Literatura

Un negro en la Conquista de América

El canario Francisco Estupiñán retrata en su última novela las travesías al nuevo mundo a través de Juan Garrido, el primer africano que se embarcó en el descubrimiento

22.11.2015 | 10:44
Un negro en la Conquista de América

Leer Negro Juan es adentrarse en las callejuelas malolientes y cada vez más ajetreadas de la Sevilla de principios del siglo XVI. Es asomarse al puerto y ver cómo se pertrechan las naos y las carabelas antes de su partida al nuevo mundo. Es sentir la mezcla de esperanza y preocupación de aquellos hombres decididos a embarcarse en una aventura que o bien acabaría con sus vidas –en una tempestad, por una enfermedad a bordo, por un motín, por la lanza de un indígena...– o bien los convertiría en terratenientes colmados de prosperidad y dicha, de oro y fruta, pioneros de los apellidos de abolengo. Es pisar la tierra prometida y sentir ese fogonazo del trópico, de lo desconocido, de uno de los mayores desafíos de la historia de la humanidad.

Francisco Estupiñán Bethencourt (Las Palmas, 1961), siguiendo la estela de su primera novela, El Corsario de Lanzarote (premio Benito Pérez Armas de 2012), utiliza un personaje se podría decir que anecdótico y un contexto relevante para montar una historia llena de ritmo, acción y aventura. Pero con una gran diferencia: Negro Juan trasciende lo local y salta a la universalidad. Y es que las andanzas de Juan Garrido le pueden interesar tanto a un africano y a un europeo como a un americano. No deja de ser curioso que este africano que se hizo cristiano en Lisboa y se marchó a Sevilla a probar fortuna fuera el primer negro libre del que se tiene constancia que participó en la Conquista de América.

Con Juan Garrido, Estupiñán aporta, además de esa perspectiva universal, un punto de vista diferente. No el habitual del conquistador o el conquistado, sino el de alguien que podría ser ambas cosas a la vez y ninguna. Porque aún siendo libre, Juan no deja nunca de ser un negro, uno más de tantos que comenzaban a poblar aquella Sevilla crecida por el oro y la mano de obra de los esclavos y no tan esclavos llegados de África.

El tráfico negrero estaba en su apogeo y la Corona lo aprovechó y pidió que se llevaran a las Indias esclavos, siempre que hubieran sido cristianizados, para ayudar a tomar aquellas tierras y extraer todo el oro y demás materias preciosas que encontraran. A fines del siglo XIV comenzaron a llegar esclavos negros a Sevilla, donde la mezcla racial era corriente, concentrados en los barrios de San Bernardo y Triana. Gozaban de cierta libertad y trabajaban en lo que podían: como cargadores, como estibadores en el puerto, en el empedrado de caminos, como artesanos, en el campo, en las casas... Pero pocos gozaban de la autonomía de Juan, aunque no le sirviera de mucho.

Sevilla, con la llegada de las primeras fortunas de las Indias y todo aquel movimiento comercial, se había convertido en una de las ciudades más importantes de Europa. Sin embargo, para un negro libre como Juan y un mulato casi libre como su gran amigo Francisco Mejías no era nada fácil avanzar. Así lo narra Estupiñán: "En medio de aquella vocinglería trabajaban Juan y Francisco acarreando fardos de trigo desde los tinglados de la ribera del Guadalquivir a las bodegas del Virgen de Regla, una carabela que partiría a la mañana siguiente rumbo a las nuevas tierras españolas. (?) El jornal solo les permitía mantenerse a duras penas. Dos negros libres, no les cabía duda, tenían una vida más difícil que cualquiera de los miles de esclavos de la ciudad que, al menos, no se preocupaban por la pitanza".

Pero Juan sigue adelante, seguro de sí mismo, y beneficiado por los buenos contactos que va tejiendo gracias a su lealtad, discreción e inteligencia. Hasta tal punto avanza también en la novela de Estupiñán que hay un punto en el que cabe preguntarse por qué un personaje así había pasado tan desapercibido. De él sólo había un retrato de Diego Rivera en un mural y una biografía del portorriqueño Ricardo E. Alegría, demasiado poco hasta la llegada de esta novela para un hombre que participó en la colonización de La Española (actual Santo Domingo), en la conquista de Cuba, en las expediciones a Florida, Puerto Rico, y Guadalupe y Dominica. Que luchó como escudero del mítico Hernán Cortés en la conquista de Tlaxcala y el asedio de Tenochtitlán. Y que pasó a la historia de México por introducir el cultivo del trigo y sufragar la iglesia de San Hipólito, que todavía existe en la capital mexicana.

