Geographic, recogiendo el aporte y opinión de expertos que analizaban hechos relevantes, estado de conservación, accesibilidad, etcétera, redactó una especie de catálogo con los mejores destinos históricos del mundo.

No sorprende que el Monasterio de Melk ocupase uno de los primeros lugares, haciendo que toda la región del valle de Wachau -si no le alcanzase por sus ruinas medievales, viñas y aldeas que la elevaron a Patrimonio de la Humanidad- adquiera la categoría de magnífica y que el espíritu y la cultura cuenten con un punto de referencia singular.

Desde allí los monjes benedictinos, que han trabajado y cultivado la trascendencia durante más de un milenio, continúan siguiendo las reglas de San Benito, cuyo prólogo aconseja: "Escucha, hijo, los preceptos del Maestro, e inclina el oído de tu corazón; recibe con gusto el consejo de un padre piadoso, y cúmplelo verdaderamente.

Así volverás por el trabajo de la obediencia, a Aquel de quien te habías alejado por la desidia de la desobediencia. Mi palabra se dirige ahora a ti, quienquiera que seas, que renuncias a tus propias voluntades y tomas las preclaras y fortísimas armas de la obediencia, para militar por Cristo Señor, verdadero Rey."

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