Historias irrepetibles

La única derrota que Fred Archer no aceptó

El mejor jockey del siglo XIX murió muy joven al ser incapaz de digerir el fallecimiento de su esposa, con la que se había casado dos años antes

01.08.2016 | 02:32
La única derrota que Fred Archer no aceptó

Frederick James Archer fue el más grande jockey de su época. Jinete natural conocedor de todas las tácticas de montar, competía todos los días y varias veces, lo que llevó a ganar 2.748 carreras, incluyendo 21 clásicos. Pero sus éxitos deportivos chocaron con un drama personal. El fallecimiento de su esposa Nellie, apenas dos años después de haber contraído matrimonio. Poco después, Archer se quitaba la vida. Pero su mito sigue vivo. Muchos ha visto apariciones en los establos Pegasous de Archer montando un fantasmal caballo blanco.

En la segunda mitad del siglo XIX Fred Archer no podía caminar por Inglaterra sin ser reconocido y su presencia en cualquier lugar generaba siempre un pequeño alboroto. Era casi imposible competir en popularidad con este jockey que tenía solo trece años cuando consiguió su primera victoria y que a lo largo de su corta carrera dejó registros nunca superados, pero también la sombra de un carácter complejo y melancólico que le empujó a un trágico final cuando solo tenía 29 años.

Fred Archer era hijo de otro famoso jinete, William Archer, especialista en carreras de obstáculos. Tenía 17 años cuando Lord Falmouth, dueño de una importante cuadra, le eligió como sucesor de Tom French, su jinete titular, que había muerto un año antes en un desgraciado accidente. En su primer año bajo el manto protector del potentado venció en las carreras de las 1.000 y 2.000 Guineas, además del Oaks. Impresionante para poco más que un adolescente. Desde ese momento hasta el de su muerte en 1886 su carrera fue una sucesión interminable de triunfos hasta alcanzar la asombrosa cifra de 2.471 victorias. Una cifra que solo Gordon Richards fue capaz de superar aunque con una carrera infinitamente más longeva que la suya.

En un tiempo en el que la hípica era uno de los grandes acontecimientos sociales, Archer no tardó en convertirse en una celebridad en Inglaterra. Le ayudaba también su aspecto físico. Era alto para tratarse de un jockey, atractivo, con un evidente encanto personal pese a su expresión algo triste. No era extraño que la alta sociedad le quisiese siempre cerca y que alguna distinguida dama como la duquesa de Montrose se enamorara perdidamente de él y tratase de tenerle siempre cerca con la excusa de que siempre fuese el encargado de montar a sus mejores caballos.

Archer medía un metro y setenta y ocho centímetros. Demasiado para tratarse de un jockey. Eso le obligó siempre a realizar verdaderos esfuerzos con la alimentación. Su peso oscilaba entre los 64 y los 70 kilos dependiendo del momento de la temporada en la que se encontrase. Cuando se acercaban las grandes carreras su dieta era extrema y abusaba de los laxantes. Apenas se permitía al día un pequeño pastel y media copa de champán. Pasaba un hambre feroz para cumplir con la báscula y sorprendía que durante la mayor parte de su vida deportiva su salud no se resintiera ante semejante esfuerzo.

Al margen de eso tenía un don innato con los caballos. Un simple galope de entrenamiento le bastaba para adivinar sus características y posibilidades, así como la forma en que debía montarlo. Sus manos siempre transmitían al caballo el mensaje justo. Era meticuloso y despiadado en la pista. En un tiempo en el que no se sorteaban los cajones de salida siempre salía antes que sus rivales para escoger un buen lugar. Existía alrededor de él la sospecha de que cuando apostaba por un caballo que montaba -a los jinetes se les prohibió más tarde esta posibilidad- llevaba al límite al animal por ese afán de ganar un dinero extra, pero lo cierto es que nunca estuvo envuelto en sospechas relacionadas con el complejo mundo de las apuestas. Sus triunfos le convirtieron en un seguro de vida para los apostantes y para los criadores, que le querían a todas horas y le llevaban a una absoluta sobreexplotación. Competía todos los días y varias veces. Se acuñó en aquel tiempo una expresión que harían célebre los taxistas de Londres y que consistía en responder Archer's up (montado por Archer) cuando se trataba de transmitir al cliente que todo estaba bajo control y que no había nada por lo que temer.

Tras rechazar no pocas proposiciones de matrimonio y la insistencia de la duquesa de Montrose, Archer se casó con Nellie, la sobrina de su preparador de toda la vida y a la que conocía desde que era una niña. Solo dos años después su mujer murió en las complicaciones posteriores al parto en el que había nacido su hija Rose. La tragedia oscureció su carácter y su salud se resquebrajó por completo. Fue entonces cuando empezaron a hacer mella en él los esfuerzos que realizaba para estar siempre en el peso justo. La tristeza, el dolor que sentía por quedarse sin Nellie le había devastado por completo. Sintió entonces que había perdido parte de su magia con los caballos a raíz de un par de derrotas consecutivas y el pesimismo pareció cubrirlo todo en su vida. Ni la pequeña Rose era capaz de sacarle de aquel agujero.

A las pocas semanas comenzó a encontrarse mal y tomó la decisión de recogerse en su casa de Newmarket (no muy lejos del hipódromo) junto a su hija y su hermana y no montar durante un par de semanas. Era la primera vez que se concedía un descanso tan grande. Una fiebre tifoidea le tuvo postrado en cama durante días. Cuando mejoró tomó entonces la más radical de sus decisiones. Cogió una pequeña pistola de un cajón de su cuarto y se pegó un tiro en la boca. Tenía solo 29 años. Su muerte desató un duelo popular nunca antes visto en Inglaterra. Dejaba un récord de victorias impresionante en solo dieciséis años de carrera y la sensación de que nunca habría otro como él.

Para alimentar la leyenda los aficionados a la hípica pregonan que algunas noches, en el hipódromo de Newmarket, cuando se acerca la fecha del Derby, se oye un galope sin eco y se intuye la sombra de un caballo montado por un jinete inusualmente alto. "Es Archer, que sigue entrenando" dicen para justificar la existencia del fantasma.

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