Fútbol. CD Tenerife
MANOJ DASWANI
VIGO
ENVIADO ESPECIAL DE LA OPINIÓN
El Tenerife podía haber salido ayer al campo del Coruxo como si sus futbolistas fueran señoritos, futbolistas de otra división, con salarios que multiplican por tres y por cuatro los del rival, con trayectorias relucientes y aspiraciones de oro. Si lo hubiese hecho, tal vez le habrían zurrado. Y habría salido escaldado de O Vao como todos los anteriores visitantes que tuvo este pequeño campo gallego, territorio vedado para los foráneos desde que comenzó la competición hasta ayer. Acabó la racha inmaculada del cuadro verdiblanco y fue porque el representativo bajó a la arena y se fajó como un equipo cohesionado, trabajador, repleto de coraje y humilde, sobre todo humilde, porque hay escenarios donde más vale la actitud que las florituras, la voluntad que las filigranas y la paciencia que la calidad.
Son muchos y variados los argumentos blanquiazules, entre ellos la presencia en sus filas de jugadores de postín -léase Luismi Loro, ayer otra vez sensacional-, pero fue esta vez la seriedad la mejor de las armas de Tébar. Planteó la partida como un estratega y su apuesta por el balón le salió de perilla. El manchego huyó de una alineación concebida ex profeso para esta superficie. Lejos de acobardarse, apostó por el balón. Y ya lo demostró el Tenerife en los primeros compases, difíciles de enfilar pero jugados desde el criterio. No habían pasado sino unos pocos minutos y ya podía trazarse perfectamente el guión de todo el envite: gobierno blanquiazul, dificultades para llegar al arco rival, rival sobreexcitado y enredos por todos lados.
Avisaron primero los foráneos con sendas ocasiones a cargo de Luismi y Chechu, precisamente los grandes artífices de la jugada que cambia el partido. Sucedió a poco tiempo de cruzarse la frontera de la primera media hora, ya cuando el Tenerife había enseñado sus dientes y el Coruxo esperaba atrás, agazapado, aguardando a que el 0-0 persistiese en el marcador mientras más minutos, mejor. Pero lo rompió Chechu, eficiente y aseado en el trabajo de nueve circunstancial porque se encontró en sus botas con un servicio medido de Loro, estelar en el regate y luego en el noble arte de la asistencia, exhibiendo sobre O Vao que el buen futbolista no entiende de excusas, ni de justificaciones, ni de lamentos. Fue descomunal la acción del gol blanquiazul, una obra de ingeniería pero también de talento.
Halló el Tenerife la recompensa a su fe, a haber leído la partitura del partido tal y como exigía la mañana, tan fría como impasible se mostró el Coruxo, esperanzado ante la opción de que su ocasión llegaría. Pasaron y pasaron los minutos –buena noticia para los visitantes– pero no varió un ápice la disposición tinerfeñista a ganar desde la posesión de pelota. Al menos, hasta el descanso.
Reconoce Tébar que llega el intermedio y felicita a sus hombres. ¿Un error? Pues pudo serlo si se confirma que sus halagos alimentaron la complacencia del equipo, que enfiló los segundos 45 minutos sin la garra y la intensidad de los primeros. Bajó un pelín el pistón el cuadro insular, y aprovechó su oponente para intimidar. Lo hizo con mayor cuota de protagonismo en la partida, si bien las oportunidades claras brillaron por su ausencia. También para el representativo, que contemporizó demasiado y se abocó al sufrimiento en un final agónico. No porque el asedio gallego fuese peligroso, sino por la cortedad del marcador y la inquietud incesante. Procuró el técnico una reactivación de los suyos a través de las permutas, pero no estuvo Zazo demasiado participativo y no atinó Kiko Ratón a transformar la ocasión que tuvo para dar carpetazo al asunto. Así que se prolongó la sensación de que cualquier desenlace podía producirse, por poco que asustara el Coruxo. Al miedo contribuyó la expulsión de Llorente, único lunar a un triunfo que sabe mejor. Por sufrido, por trabajado y por merecido.