IX Festival Clownbaret

FIC: el mejor regalo es una sonrisa

Un público entregado abarrota la Sala de Arte La Recova para disfrutar de las actuaciones del chileno El Kote y el británico Fraser Hooper

26.10.2015 | 11:38
FIC: el mejor regalo es una sonrisa
El cómico británico presentó su obra Funny Business desarrollando el papel de un clown triste donde la mueca, el humor gestual y sin palabras, eran suficientes para desternillarse desde las sillas del público.

"Hay que vivir al máximo como si éste fuera el último instante en la vida. Vivir el presente, presente, presente, que por casualidad, presente también quiere decir regalo. Gracias, porque es lo que ustedes me han hecho hoy viniendo a ver mi espectáculo". Con estas palabras se despedía ayer del público el cómico chileno El Kote después de una trepidante actuación que forma parte de su espectáculo Aquí el único Animal soy Yo, una sucesión de números que, durante cerca de 45 minutos, provocó la carcajada continua de una abarrotada Sala de Arte de La Recova, en Santa Cruz de Tenerife. Un público que no paró de desternillarse de la risa con su alocada puesta en escena y su constante interactuación con gran parte de los asistentes. Este fue el primero de los espectáculos que ayer marcaba la agenda de la mañana de la IX edición del Festival Internacional Clownbaret (FIC), cuyas actividades continuarán hasta el próximo jueves día 29.

A la actuación del chileno le siguió la del reconocido cómico británico Fraser Hooper quien, solo con muecas y gestos, se metió a grandes y chicos en el bolsillo durante su show Funny Business.

Y qué mejor regalo, en una mañana soleada como la de ayer donde la lluvia caída en los últimos días había dado una tregua, que las sonrisas que se dibujaban en los rostros de quienes acudieron en familia para ver los espectáculos de estos dos artistas internacionales.
El Kote fue el encargado de iniciar la sesión y lo hizo en un abrir y cerrar de ojos, con apenas un par de trucos de globoflexia y una niña a la que le costó darle un beso en agradecimiento al artista por haberle regalado una flor hecha con dos globos –como se aprecia en una de las imágenes de la siguiente página–. Luego, el chileno presentó a un perro de peluche, aunque la actuación del can relleno de gomaespuma debía esperar. El Kote solo calentaba motores para el gran número circense que guardaba bajo la manga.

Entre número y número el cómico corría entre el público e interactuaba con bromas, pelucas y balones de basket con los que hizo malabares así como con un diábolo con el que captó la atención por su particular forma de hacerlo bailar y saltar.

Improvisación y trucos ensayados se sucedían junto a bromas con el público cuando éste no aplaudía con la suficiente fuerza. Y así, en una de esas ocasiones el chileno preguntó a la sala: "Ahhh, genial, este es un público intelectual ¿Hablo bien español? Porque soy de un país sometido y hoy he venido a vengarme (...) No, en serio, vine porque un amigo me dijo que el público aquí en las Islas era muy entregado y había buen tiempo. Gracias por traerme a pasar las lluvias, querido amigo", espetó.

"Con todos ustedes, la señora rana y el señor perro", dijo para volver a presentar el artista a sus muñecos de peluche. A la rana la lanzó al aire con un paracaídas para, después de machacarla por no quedarse de pie, hacerla desaparecer bajo la tela del paracaídas en un truco de magia –quizás truco no sea la mejor manera para definir cómo sacó de escena al peluche para guardarlo de nuevo en su baúl plateado–. Al perro de peluche le aguardaba una actuación acrobática a base de latigazos: el perro saltó e hizo piruetas de la "mano" de El Kote –literal, de la mano–.

El show de este cómico no terminó en el interior de la sala de arte sino que invitó al público a salir fuera del recinto, donde El Kote tenía instalada una tirolina atada a la copa de uno de los laureles de indias de la plaza y con la ayuda de cinco voluntarios que sujetaban el otro extremo de la cuerda, el chileno saltó al vacío para aterrizar, sin novedad, y despedirse recibiendo una ovación.

Fraser Hooper, uno de los payasos europeos contemporáneos más reconocidos, conquistó al público desde el primer momento. Su espectáculo dio comienzo dando vida a un clown triste y melancólico que invitaba a los niños a subirse sobre el escenario para arrancarles una sonrisa a cambio de un globo. Y parecía no conseguir sus sonrisas, aunque los asistentes no paraban de reírse a mandíbula batiente con su humor gestual y el papel que iban desarrollando los pequeños que elegía al azar de entre el público, pese a que algunos de ellos actuaron como si tuvieran estudiado su papel. Sin duda, el artista británico demostró su veteranía a la hora de improvisar con cada persona a la que invitaba a subir para jugar al juego de las sillas, inflar un globo tras otro para dárselo a sujetar a un niño mientras cargaba a otro con multitud de objetos: una botella de agua sin tapar, la tapa en otra mano, un tambor, sus dos baquetas y dos sillas al cuello. Era de esperar que más pronto que tarde al niño se le cayera la botella regando de agua al cómico y que al otro crío, al que ya no le cabían más globos en sus manos y bajo sus brazos y pies, se le fueran desinchando uno tras otro.

Malabares con su bombín, globoflexia, mimo y saltos a la comba se sucedieron hasta dar paso a su número final en el que invitó a cuatro adultos a subir a la tarima para improvisar un ring sobre el que organizar una pelea de boxeo al ritmo de la banda sonora de Rocky.

Sin embargo, pronto se vio que la lucha iba a ser desigual entre ambos púgiles. De un lado del ring, un espectador con guantes, digamos que de talla homologada, mientras Hooper hacía gala de unas manoplas propias de un gigante. En esa lucha no solo recibieron golpes ambos, también quienes aguantaban las cuerdas del ring y al final, como debe ser, venció la comedia.

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