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Banana, nirvana, mañana

28.08.2016 | 06:07
Banana, nirvana, mañana

El pasado 18 de agosto se cumplieron 80 años del fusilamiento del poeta Federico García Lorca en Granada, en un lugar a medio camino entre las localidades de Víznar y Alfacar. Su muerte fue una muestra de los horrores de los que fue capaz de llegar la dictadura del general Franco. Muerto al inicio de la Guerra Civil, el recuerdo de Lorca va acompañado ineludiblemente con las referencias a la represión y violencia que sufrió por ser homosexual. "Cuando se hundieron las formas puras / bajo el cri cri de las margaritas / comprendí que me habían asesinado. / Recorrieron los cafés y los cementerios y las iglesias, / abrieron los toneles y los armarios, / destrozaron tres esqueletos para arrancar sus dientes de oro. / Ya no me encontraron. / ¿No me encontraron? / No. No me encontraron", escribió Lorca en profético Poeta en Nueva York, libro de poemas que regresa a las librerías en la colección Los ineludibles de la editorial Navona.

Sucede que, a veces, no hace falta subir a un avión para viajar muy lejos. Poeta en Nueva York ofrece esa experiencia a quien se atreva a adentrarse en los laberintos de la "ciudad sin sueño" en la que el poeta vivió en 1929 como estudiante en Columbia University. En Nueva York, Lorca se enfrentó a una ciudad "amenazada por un gentío de trajes sin cabeza", alusión a los locales de travestis a los que el poeta granadino pudo haber acudido en Greenwich Village, junto con su amigo Philip Cummings. No había nada que sugiriera que Lorca y Cummings hubieran ido más allá en su amistad hasta que el poeta Dionisio Cañas dijo: "¡Yo casi pasé una noche con Federico: me acosté con Philip Cummings!". Cañas le hizo esta revelación al escritor colombiano residente en Nueva York Jaime Manrique, quien lo cuenta en su libro Maricones eminentes, autobiografía cruzada con sus recuerdos de quienes fueron sus amigos en Nueva York: Manuel Puig, Reinaldo Arenas y el propio Cañas.

En Nueva York, Lorca no sólo descubrió una "ciudad invencible a los ataques de la totalidad del resto de la tierra, [...] la nueva ciudad de los amigos, [donde] nada era más grande ahí que la cualidad del robusto amor", que había cantado el autoproclamado poeta del cuerpo y del alma Walt Whitman en Hojas de hierba, sino también la convicción personal de que el amor homosexual era posible, como sugiere Lorca en el poema titulado Cielo vivo, incluido en Poeta en Nueva York: "Yo no podré quejarme / si no encontré lo que buscaba". El poema termina de manera significativa con los versos: "Amor. ¡Amor visible!", los cuales contrastan con el "amor oscuro" de su célebre Sonetos del amor oscuro, que no vieron la luz hasta 1983, donde el poeta de Fuente Vaqueros "se muestra siervo sentimental, tronco sin ramas, gusano de sufrimiento, cruz y dolor mojado, 'perro de tu señorío'. [...] Lorca era -contra su leyenda de alegría- un sufridor profesional", como escribió Francisco Umbral.

Al igual que Whitman, el impulso más profundo de Lorca fue el homoerótico. Pero su poesía, como escribió Harold Bloom de la obra del primero, "rehúsa reconocer cualquier demarcación sexual, al igual que rehúsa aceptar cualquier línea fortificada que divida lo humano y lo divino". La originalidad de Poeta en Nueva York tiene menos que ver con su verso libre, o debería decir versículo, que con su inventiva. Lorca, insatisfecho con unas formas poéticas en cuyo cultivo había conseguido un reconocimiento unánime, llevó a cabo una arriesgada labor de búsqueda y renovación temática y expresiva que truncó su muerte.

No hay mejor forma de homenajear a Lorca que con Lorca, especialmente con Poeta en Nueva York, una obra riquísima y, sobre todo, inclasificable (etiquetarla resulta inútil, todo serían equívocos), que abrió el camino a las generaciones siguientes en todo el mundo. Sin Poeta en Nueva York no hubiera existido la obra del poeta beat Allen Ginsberg o álbumes como Flying Teapot del músico australiano Daevid Allen, cuyo mítico estribillo-mantra reza: "Banana, nirvana, mañana". Seguro que le hubiera gustado saber, que mientras trabajaba en una librería de Melbourne, su poesía decidió su destino.

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