Fútbol. CD Tenerife
Sp. Gijón 30CD Tenerife
 

Final calamitoso

El Tenerife emborrona su expediente con un último descalabro en Gijón, donde un Sporting mucho más intenso y sólido le desarboló desde el inicio

08.06.2014 | 02:20
Final calamitoso
Final calamitoso

Se acabó. El fútbol, sus goles, la emoción y la pasión de todos los domingos descansa hasta agosto. Se apaga la temporada para el Tenerife, que soñó con llegar más lejos pero se conforma –y no es poco– con abrochar el objetivo que se fijó hace un año.Es decir, la permanencia y seguir en la vida profesional, mérito que se valora y saborea más ahora que se sabe bien lo que es perderlo. La singladura del año del regreso a Segunda se salda con un aprobado, sin alharacas ni exclamaciones porque lo impidió este feo final, una mala racha que mancha el historial y ensucia el expediente.

Cuando se archive este curso en los manuales de historia tal vez nadie se acuerde de la cita de cierre en El Molinón, estadio otras veces talismán, escenario ayer de un descalabro monumental. Intrascendente, sí, pero descalabro con todas las letras. De hecho, desde el principio se atisbó con claridad quién se jugaba la vida y quien acudió al partido pensando en las vacaciones. La diferencia entre los dos equipos fue de actitud.

Con perspectiva, el acento en esta campaña habrá de ponerse en la victoria en El Toralín, un antes y un después. O en el golazo de Ayoze al Éibar, el mérito de puntuar en Ipurúa o Riazor, la victoria sobre el alambre contra el Numancia o la exhibición contra el Girona. Sea como fuere, un año tan meritorio no merecía este desenlace. Más que feo, impropio de un equipo de profesionales.

Pasó el representativo por Gijón y fue convidado de piedra en el gran festín del Sporting. Por la situación ilusionante del cuadro local se engalanó la grada y se encendió una tarde de fútbol inmensa, alumbrados los de Abelardo por la opción inminente de un ascenso en ciernes. El Tenerife ni compitió, más bien deambuló por el campo. Desde que Cervera anunció que a sus jugadores no les podía exigir más, la racha blanquiazul ha sido paupérrima. Con la de ayer, ya son siete derrotas. Y más de diez horas sin marcar, que se dice pronto.

El entrenador cumplió con lo prometido y alineó a varios no habituales, algunos por decisión propia (Rivas) y otros por exigencias del guión. En todo caso, cualquier previsión de partido parejo y competido se fue al traste a los pocos segundos. Un clamoroso error de Carlos Ruiz, ayer fuera del partido, se saldó con un tempranero gol que dio alas al Sporting. Lo marcó Lekic, quien desató el delirio en la grada. Como ocurrió ante el Murcia, el Tenerife se vio enfrente de un enorme muro que escalar. No era solo el 1-0, también la certidumbre de que no se jugaba apenas nada.

Así que el partido fue un horror. Los mejores minutos blanquiazules, sin embargo, llegaron a continuación. Con el balón se vio por momentos una aseada versión del Tenerife, que trató de llegar a Cuéllar aunque fuera sin profundidad. El problema es que mientras los isleños sufrían un mundo para ver portería –ya son más de 600 minutos sin gol–, el rival fabricaba peligro de la nada. De este modo llegaron más tantos, concretamente dos antes del intermedio, que sentenciaron el envite y horadaron todavía más la moral blanquiazul.

Desde que llegó el 3-0, el partido murió en la intrascendencia. Nada en litigio más que el honor tinerfeñista, que se vio golpeado por una actitud penosa. Diego Rivas ni tocó el balón. Y cuando lo hizo, fue para recogerlo de sus propias redes. Fue lo que ocurrió trasel descomunal trallazo de Carmona, libre de marca; o tras la asistencia de éste a Scepovic, que cerró la cuenta sportinguista tras otro increíble fallo visitante.

Cuenta Cervera que trató de alertar a los suyos de que se debían al escudo, al orgullo blanquiazul y a la obligación de defender con más ahínco los intereses del Tenerife. Pero ni por ésas. Tampoco los cambios surtieron el efecto deseado y la despedida de Ros, Loro, Borja y otros muchos se tiñó de gris. Nadie reprocha al representativo su brillante papel durante un montón de meses, que haya asegurado la permanencia con una encomiable antelación y que haya regalado a su afición partidos para enmarcar. Como el derbi de diciembre, por ejemplo. Pero es intolerable este final. Una calamidad con mayúsculas que no admite excusas.

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