MANOJ DASWANI
Si ya era presidencialista, ahora el Tenerife lo será todavía más. En el subsuelo quedan los deseos de Javier Pérez de hacer un club de todos, una institución donde hasta el menos pudiente de los accionistas tuviera voz y voto, al menos la posibilidad de expresar sus quejas y sugerencias en una junta general.
Las sorprendentes modificaciones que Miguel Concepción pretende aprobar en diciembre –lo conseguirá, por supuesto, porque suyo es el control de la mayor parte de las acciones– son todo un golpe mortal a la pluralidad, por no decir que también a la democracia. De un plumazo quiere rebajar el número de consejeros hasta dejarlo en cuatro más él, lo cual no es sino una escenificación eviente de que en el Tenerife manda, hace y deshace el presidente. Y nadie más. En realidad, uno se pregunta con sorna para qué sólo cuatro directivos y no uno solo. Bajo tal decisión, una preocupante realidad: cada vez son menos los que quieren implicarse en este proyecto, cada vez son menos los que quieren estar sentados en un consejo de administración donde no van a tener arte ni parte, si acaso sólo avalar.
Pero si sonrojante para cualquier demócrata es la reducción del consejo, más todavía lo es otra operación de cirugía. Me refiero a la que pretende acallar todas esas voces de los pequeños accionistas en las asambleas, la que busca reducir las juntas a sólo aquellos que reúnan... ¡115 acciones! Será que a Concepción no le gusta escuchar a quienes puedan criticarle, será tal vez que no quiere oír las sugerencias que afloran cada diciembre de los aficionados corrientes y molientes, o será que ve las asambles como una pérdida de tiempo y ansía con despachárselas en 15 minutos. No sé con exactitud la razón de medida tan detestable y odiosa, pero puedo imaginarla. Hoy, otra vez, me acuerdo de Javier Pérez. De las veces que dijo que era necesario impedir que el futuro del Tenerife estuviera en manos de unos pocos, de sus denodados intentos por dar voz a todos, de no transigir con un club a lo Piterman. He ahí sus recomendaciones, he aquí las consecuencias de desoírlas. ¡Viva la democracia!