Este es, sin lugar a dudas, el gran descubrimiento de Francisco Estupiñán, en una novela que es como un mural de una de tantas odiseas a las que tuvieron que enfrentarse aquellos hombres ávidos de nuevos mundos y riquezas; un mural en el que no podía faltar Canarias. De hecho, Estupiñán introduce varias veces a las Islas como guiños a su tierra pero también con el sólido pretexto del papel que jugaron en el descubrimiento y colonización de América. El Aurora, por ejemplo, embarcación en la que Juan realiza su primer viaje junto a su amigo Francisco, pasa por las Islas y coge provisiones. "Fondeados frente al Real de Las Palmas, Juan y Francisco observaban aquella urbe incipiente recortada por suaves colinas a su espalda y dividida en dos por un riachuelo poblado de palmas algo diferentes a las que habían visto en el territorio peninsular. Una espaciosa calle, que luego supieron que los muchos andaluces que allí residían llamaban Triana, partía del margen del río en dirección norte, concentrándose allí toda la actividad marinera y comercial". También aparecen canarias
semiesclavizadas trabajando en el nuevo mundo para los conquistadores. Porque ya no solo el Archipiélago fue punto de escala de esas travesías, sino que muchos isleños, obligados o por voluntad propia, se embarcaron también hacia las Indias.

Pero hay mucho más en esta novela inspirada en hechos reales, hecha así para que el lector sienta y hasta huela aquellos escenarios épicos, aquellos barcos repletos de ilusiones y miedo, aquellas selvas por invadir, aquellas luchas palaciegas por el poder allende los mares... Está el pánico a lo desconocido, a la resistencia que aquellos pioneros se podían encontrar en las tribus locales; está la magua de la tierra que los vio nacer y que en nada tiene que ver con el nuevo mundo que les espera; está la preocupación por tener tan lejos a los familiares y los amigos; está la incertidumbre de si todo lo que se decía sobre las inmensas riquezas al otro lado del océano era cierto...

Fue probablemente el primero pero no fue Juan Garrido el único negro que participó en la Conquista. Por lo menos según algunas fuentes, el mismo Hernán Cortés, conquistador de México, contaría en su ejército con 300 negros traídos de España y las Antillas. Se les llamó "ladinos" porque habían pasado por un proceso de aculturación o latinización. Esto escribió al respecto Luz María Martínez Montiel, etnóloga, investigadora y académica mexicana: "En general se desempeñaban en las tareas de colonización, identificados con la causa de su amo y compartiendo con él los frutos del botín colonial. Desde su llegada en 1519 dieron sus aportes a las nuevas tierras. El primero en sembrar trigo en la Nueva España fue Juan Garrido, un negro que aparece en los códices al lado de Cortés. Considerado conquistador él también, se piensa que viajó a las Antillas y Florida en la etapa de los primeros asentamientos españoles".

"Los negros que como Garrido llegaron en las primeras naves españolas tenían ya experiencia al servicio de sus señores; muchos de ellos eran en realidad mulatos producto de la mezcla entre españoles y africanos. Hay que recordar que, desde el siglo XV los españoles habían colonizado las Islas Canarias en las que los esclavos africanos realizaban el trabajo agrícola en el cultivo de la caña de azúcar. Otros negros llevados a la Península eran utilizados en España y Portugal como sirvientes domésticos o como artesanos y mozos de espuela", añade Martínez Montiel.

"No creo que hubiera soportado la esclavitud, aunque he tenido que soportar muchas chanzas y desprecios por nuestro color, lo que me ha hecho hervir la sangre en más de una ocasión. He callado incluso con petimetres que no hubieran aguantado en pie mi primera acometida.
Eso es lo bueno de la libertad, que he podido evitar a quien no me ha parecido una buena persona y he procurado la amistad de buenos cristianos". Esto escribe Francisco Estupiñán en Negro Juan, una novela que confirma el dulce momento de las letras canarias.

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