16-S, el ciclón Raphael

Con el Auditorio abarrotado, salió a escena el artista y, sin abrir la boca, aquello se vino abajo - Más de 30 temas se pudieron escuchar a lo largo de dos horas y media de espectáculo

18.09.2016 | 04:53
16-S, el ciclón Raphael

El viernes por la noche debió ser uno de esos escasos días en los que las autoridades no decretaron alerta meteorológica alguna. Ni roja, ni naranja ni limón. Y es raro que se les haya pasado por alto que el 16-S, viernes, el ciclón Raphael arrasó el Auditorio. No será porque no estaban avisados: desde mayo se pusieron las entradas a la venta para ver al fenómeno, con la complicidad de la Orquesta Sinfónica de Tenerife.

Con todo vendido desde hace semanas, el Auditorio abarrotado, salió a escena el artista y, sin abrir la boca, aquello se vino abajo. Una ovación larga y sentida, público en pie, que era el reconocimiento a una carrera de más de cincuenta años de fidelidad a sí mismo. El tiempo que lleva el cantante repartiendo voz y gesto a su manera. O dicho de otra forma, haciendo lo que le da la realísima gana para un público fiel al que le entusiasma el estilo inconfundible del cantante. Lo definió muy bien una fan en medio del concierto: "Raphael, ¡eres único!". Otra dijo "¡guapo!", pero a esta no la tendremos muy en cuenta.

Alguna vez dijo Raphael que era un sueño tocar con una orquesta sinfónica. Sin duda no es fácil mantener el pulso a esa máquina de hacer buena música que es la Sinfónica de Tenerife. Podría decirse que ayer nos dieron un 2x1: la Sinfónica fue, por sí misma, un espectáculo. La dirigió Rubén Díez, como en todos los conciertos de la gira. Un director que más que dirigir parece, por momentos, bailar.

Más de 30 temas se pudieron escuchar a lo largo de dos horas y media. Comenzó con Ahoray ya en el segundo tema se quitó la corbata. No faltaron sus clásicos; Enamorado de la vida, Digan lo que digan, Provocación, Se me va o En carne viva. El público "raphaelista" adora a la estrella y lo demuestra con aplausos y vítores. Las primeras filas, en pie tras cada canción, es posible que a estas horas tengan sobrecarga en los gemelos.

La voz potente del cantante, lejos de agotarse, pareció ir a más a medida que discurrió el espectáculo. Sí dio descanso a la orquesta cuando se acompañó de una guitarra que sonó a gloria para cantar temas de latinoamericanos como el clásico Gracias a la vida que bien podría ser autobiográfico. Cuando llegó Estar enamorado, en un curioso arreglo a ritmo de vals, ya el ciclón estaba desatado. Tanto que quien dirigió, a su manera, la orquesta, fue el propio cantante. Si serán buenos músicos que siguió sonando sin perder el compás.

Sin respiro, allí seguía el fenómeno regalando drama, amores y desamores y pasiones desatadas mientras entraba y salía, se acercaba al piano, se paseaba con una silla de oficina, derramaba un vaso o se marcaba unos pasitos de baile entre los olés del respetable. Era difícil saber cómo terminaría cada tema, porque en el remate de los temas Raphael es, como Messi, imprevisible: lo mismo deja la frase colgada con la mirada al infinito que se planta, brazos en jarra y gesto de "ahí queda eso". Aquello fue el arrebato.

Para terminar el concierto se guardó el bombazo de Escándalo, con la orquesta de nuevo resonando como un cañón y el Auditorio convertido en sala de baile. Luego, el reposo con esa obra maestra de Manuel Alejandro, Como yo te amo. Y para el final, la canción que cierra el círculo de la carrera ejemplar de un artista ejemplar, Yo soy aquel.

Dicen que todavía quedan personas, más o menos modernuquis, que consideran que Raphael es algo así como un placer culpable. "No se lo digas a nadie, pero a mí es que me encanta Raphael". Para sacar del armario a estos fans, que vivían en la clandestinidad su afición, el festival indieSonorama Rivera invitó al artista y aquello fue un escándalo. Que la modernidad descubra a estas alturas la grandeza del cantante es como si de pronto se pretendiera descubrir que los huevos fritos con papas están de muerte. Sea como sea, bienvenidos al raphaelismo, territorio libre de prejuicios.

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