10 de enero de 2017
10.01.2017
Música

La herencia universal de David Bowie

Desde su eclosión a finales de los sesenta, la influencia del Duque, de cuya muerte se cumple hoy un año, no paró en las últimas cuatro décadas

10.01.2017 | 03:15
La herencia universal de David Bowie

Esto va de Bowie, pero les cuento. A principios de 1977, en plena efervescencia punk, estaba a punto de producirse uno de esos momentos gloriosos en la historia del rock que tanto gustan a los mitómanos. Los Sex Pistols, a la cabeza de ese movimiento revolucionario que tumbó los cimientos del rock and roll para volver a levantarlos sobre los escombros de una década anodina, expulsó a su bajista, Glen Matlock, porque, según la versión oficial, la de su inteligente y avispado manager, Malcolm McLaren, al músico de las cuatro cuerdas le gustaban los Beatles. Aquello era el punk, la génesis de una nueva era cultural y social fundamentada en la eliminación de todo lo anterior a base de dinamita. Los Beatles, los Stones, el rock sinfónico, los hippies y demás antiguallas debían arrojarse a la hoguera para que la música popular del siglo XX certificara su muerte y volviera de nuevo a la vida. Expulsado Matlock, y aquí llega ese momento glorioso en la historia, le sustituye Sid Vicious, un tipo sin técnica, adicto a la heroína, en apariencia un zote, que pese a todo ello, acaba convirtiéndose en uno de los iconos reconocibles del siglo XX. Y todo porque Matlock, su antecesor, y volvemos a la fuente (McLaren), hablaba demasiado de Paul McCartney. El punk quería arrasar con todo. Con Lennon y Jagger; con Hendrix y Morrison; con Clapton y Page; con Waters y Townsend.

Y, por fin, a lo que íbamos: al único mito viviente al que jamás se atrevió a reprobar fue a David Bowie (Londres, 8 de enero de 1947 - Nueva York, 10 de enero de 2016), y, por extensión, a los otros dos miembros de la Santísima Trinidad protegidos bajo su manto estelar y, por consiguiente, intocables: Lou Reed e Iggy Pop. El punk reconocía así la indiscutible influencia del autor de Ziggy Stardust, como si se tratara de un Padrino invisible que no podía ser nombrado por aquella panda de guerrilleros con cresta que azotaron las conciencias y cambiaron el rumbo de la música contemporánea. Bowie, el vampiro, estaba ahí para alimentar de sangre a una prole sedienta que lucía imperdibles y se paseaba por Chelsea y Camden Town exhibiendo una filosofía tan nihilista como inquietante en la Inglaterra de Thatcher: "No future". Habría cumplido 70 años y hoy se recordará el primer aniversario de su muerte. En su última cita con el calendario publicó su álbum póstumo, Blackstar, el vigésimo quinto de su dilatada carrera de artista del Renacimiento, reconocido de forma unánime como uno de los mejores discos de 2016.

Desde su desaparición se han escrito miles de terabytes alabando el rotundo legado artístico dejado por Bowie, pero no tanto de la influencia concreta del genio de Brixton durante las décadas siguientes a su irrupción en la industria en 1969, ya como David Bowie.

Este artículo arrancaba citando al punk porque sin Bowie no habría existido. Aún etiquetado en el glam, y cinco años antes de que el punk naciera, el Duque ya había señalado el camino a las huestes de McLaren con Sufragette City, Rebel Rebel o Jean Genie. Un tipo como Morrissey, poco dado a la alabanza, admite que decidió dedicarse a la música cuando en julio del 72 quedó abducido ante la pantalla del Top of the Pops con la figura de aquel extraterrestre. El jovenzuelo que una década más tarde entró en el Olimpo musical con The Smiths no fue el único al que Bowie cambió la vida. Otros coetáneos, como Bono o Robert Smith (The Cure) también fueron testigos de aquella emisión.

Santo y seña indiscutible de todos esos movimientos, el hombre de cuya muerte se cumple ahora un año acabó desmintiendo el lema oficial del punk. Había futuro y Bowie era su profeta.

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