Aniversario de un gurú de la creación

El amor loco por las Islas de Breton

Se cumple medio siglo de la muerte del fundador del surrealismo y ochenta de la publicación de 'El castillo estrellado', con el Teide como efigie del Movimiento

10.07.2016 | 03:52
André Breton (a la derecha), Jacqueline Lamba y Benjamin Péret en 1935 en la isla de Tenerife. lot
André Breton (a la derecha), Jacqueline Lamba y Benjamin Péret en 1935 en la isla de Tenerife. lot

¿Fue Andrè Breton (Tinchebray, 1896 - París, 1936) uno de los más genuinos visionarios del siglo XX o el gurú de una de las sectas con mayor capacidad de proselitismo, dado el irresistible encanto de sus propuestas de redención y emancipación universales, a través de la creatividad cultural y artística? Es probable que fuese una síntesis de ambas cosas, desde su lúcida cabeza de Jano, a la vez detenida y giratoria. Lo cierto es que, en el hervidero de ismos y sub-ismos de vanguardia, en el período de entreguerras, ninguno resultó tan sólido y fecundo, ni tan adosado a un nombre propio de reconocimiento universal, como el Movimiento Surrealista de Andrè Breton. Diabólica cifra del triple seis -el número del Apocalipsis-, murió en 1966 -este verano se cumplirá medio siglo-, nació en 1896 -hizo en febrero 120 años- y, sobre todo, han pasado ochenta años desde que, en 1936, escribiera y publicara El castillo estrellado, esa breve pero intensísima Biblia del surrealismo, en la que erige al pico Teide en el altar mayor de su Movimiento. "Sobre el flanco del abismo, construido en piedra filosofal, se alza el castillo estrellado". Así concluye el escaso centenar de páginas en que Breton da apasionada cuenta de su visita a Tenerife en mayo del año anterior, en compañía de su primera esposa, Jacqueline Lamba, y del más leal amigo y correligionario, Benjamín Péret, con motivo de la II Exposición Internacional del Surrealismo, promovida por los redactores de Gaceta de arte, a instancias de Óscar Domínguez, residente en París.

"Lamento haber descubierto tan tarde estas zonas ultrasensibles de la Tierra", escribe con fe de converso reconfirmado en ese Le château étoilé, publicado el mismo año, primero en la legendaria revista bonaerense Sur, de Victoria Ocampo, Borges y Bioy Casares, y luego en París, en su Minotaure, para incorporarlo al año siguiente como quinto capítulo a su célebre L'amour fou. Esas sagradas "zonas ultrasensibles" (y también "mazos de universalidad") de las que habla "el Príncipe de los surrealistas" son las Islas del Atlántico, que, empezando por Canarias y la estela "infinita" que proyecta el Teide, le conducen a su Martinica encantadora de serpientes, otro de sus textos canónicos, con escalas en múltiple islas, como República Dominicana y su prolongación de Haití, pero también la isla de Manhattan o hasta las del DF y el Caribe mexicano, e, inclusive, el pequeño guetto de los indios Hopis en el desierto de Arizona? Todo un mapa heteróclito con el que Breton cree redimir, incluso, en una especie de reconquista justiciera, la expansión de la antigua Conquista europea, erigiendo a las Islas en la capital mundial del Surrealismo. Pues la propia parcelación de los territorios, bañados por la espuma oceánica, se le sugiere como la más cabal analogía de la fragmentación textual y la "escritura automática" que propugna.

En El castillo estrellado Breton entremezcla la ofrenda lírica al Teide, como el gran tótem del surrealismo, y las matizaciones y el desarrollo de las tesis y preceptos de su Manifiesto, de 1924. Frente a los grandes relatos mitológicos de Occidente, en los que las Islas no dejan de ser, recurrentemente, hembras subsidiarias surgidas de la costilla del continente (Eva y Adán, en el origen edénico del cristianismo; Penélope y Ulises, en La Odisea de Homero, o Ariel reconvertido en ninfa y Próspero, en La tempestad de Shakespeare?), Breton y sus correligionarios son pioneros en dejar que otorgarles un valor autónomo y que se expresen por ellas mismas. A la entrada de El castillo? expresa, por ejemplo, con lúdica elegancia de verónica: "El Pico del Teide, en Tenerife, está hecho de los resplandores del puñalito de placer que las lindas mujeres de Toledo guardan día y noche en su seno". Elocuente equiparación de planos insular y peninsular a través de la feminidad interconectada a solas -sin ser dicha por el Otro continental-, como atractivo preámbulo para la liberación poética y amorosa que propugna? Si bien es verdad que, como escribirá muchos años después Eugenio Granell en ese texto imprescindible del surrealismo que es su Isla cofre mítico, la principal razón que movilizó a los surrealistas por su periplo insular atlántico fue, "según Apollinaire, que los isleños lo llevaron [a Breton] a sus huertos para que recogiese frutos semejantes a mujeres". Y agrega que hasta el propio Colón describe la nueva isla descubierta [de América] tal que "fuese como una teta de muger allí puesta".

Entre la mujer autónoma y la mujer fragmentaria -de cuerpo recortable- fluctúa la visión bretoniana de la feminidad, encarnada por la ínsula misma, pues ambas comparten un idéntico espacio generatriz y telúrico, y son el lugar en que lo unitario se recompone, a través del Instante Eterno de la consumación del amor erótico, "carnal y fou"?

