ALEJANDRO VIDAL | DDM
La problemática es un conjunto de problemas y no uno solo. Los de Rafael Nadal no se circunscriben a su lesión, que también, sino a su estado psicológico, cada vez más preocupante.
Un día se levanta y recuerda a la prensa inglesa la influencia de la separación de sus padres en su rendimiento, soslayando que en las mismas circunstancias ganó torneos importantes y al otro se reconoce nervioso, intranquilo y falto de confianza. Cuando uno no encuentra una explicación clara sobre si mismo y sus propias actuaciones, quiere decir que el dilema está tanto en su mente como en sus extremidades y, dado el caso, seguramente en ambas partes.
Pero la esencia del deporte se encuentra precisamente en el nivel de autoexigencia que cada deportista se aplica. El de Manacor ha apuntado siempre muy alto en este sentido y le costará mucho colocar el listón a un nivel más bajo porque el público, aunque fiel y comprensivo, también puede ser muy cruel.
Con el final de la temporada que, pese a todo, no ha sido tan mala, el paréntesis que se abre hasta el reestreno de Australia tiene que ejercer un efecto sedante en las heridas que, sin duda, atenazan la recuperación de nuestro número dos.