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SEBASTIÀ ADROVER. PALMA. La montaña se ha cebado con uno de sus enamorados. Tolo Calafat perdió la vida el jueves en el Annapurna (8.091 metros) al fracasar el desesperado intento de rescate que pretendía sacarle del infierno que estaba viviendo tras hacer cima el martes junto a Juanito Oiarzabal y Carlos Pauner. Su muerte ha destapado la controversia por la actuación de la expedición en la ascensión y en el plan de salvamento.
Llevaba más de 36 horas a 7.600 metros de altura, sin tienda de campaña ni saco de dormir, con un principio de edema cerebral y varias congelaciones. Los 30 grados bajo cero y los fuertes vientos, cercanos a los 70 kilómetros por hora, junto a la intensa nevada que azotó el Himalaya, pudieron con el alpinista más laureado de la isla.
Un drama para el deporte y la sociedad mallorquina, que ha tenido una descomunal repercusión a nivel nacional. Las esperanzas estaban depositadas en la operación de salvamento que habían diseñado desde el campo base con la intervención de un helicóptero especializado en este tipo de situaciones. El aparato, que había partido con los primeros rayos de luz, había dejado en tierra todo el material no imprescindible, incluidas las puertas y los asientos del aparato. Sobrevoló por toda la zona en la que se hallaba el palmesano, muy cerca de la montaña. Ni rastro. Ni un síntoma de Calafat, que había dejado de dar señales de vida a las cinco de la tarde del miércoles, hora española.
Los nervios se adueñaron de Jorge Egocheaga, escalador y médico, que no conseguía localizar el cuerpo de Tolo desde el helicóptero. Lo más probable es que la nevada le tapara e imposibilitara divisarle. De hecho, hay voces que apuntan que jamás se hallará el cuerpo por culpa de la orografía de la zona. Ni siquiera el sherpa que había partido el miércoles pudo dar con él tras haber andado once horas. No hubo suerte.
El piloto Sabin Basnyat confesó posteriormente que había propuesto que prosiguieran las tareas de rescate, aunque esa opción fue descartada porque las condiciones metereológicas eran malas, tal y como aseguró Pauner. Fue en ese momento cuando se vieron obligados a bajar los brazos. Cuando tuvieron que aceptar que Calafat estaba muerto. El helicóptero sí que sacó a Oiarzabal, Pauner y al rumano Horia Colibasanu, que permanecía en el campo 4 dispuesto a subir en busca de Tolo. Fue Pauner el que el que llamó a Marga, la mujer de Calafat, para darle la peor de las noticias.
La que nadie quería oír. Esta dramática información fue la antesala de numerosas especulaciones sobre si se podría haber evitado su muerte. "Intentar el ascenso más allá de las dos de la tarde es forzar demasiado –llegaron a las cuatro y cuarto, hora nepalí–. Y me extraña que con una persona de la experiencia de Oiarzabal en el equipo se tomara esa decisión. Tendrían que haber bajado y probarlo el año que viene porque corrían un riesgo muy grande", dijo Juan Antonio Olivieri, amigo de Tolo con el que compartió el ascenso al Everest en 2006, entre otros.
El director de la revista Campobase, Óscar Gogorza, apuntó a una decisión poco habitual como una de las causas de la desgracia. "Dejaron el campo 4 mucho más lejos de lo habitual porque normalmente está a 7.600 metros, no a 7.100. Al ser de noche la bajada se les hizo demasiado larga", subrayó. "Si no renunciaron es porque pensaban que podían, no creo que sea ninguna imprudencia, pero es cierto que arriesgaron", añadió Gogorza.
Es una de las polémicas que están sobre la mesa, pero no la única. Tampoco gustaron las palabras de Oiarzabal en las que decía que "no se puede llegar a la cima estando en las últimas", en referencia a Calafat. "Se equivoca porque no era el día ni el lugar para dar lecciones de sensatez, sobre todo porque a él también le han rescatado en otras ocasiones", afirmó Jorge Nagore, periodista y jefe de prensa de Iñaki Ochoa, el anterior alpinista fallecido en el Annapurna en 2008. "Fue una falta de tacto tremenda", agregó Gogorza. "Y tampoco puede echar la culpa a los sherpas de los coreanos de que no subieran a por Tolo, por mucho que pagara, porque no son perros, son personas que se cansan y tienen miedo", indicó.
Sólo Colibasanu y Egocheaga se habían ofrecido a subir a por Calafat. "Había mucha gente allí, pero por desgracia sólo ellos, junto con algún sherpa, se han mostrado dispuestos en todo momento a ayudar. Siempre son los mismos", lamenta la familia del desaparecido Ochoa. Ahora ya no hay vuelta atrás. Tolo ya descansa en paz en el cielo.
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