14 de enero de 2018
14.01.2018
Fútbol CD Tenerife
Real Zaragoza 10CD Tenerife
 

Deprimente Tenerife

El representativo desperdicia una nueva opción para acercarse a la zona de privilegio tras una ruinosa primera mitad

14.01.2018 | 01:13
Los jugadores del Tenerife, con apariencia de abatimiento al final del partido.

Las bajas ya son epidemia

  • A todas las bajas que acusaba el Tenerife se sumó otro contratiempo más a última hora. Tayron, una de las opciones que tenía Martí para apuntalar el ataque, tuvo que quedarse en el hotel de concentración de los blanquiazules por unos problemas estomacales que le sobrevinieron durante el fin de semana. Por tal motivo, el isleño fue uno de los dos últimos descartes de Martí. Su baja permitió incrustar su nombre en la lista de reservas a los canteranos que habían viajado.

La situación del Tenerife es deprimente. 22 jornadas después de comenzar la competición, el cuadro blanquiazul se aleja cada día más de las posiciones de cabeza y ofrece motivos nuevos para renunciar a la ilusión. Ayer su primera parte fue una auténtica ceremonia del disparate. Ante un Zaragoza en crisis, el conjunto de Martí recuperó la condición de resucitamuertos hasta erigirse en la mejor terapia posible para los locales. Su fútbol fue ruinoso hasta el descanso y la imagen, paupérrima.

A día de hoy, entusiasmarse con el representativo es un ejercicio solo para ilusos. La trayectoria del equipo es patética y el ascenso para el que fue diseñado, una quimera. Para colmo de males, tampoco acompaña la suerte. Para la cita de La Romareda no solo faltaron Carlos Ruiz, Casadesús, Montañés Longo y Cámara; es que además enfermó Tayron y se cayeron por el camino Aveldaño y Villar. O sea, peor que una guerra.

Otra vez más, Martí sorprendió con la alineación y apostó por tres mediocampistas. Así, Vitolo regresó a la sala de máquinas y Alberto ejerció de defensa. El curso de los acontecimientos quitó la razón al entrenador en casi todas sus decisiones importantes, puesto que sus dos sacrificados de ayer (Malbasic y Jorge) se convirtieron en los mejores revulsivos para remendar el desaguisado.

Como en Gijón o Lorca, el representativo enterró sus opciones en los compases iniciales. Era un partido para madurarlo, para dejarlo avanzar para asestar el golpe definitivo. Pero le falló al Tenerife la actitud. Desarbolado, le pasó por encima un Zaragoza que jugaba pletórico de intensidad y ritmo. Pareció que se enfrentasen un Ferrari y un Seat Panda; en velocidad y empuje, no había color.

Por largo rato fue el partido un auténtico monólogo de los locales, que avisaron a Dani dos veces antes de adelantarse. Lo consiguió Pombo, pero la mitad del mérito fue de Borja Iglesias, providencial en la jugada que abrió el marcador a los ocho minutos. Tan asombrosa la exhibición del ariete local como la pasividad del Tenerife, donde Aveldaño falló con estrépito.

Los minutos siguientes no trajeron sino malas noticias. La lesión del central argentino se sumó a la de Juan Villar, que no estaba en condiciones de jugar y así lo demostró antes de la media hora. La situación no podía ser más decadente, pero aún así tuvo sus opciones el Tenerife. Primero en una jugada invalidada por un discutible fuera de juego -Villar había embocado el balón entre los tres palos- y luego en un testarazo fortísimo de Malbasic, que halló la réplica descomunal del portero.

Fueron las propias dudas del Zaragoza (con evidente miedo a dilapidar su renta) las que dieron aire a los insulares, que sí iban a crecer en la segunda mitad.

Como en Albacete, las prestaciones blanquiazules fueron de menos a más. Ahora bien, con dos cambios ya ejecutados forzosamente iba a costarle a Martí asumir más riesgos, así que hasta muy el final no ubicó a Brian Martín en el tapete. Los suyos gozaron de varias contras de manual, pero nunca interpretaron de manera adecuada la que debió de obrar la igualada.

A los visitantes se les fueron las opciones de empatar como agua entre las manos. Y eso que el Zaragoza les regaló más vidas que a un gato. Hasta falló un penalti Iglesias, que disparó a la madera, y así creyó hasta el final un Tenerife persistente, pero ineficaz. Llegados a este punto, da la impresión de que no hay solución ni remedio posible a una crisis sin fin. Sangra sin parar la herida de los blanquiazules, en caída libre desde que en Getafe en junio acariciaron su sueño de ascender con la yema de los dedos. Queda el posible milagro de los refuerzos invernales o que Martí dé al fin con la tecla para que el equipo mejore urgentemente. Pero las razones para creer se evaporan. El Tenerife invita a la depresión.

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