03 de enero de 2018
03.01.2018
Literatura

Joyas del terror victoriano

Los espíritus y los fantasmas son los protagonistas del libro 'Damas oscuras', que incluye 22 relatos de escritoras de finales del siglo XIX

03.01.2018 | 02:00
Joyas del terror victoriano

En el siglo XIX, con el inicio del Romanticismo en Gran Bretaña, algunos autores crearon iconos del terror como Drácula, Frankenstein o Doctor Jekyll y Mr Hyde que aún persisten en nuestros días. Curiosamente, la literatura de fantasmas o espíritus fue un terreno en donde las escritoras mostraron un sorprendente talento en una época en la que a veces tenían que firmar con pseudónimo. Algunas de ellas se encuentran en el libro Damas oscuras.

Lúgubres parajes con mansiones abandonadas, largos viajes en carruaje por páramos abandonados bajo cielos grises y encapotados, castillos en lo alto de peligrosos acantilados, bellas y siniestras mujeres sepulcrales, oscuras historias familiares en las que los antepasados no acaban de irse del todo....

Son los recursos que utilizaron los escritores victorianos para reflejar muchas de las inquietudes que atemorizaban a la sociedad británica de finales del siglo XIX. No hay que olvidar que fue la época de máximo esplendor colonial del Reino Unido, que llegó a tener casi un tercio del planeta bajo su jurisdicción, propiciado, claro está, por haber sido la cuna de la revolución industrial. Un imperio que, dicho sea de paso, no impidió que el hambre y la miseria atraparan a una gran parte de su población tal y como denunciaban las obras de Dickens. Sea como fuera, todo cambio trascendental provoca, como es natural, miedo y terror a lo desconocido. Y eso ocurrió en este periodo que coincide con el comienzo del Romanticismo que produce una reacción y un cambio en los estilos y estructuras realistas. El avance de este tipo de narrativa coincidió con el auge del psicoanálisis que influyó a los escritores a la hora de dibujar un hondo perfil psicológico de sus personales e indagar en su subconsciente y en todo lo que aterroriza y acaba reprimiendo. Fue esta la época en la que también surgieron todos los mitos que, posteriormente, las demás artes, se han encargado de difundir. Pero si echamos un vistazo a muchos de eso iconos, veremos que lo femenino tuvo un rol trascendental. Sheridan Le Fanu escribe su Carmilla, primera aproximación literaria al vampiro que, curiosamente, fue una mujer y que luego influiría decisivamente al propio Bram Stoker con su Drácula,

También una mujer, Mary Shelley sorprende con su magnífico Frankenstein y Emily Brontë construye su decisivo Cumbres borrascosas. Pero hubo muchas más escritoras que se aproximaron a este género de una manera especialmente brillante. Muchas de ellas aparecen recopiladas en el libro Damas oscuras que acaba de publicar la editorial Impedimenta.

Un total de veintidós escritoras que construyen unos relatos protagonizados a veces por hombres a los cuales se despoja de su perfección cuando se ven visitados por unos fantasmas que son los verdaderos protagonistas de todas las historias. Comienza con Napoleón y el espectro de Charlotte Brönte, donde la autora de Jane Eyre ofrece, en el escrito más breve del libro, la figura del fantasma como guía del vivo, revelándole una verdad que desconoce. Un texto que incluso puede ser considerarlo un verdadero adelanto de lo que haría Charles Dickens diez años después en Canción de Navidad.

Atmósfera

Le sigue El cuento de la vieja niñera, considerado como el mejor relato de Elizabeth Gaskell, construido con una atmósfera que se va enrareciendo hasta volverse insoportable con todos los elementos de la literatura gótica tales como una casa vieja, aislada y despoblada, tormentas espantosas, sonidos misteriosos y un enigma aterrador. Una mujer, a cargo de la educación de una niña, cuenta la historia de los padres de esta, muertos prematuramente, algo que las condena a vivir en la casa de una anciana tutora donde un pasado inquietante se cierne sobre los personajes.

Seguidamente, El abrazo frío, de Mary E. Braddon, relata la ruptura del compromiso entre un joven estudiante de pintura alemán y su prima Gertrude, cuando él conoce otras mujeres en Amberes. Es un relato de terror y amor juvenil, que persiste a la separación de la pareja después del suicidio de ella ya que su fantasma vuelve y se aferra a los brazos de él hasta causarle la muerte por locura y fatiga. En una línea muy parecida, La historia de Salomé, de Amelia B. Edwards, trata sobre un viajero que vuelve a Venecia con la esperanza de encontrar a una bella mujer a la que conoció tiempo atrás, pero que resulta ser un espíritu que busca su venganza enamorando a esta otra víctima.

Uno de los relatos más curiosos de toda la antología es La verdad, toda la verdad y nada más que la verdad de Rhoda Broughton, que contiene la esencia de quien fuera una de las autoras más leídas de su tiempo, favorita del público lector, ya que se trata de una narración amena, con un sustrato jurídico detrás, plena de emoción, misterio y suspense que mantiene muchas de las características que se verán en compatriotas como Conan Doyle. En La aventura de Winthrop, de Vernon Lee, el protagonista es un espíritu desencarnado que no tiene un verdadero carácter malévolo, más bien patético o entrañable, y donde se mezcla a un cantante del pasado, una obsesión y los objetos de los muertos.

Charlotte Riddel recurre al elemento de la casa encantada en La vieja de casa de Vauxhall Walk para incluir su moraleja final. Trata sobre el hijo de un lord que se marcha de su casa por desavenencias con su padre y da con un humilde conocido que le otorga alojamiento en la vivienda de la que se acaba de mudar por deseos de su mujer. Por supuesto, había otros moradores en la casa, que incomodan y asustan al joven que acaba volviendo a casa de su progenitor con la lección bien aprendida.

El libro contiene dos relatos muy extensos que casi traspasan las líneas del puro cuento para convertirse en auténticas novelas. El primero, La puerta abierta, de Margaret Oliphant, trata sobre el regreso del coronel Mortimer, oficial del Raj, a su país y a la aldea de Brentwood en Escocia. Entre el paisaje agreste del lugar, destacan unas ruinas de una antigua mansión, en las que un solitario frontispicio franquea el paso hacia el vacío a través de una puerta abierta. Todas las noches, durante los meses de invierno, tiene lugar un extraño fenómeno: una voz gime y suplica frente a esa puerta abierta.

En el segundo, Cecilia de Nöel, de Lanoe Falconer, el narrador es un joven parcialmente lisiado en un accidente, que es un invitado a una fiesta. Se dice que una de las salas está embrujada y, a lo largo de la historia, varias personas se encuentran con el fantasma. Perola reacción de todos parece estar fuertemente determinada por su visión de la vida y Dios, desde el anfitrión, -que es ingenioso, cínico y ateo- hasta una dama que incursiona en espiritualismo y creencias de moda y está absolutamente horrorizado por ello, pasando un presumido joven que descubre cuan superficial es realmente su fe.

Así hasta 22 relatos que hará las delicias de los amantes de lo gótico. Y es que muchas de las claves del terror que aún se manejan aparecen bien reflejadas en esta obra.

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