MANOJ DASWANI, ENVIADO ESPECIAL | VILLARREAL
Era difícil presagiar para el Tenerife un marcador patético y doloroso (5-0) cuando su visita al Villarreal aún transcurría en parámetros de tensión creciente y desconcierto evidente para el equipo local, sumido hasta ayer en una crisis galopante de confianza y resultados. Paseaba el balón casi siempre por territorio local, opositaba el representativo al primer gol y merodeaban los blanquiazules el área de Diego, siempre con descaro y nunca con suerte. Pero el partido cambió. Tanto que viajó la grada de los murmullos iniciales a la cerrada ovación final, de la desesperanza a la reconciliación, de la aflicción a la alegría.
El tránsito, también de punta a punta, fue el anverso en las filas visitantes. Pasó el Tenerife de una primera mitad convincente, a veces hasta brillante, a un segundo acto de rendición total y destrucción masiva. Alimentaron tal estado de desolación muchos factores, a cada cual más importante: la desconfianza de Nino, el mal día de Román, la falta de balones que acusó Juanlu, los problemas en cascada para Aitor o Bellvís... Pero encontró la derrota, sobre todas las demás, una explicación cruda y crucial: la defensa. Y puestos a ser más precisos, los centrales.
Es doloroso tener que poner nombre y apellidos a una goleada, pero la de ayer fija las miradas en Manolo Martínez y Pablo Sicilia. Superados siempre, sufrieron en Villarreal un calvario terrible. Torpedeados en cada duelo con los hombres incisivos y talentosos del Villarreal, se las vieron y se las desearon para oponer resistencia a un ataque ayer certero y sin contemplaciones. Temía Oltra que despertara la bestia... y vaya si lo hizo. Ocho minutos catastróficos llevaron hasta el marcador hasta tres goles consecutivos. Un martirio. Fue ése el momento culmen de un partido que antes había dejado para el Tenerife excesivo castigo en una primera parte de dominio blanquiazul en el césped pero control amarillo en el marcador. El mérito fue de Llorente, triunfador al cabo de una acción donde, de nuevo, desafortunados los dos, falló Manolo y no le ayudó Pablo.
Pese al gol, había mostrado el cuadro insular sus enseñas de siempre, dispuesto a manejar las urgencias y dudas del submarino. Lo hizo bien, bajando la pelota al verde y circulando con fluidez el esférico a pesar de que nunca encontró tal apuesta el premio del gol. Habría sido posible si se hubiera encontrado en los metros finales la misma contundencia y clarividencia que faltó atrás. Para sorpresa del personal, marró Alfaro una ocasión clarísima en un duelo a solas con Diego, igual que luego hizo también Nino, que está desconocido, en otra oportunidad de oro.
Para entonces, todavía había partido. No lo hubo después, desde el 4-0 y hasta el anhelado momento de la conclusión, esperado por el Tenerife con la tristeza y rabia del que se sabe vencido. Fue media hora inservible y que eligió Oltra para mover el banquillo con sus coordenadas habituales: defensa de tres y naves arriba, sólo que en esta ocasión con la arriesgadísima determinación de desguarecer la derecha –reemplazó a Aitor– y alimentar el hambre de la fiera. Tal fue así que encontró una autopista el Villarreal en el flanco de Capdevila y Pires, lo cual devino en más ocasiones y más gol, pues llegó el quinto.
No es la de ayer una derrota sin más, tampoco un accidente. Debe interpretarse el meneo al representativo como una llamada de atención, también como otra demostración más de que la retaguardia no acaba de convencer, sean cuales sean los centrales. La grieta blanquiazul fue enorme, tanto como la duda permanente –¿hay suficiente?– que engorda aún más este partido tétrico.
Árbitro: Fernández Borbalán, andaluz. Amonestó a Llorente.
Goles: 1-0 (15´): Llorente. 2-0 (46´): Pires. 3-0 (51´): Rossi. 4-0 (52´): Llorente. 5-0 (87´): Cani.
Incidencias: Partido correspondiente a la novena jornada de liga en Primera División, disputado en El Madrigal ante casi 20.000 espectadores. Santiago Llorente encabezó la expedición blanquiazul.