Fútbol. CD Tenerife
Alavés 22CD Tenerife
 

Nano es de oro

El canterano firma los goles que valen al Tenerife para salir vivo de Mendizorroza, uno de sus campos malditos

11.04.2016 | 11:46
El local Miguel Flaño cabecea un balón ante el tinerfeñista Nano.

Dos goles de Nano (uno al inicio y otro en el epílogo, antes de que fuera evacuado al hospital) valieron al delantero para romper su sequía y al Tenerife para salir indemne de Mendizorroza, uno de sus campos malditos y posiblemente el escenario más difícil de cuantos les faltaban por visitar. Aunque las vigilancias del rival se cernían sobre el buen momento de Lara o el regreso al once de Lozano, el gran protagonista fue un canterano. Un jugador hecho a sí mismo que se ha convertido en una pieza clave. Un hombre tan determinante en la definición como valeroso para dejarse la pierna en el momento del gol definitivo. Una bendición de futbolista, la auténtica revelación blanquiazul en su año más sobresaliente.

El partido contra el líder fue ajedrecístico, un duelo marcado por el protagonismo indiscutible de dos entrenadores que han hecho de sus respectivos planteles una prolongación de sus gustos y predilecciones. Un par de equipos de autor que enseñaron en Vitoria sus luces y sus sombras. El Tenerife, esplendoroso al inicio, enfiló la contienda con la mejor de sus caras. Imantó el balón a sus jugadores, neutralizó al líder y gobernó el partido. Luego se apagó cuando el Alavés halló el empate y estuvo cerca de volverse a la Isla de vacío. Lo evitó Nano, antes de irse lesionado, a pase de un Cristo que también reivindicaba su sitio. Fue un encuentro trepidante, de alternativas, donde los blanquiazules pasaron del brillo al sufrimiento. Al final, el empate –premio grande– sabe a gloria y vale oro.

Salir vivo de Vitoria es mérito y honor de marca mayor. Furia y músculo, el Alavés confirma a cada comparecencia la etiqueta de equipo intenso –algunos utilizan adjetivos más peyorativos– y está adiestrado para morder, con el cuchillo afilado y el gatillo preparado. Es un equipo letal, como así demostró ayer cuando parecía muerto. Trepidante y al límtie en cada lance del juego, el cuadro de Bordalás no da espacio a la pausa. Para pararle hacía falta un Tenerife pletórico. Pues bien, fue lo que se vio en los primeros compases.

Consciente de lo que le esperaba, el cuadro insular se remangó como la contienda exigía. Pero sin renunciar a sus ideales. De este modo ofreció uno de los tramos de fútbol más exquisitos que se le recuerdan. Rotundo en sus convicciones, se fue a por el Alavés a tumba abierta. Y de esta guisa logró el gol que abrió el marcador. Una contra frenética valió a Suso para poner el balón al segundo palo, hallar a Carlos Ruiz y recoger Nano el rechace para embocar a portería. Fue la justa recompensa al voraz arranque del Tenerife, que fue a la yugular de su contrincante hasta enseñarle la mandíbula.

El cuadro isleño, que había dado un par de avisos antes de morder, enmudecía Mendizorroza y mostraba cartas de aspirante a todo. Era una delicia verle jugar. Ambicioso, serio, con criterio. Pero sucedió entonces que un error grave individual (de Carlos Ruiz) lo cambió todo. Le faltó contundencia y le sobró mala suerte. El granadino trató de despejar con tan pésima fortuna que el balón se lo regaló a Juli tras tocar en Vitolo. Solo ante Dani, el atacante alavesista no perdonó.

El empate (1-1) lo cambió todo. Dio alas al líder y dejó groggy al Tenerife, que tardó en recomponerse. Pareció que le vendría bien el descanso, pero entonces hubo aún más contratiempos. Justamente Ruiz tuvo que abandonar la contienda al intermedio –por una conmoción– y Martí se vio abocado a dar carrete a Alberto, que venía de la nada (ni convocado ante el Lugo). La concatenación de desgracias fue más allá. El desajuste por el cambio favoreció que el Alavés, crecido, culminara sin piedad la remontada. Un disparo del capitán local Sergio Mora –estaba libre de marca– puso a los de Bordalás por delante sin que el Tenerife apenas hubiese tenido tiempo de espabilar. Demasiado infortunio en tan poco tiempo. Había que sobreponerse a un marcador adverso y a un escenario fatídico. Con viento a favor, el cuadro anfitrión parecía inabordable.

Visto así, el empate final parece un milagro. Fue posible gracias a que Manu Barreiro mandó al travesaño la más clara de las opciones vascas en la reanudación. Y a la aparición estelar de Nano cuando ya parecía inamovible el 2-1. Un pase de dibujos animados a cargo de Cristo González dejó al delantero a solas con Pacheco. Y acertó. Como lo había hecho ya en la primera mitad, embocó a gol con solvencia y determinación. Fue un tanto de killer, pero marcado con el alma, como si al futbolista le fuese la vida en ello.

Como ya el Alavés casi celebraba la victoria y que mantendría el liderato, el tanto en las postrimerías del duelo lo asimiló como golpe a la nuca. Faltaban solo cuatro minutos pero parecieron centurias. Una auténtica agonía para el Tenerife porque Nano se fue en camilla (lesionado en la acción del definitivo gol) y dejó a los suyos huérfanos en un episodio final dramástico. Así que el empate se celebró como lo que era: una conquista.

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