Entre las faldas del Teide y las nubes de su cima transcurre la inextricable devoción de Breton por el paisaje y la amada. "Te busco. Tu voz misma ha sido presa de la niebla (...) Acaricio los osos blancos sin llegar a ti", dice, para preguntarse indistintamente por el cuerpo del volcán y el de la mujer:

"¿Dónde estás? Juego a las cuatro esquinitas con los fantasmas. Pero acabaré por encontrarte y el mundo entero se iluminará de nuevo porque nosotros nos amamos, porque una cadena de iluminaciones nos traspasa. Porque arrastra a una multitud de parejas que como nosotros sabrán indefinidamente hacer un diamante de la noche blanca. Soy este hombre de pestañas de erizo que por vez primera alza la mi- rada ante la mujer que debe ser todo para él en una calle azul. En la noche este hombre terriblemente pobre abraza por primera vez a una mujer que ya no podrá deshacerse de él sobre un puente. Soy en las nubes este hombre que por alcanzar a la que ama está condenado a desplazar una pirámide hecha con su ropa blanca".

Luego, en medio de su infinito canto telúrico y poético, Breton cambia de registro para ahondar en los aspectos preceptivos del surrealismo. Se sitúa y nos sitúa: "Estoy en la nube, aquí estoy en el aposento intensamente opaco en que siempre soñé penetrar". Y, al descender, nos habla de su aspiración a encontrar un vínculo entre la imagen gráfica y la imagen verbal, para "dar con la cosa revelada". Y dar también, razonablemente, con el centro del deseo, "ese resorte único del mundo, único rigor que el hombre haya de conocer".

Sin embargo, asevera sin pestañear que en el movimiento del surrealismo se cumplirá "el día en que hayamos encontrado medio de libertarnos a voluntad de toda preocupación lógica". Y, acto seguido, nos adentra en su básica batería conceptual, en defensa de la escritura automática y el freudomarxismo, el método "crítico-paranoico" y lo que denomina "el azar objetivo".

En esas enredadas disquisiciones uno no puede sino percibir objetos (intelectuales) sin duda bellos, pero tan obsoletos y periclitados como los que él mismo perseguía en los anticuarios del parisino mercado de Las pulgas. No hablo de su efervescencia y fecundidad histórica, sino del modo en que podamos acoger y -como él mismo pretendía- perpetuar su legado. Ninguna mejor alegoría, pienso, que El ángel exterminador, de Buñuel, para representar el claustrofóbico callejón sin salida y el rosario de la aurora con que termina la fiesta surrealista misma. Aunque sirven también los relojes derretidos de Dalí, que si en su hora auguraban un 'tempo' distinto, heterodoxo e ilusionante, hoy se nos revelan como el indicador de un parón sin pilas de recambio. Y en el agreste campo de las letras, el canónico Poeta en Nueva York, de Lorca, hoy nos suena, más bien, a los delirios de amanecida de un Max Estrella en la larga noche del crack de Wall Street... Un muy decente telonero de ese portentoso texto que es la antinovela Crimen de Agustín Espinosa, que aún aguarda turno de reconocimiento, y que, bien mirado, es el contrapunto exacto de El castillo estrellado.

El propio Breton elogió el texto, aparecido un año antes de su visita, cuando, en realidad hoy puede ser leída -un millón de veces más vívida, por lo demás- como una definitiva enmienda a la totalidad de la visión edénica de Breton sobre las Islas.

En efecto, con esa indeleble letanía letal: "Yo, el hijastro de la isla. El aislado. Asisto a la apertura del naufragio más largo de los siglos...", el capítulo de "La isla de las maldiciones" es una especie de Castillo estrellado en la acepción negativa de que se estrella? Ofrece ahí, además, esta insuperable definición (surreal) del hombre insular, que, a causa de las grandes gestas de mutuo contagio como la de Breton, lo es ya el hombre de cualquier latitud: "...crucificado sobre mi propia cama de matrimonio puesta en posición vertical tras un gran bal-cón de cristales abierto a una calle desolada".

Hoy se nos revela que el freudismo y el marxismo resultan irreconciliables; que el método "crítico-paranoico", una de dos: llega un momento en que o deja de ser crítico o deja de ser paranoico, y que "el azar objetivo" es un imposible que encomia al Breton poeta en la misma medida que neutraliza al Breton filósofo y politólogo. Como escribió Umberto Eco, "llega el momento en que la vanguardia no puede ir más allá porque ya ha producido un metalenguaje que habla de sus imposibles textos".

Y, más radical aún, en un proverbial pasaje de Rayuela, Cortázar critica el gregarismo acrítico de los surrealistas, que en el nombre de combatir el dogmatismo, terminaron por instaurar otro paralelo. "Fanáticos del verbo en estado puro, pitonisos frenéticos, aceptaron cualquier cosa mientras no pareciera excesivamente gramatical", argumenta, para concluir que, "en el momento en que se complicaba la peladura de la banana, más de uno se la comió con cáscara".

Breton fue el que sembró y regó esas plataneras; pero en su defensa hay que decir que -como figura preferente del cementerio marino del surrealismo-, París no podrá ser considerada una fiesta, ni podremos afirmar que París no se acaba nunca o que siempre nos quedará París, si no le percibimos a él jugando honestamente a los dados dentro.

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