La espada mágica de Onischenko

El esgrimista ucraniano protagonizó en los Juegos de Montreal uno de los episodios más vergonzosos de la historia del olimpismo

04.07.2016 | 00:15
Un juez comprueba la espada de Onischenko.
Un juez comprueba la espada de Onischenko.

La historia del olimpismo también está llena de episodios oscuros y personajes que acabaron repudiados por su comportamiento totalmente opuesto al espíritu con el que se levantó la competición deportiva más importante del mundo. Boris Onischenko, ucraniano de nacimiento, protagonizó uno de los momentos más tristes del deporte y que supuso el final de su carrera. Ya tenía tres medallas olímpicas en pentatlón moderno, pero ansiaba el oro individual en su último intento ya con 38 años de edad. Y cometió su mayor pecado.

El Barón de Coubertain, padre del movimiento olímpico y feroz defensor de la ejemplaridad que debía reinar en los Juegos, fue el responsable directo de la creación del pentatlón moderno. Eligió las cinco pruebas que lo conformaban de acuerdo a las competencias que según él debería de reunir un soldado, más concretamente un oficial de enlace del siglo XIX situado tras las líneas enemigas, quien "tras ser derribado, monta un caballo desconocido, se defiende con su espada, se protege con su pistola, y escapa franqueando un río a nado y corriendo campo a través durante un largo trecho". De este modo la disciplina recién nacida se conformaría con la combinación de resultados que se lograsen en tiro con pistola, esgrima, natación, salto con caballos y una carrera de campo a través. En 1912 entró a formar parte del programa olímpico y aunque sufrió pequeñas variaciones que tenían que ver con el orden en el que se practicaban los deportes o el sistema de puntuación, el deporte nunca perdió ese espíritu que Pierre de Coubertain perseguía, el de buscar lo más parecido al soldado ideal -antes de que el armamento sufriese su gran evolución-, el tipo de deportista que cualquier querría a su lado en el campo de batalla.

Boris Onischenko fue una de las grandes estrellas de este deporte en las décadas de los sesenta y setenta. Nacido en Ucrania en 1937, sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial (que para cualquier compatriota suyo era una tarea realmente complicada) y en su juventud comenzó a practicar diferentes deportes. Cuando se convirtió en oficial del ejército soviético encaminó sus pasos hacia el pentatlón moderno porque tenía muchas de las habilidades que se precisaban para triunfar en esta modalidad.

De todos modos, tardó en alcanzar las grandes competiciones. Tuvo que dedicar mucho tiempo a su formación como oficial y eso le apartó de las grandes citas hasta que en 1968, con 30 años, acudió con la URSS a los Juegos de México en los que alcanzó la medalla de plata en la prueba por equipos y rozó el podio en la clasificación individual. Le faltaba dar un paso más y durante los cuatro años siguientes intensificó su preparación para presentarse en Múnich con opciones de hacer el doblete. Estuvo a punto de firmar una competición perfecta. En Alemania consiguió la medalla de oro en la competición por equipos y se tuvo que conformar con la plata en la prueba individual. De vuelta a casa recibió junto a muchos otros deportistas el reconocimiento de las autoridades y las tradicionales condecoraciones que los soviéticos repartían a diestro y siniestro. En plena Guerra Fría y con la instrumentalización política que se hacía de los deportistas, para las autoridades el éxito de sus atletas era lo más parecido que en ese tiempo había a conseguir una victoria en los campos de batalla. A Onischenko le premiaron con la Orden de la Bandera Roja al Trabajo.

En 1976, con 38 años a cuestas Onischenko llegó a Montreal dispuesto a sumar una nueva medalla y de alcanzar el oro en la prueba individual, su gran obsesión. Pese a su edad mantenía un estado de forma que le permitía aspirar a cualquier objetivo. La cosas no arrancaron bien para los intereses del equipo soviético, muy discretos en la prueba de saltos a caballo. Tampoco les sorprendía porque posiblemente era la modalidad que menos dominaban. Cuatro años atrás en Múnich les había sucedido algo similar. Estuvieron horribles en esa prueba y luego firmaron una gran remontada. El segundo día llegaba la hora de la esgrima, el momento de Onischenko, que dominaba de forma extraordinaria la espada. Los cuatro primeros combates cayeron de su lado con aparente facilidad y era el gran favorito para apuntarse la victoria parcial en esa competición. El británico Adam Parker había tenido la sensación de que la espada de Onischenko no le había alcanzado y protestó tímidamente su derrota, extrañado ante alguno de los tocados. El quinto combate de Onischenko era con otro británico, Jim Fox, con el que el ucraniano mantenía una relación bastante cordial fruto de los encuentros mantenidos en otras competiciones. Se repitió la misma impresión del anterior duelo. El sensor anunció un tocado que Fox no sintió como tal y arrecieron las protestas. La delegación británica elevó entonces una protesta formal solicitando que se comprobase el arma de Onischenko porque podría haber alguna clase de fallo técnico.

Pero lo que encontraron los jueces al inspeccionar el arma fue mucho peor. La espada tenía un sistema electrónico que gracias a un botón que llevaba oculto el pentatleta soviético marcaba tocados a su gusto sin la necesidad de que la presión sobre el rival fuese la mínima necesaria. Onischenko apenas se defendió. Al principio se resistió con alguna excusa pueril pero acabó por asumir la evidencia. Fue descalificado y la misma suerte corrió el equipo soviético en la prueba por equipos aunque a sus otros dos componentes le permitieron continuar en la clasificación individual. Tras ser descubierto se cruzó con Fox y simplemente pudo balbucear un "lo siento, lo siento". Esa misma noche Onischenko, cubierto por la vergüenza, abandonó la villa olímpica y su Federación le expulsó del deporte. Quedaron muchas dudas sobre las razones que le llevaron a tomar esa decisión. Nadie dudaba que era posiblemente el mejor de los participantes con la espada y que lo normal era que hubiese conseguido la victoria en esa disciplina sin más ayudas que la de su habilidad. Tampoco se supo si en la preparación del ingenio técnico participaron más personas. Preguntas sin respuestas. De vuelta a casa fue llamado para recibir una reprimenda personal del mismísimo Leonid Brezhnev, fue expulsado del Ejército Rojo, se le impuso una multa de 5.000 rublos, y despojado de todos sus honores deportivos. Sobre su paradero hubo muchas leyendas. Se dijo que fue enviado a trabajar en una mina de sal de Siberia y hay otra teoría, más creíble, que apunta a que se dedicó a conducir un taxi por las calles de Kiev. Nunca habló de lo sucedido en Montreal. Las razones de todo lo que rodeó su trampa se las guardó para él.

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