CARLOS GARCÍA
Hijo de un buen atleta, el último fichaje del Tenerife Rural no comenzó a jugar a baloncesto hasta su adolescencia. Con una genética que le otorgó un físico prodigioso, su afición en la infancia fue, como no podía ser otra, el fútbol americano. Hasta que un día un entrenador le vio corriendo y le invitó a probar fortuna en el equipo del high school. Remiso en un principio, Roe aceptó a regañadientes. Fue todo muy rápido, tanto que ni se percató de avisar a su madre de que regresaría tarde a casa y mientras ella lo buscaba desesperadamente por las calles de Atlantic City él empezaba a mostrar sus dotes baloncestísticas al capturar 17 rebotes en su debut. Luego tocó regañina en casa, pero había sido el inicio de un descubrimiento, de una carrera hasta la fecha brillante y cuya siguiente estación sería la Universidad de Massachussets. Allí, Roe se hizo grande, tanto que llevó a su equipo a una Final Four de la NCAA. Y también dejó huella, la suficiente como para que su número, el 15, fuera retirado, honores que comparte únicamente en ese centro docente con un tal Julius Erving.
Tras brillar en su ciclo académico, Roe probó fortuna en la NBA, primero en los Pistons y luego en los Warriors, justo antes de dar el salto a Europa. Este ala pívot llegaba al Viejo Continente con grandes referencias, pero a finales de 1997 se le tuvo que nublar la vista, ya que en un control antidoping al que fue sometido en el Centro Insular de los Deportes de Gran Canaria el 27 de diciembre, daba positivo por consumo de cannabis. Era su puerta de salida... momentánea. Tras su paso por la CBA, Italia y la LEB (con el Inca), Roe volvió a tocar en la puerta de la ACB. Entró para ya no salir. Y lo hizo con el Gijón, donde fue designado MVP de la Liga en el curso 00/01, y luego en el Alicante. Allí, Lou también tuvo un regalito para el Tenerife. Fue el 7 de marzo de 2004, coincidiendo precisamente con el debut como primer entrenador de Iván Déniz en el banquillo blanquiazul tras la convulsa salida de Paco García. Ese día –y a la misma hora que el CD Tenerife vencía a Las Palmas (2-0) en el derbi futbolero– el norteamericano se marcó un partido de sombrero con 23 puntos, ocho rebotes, cuatro asistencias y 36 tantos de valoración que le sirvieron para ser nominado MVP de la jornada, a la vez que alejaba al cuadro isleño de su sueño de disputar los play off.
Su siguiente estación sería Sevilla. Allí, y convertido al Islam, tuvo que pasar por varios sacrificios con el fin de cumplir con el Ramadán, lo que le llevó incluso a sufrir una deshidratación durante un entrenamiento, al margen de algún que otro encontronazo con el vehemente Manel Comas. Son, quizá, de los pocos episodios negativos a lo largo de la carrera de un profesional hasta la médula y un líder en el vestuario que con sólo una mirada ya trasmite a sus compañeros lo que pasa por su cabeza. Tras ser seducido por un cuantioso contrato en Korea, Roe regresó de nuevo a España. Primero al Palma Aqua Mágica de la LEB, un equipo construido a lo grande, pero que terminó cayendo por su propio peso. A los baleares le comían sus problemas económicos y aunque Lou quiso seguir remando, sería Santi Toledo, por ese entonces director deportivo del club mallorquín, el que le invitó a regresar a la ACB. Y lo hizo con el TAU. Fueron sólo unos meses, pero con ellos logró sacarse una espina clavada tras ser tachado de no poder destacar en equipos grandes. Palma de nuevo, Murcia y finalmente San Sebastián habían sido sus últimos destinos.
Hace algunos días, en su retiro momentáneo en Lonato del Garda, una pequeña ciudad al norte de Italia de apenas 15.000 habitantes, Roe recibió el ofrecimiento del Tenerife Rural. Se lo pensó, puso sus condiciones, el club las aceptó y él firmó. A partir de ayer, la entidad tinerfeñista disfruta de una estrella que todavía sueña con volver a jugar en la ACB y quedarse para él honor de ser el jugador que más veces ha sido MVP en una jornada. Lo ha hecho en 19 ocasiones y ese que le molesta es otro tal Arvidas Sabonis.