Muere Ana María Matute

´Ser escritor es una forma de ser, nací con ese virus´

Recuperamos una extensa entrevista con la escritora Ana María Matute con motivo de su fallecimiento

25.06.2014 | 17:19

*El texto corresponde a una entrevista realizada en 1993

Es, a su pesar, la gran clásica de la literatura española de este siglo. Escritora na ta, Ana María Matute, des de los cinco años, respira, exhala, sangra y escupe li teratura. Es su mundo, y en él se mueve con suma naturalidad; ele gancia y franqueza. A pesar de su evidente e ininterrumpido éxito, Matute entiende la literatura como sacrificio y renuncia. Pero, sobreponiéndose a las heridas de la vida, esta mujer inocente y sensible no está dis puesta a claudicar. Por eso, ahora, después de 50 años de lucha en el frente literario, proclama a los cuatro vientos que tiene más fuerza que nunca y que lo mejor de su obra está por llegar. Felicitémonos todos.

-Usted acab a de regresar al primer plano de la actualidad literaria con "Lu ciérnagas", una obra nueva al mismo tiempo que vieja...
-Sí, Luciérna gas es el original tal y como lo escribí cuando tenía 21 años. Esta novela fue prohibida total mente en tres ocasiones. Años después, ya casada y con un niño que padecía difteria, estaba pasando grandes aprietos y pensé "bueno tengo ese libro ahí y tengo que sacar dinero de él". Entonces quité unas cosas y añadí otras. Pero yo rechazo totalmente ese libro [que apareció bajo el título En esta tierra], no lo quiero ver delante. Pero unos sobrinos míos me animaron a publicarlo y así fue como le quité lo que había añadido y le volví a poner lo que le había quitado, es decir, dejé el libro tal y como era originalmente.

-La obra, como tantas otras suyas, está ambientada en la guerra civil.
-No tantas, no te creas. Jamás he escrito un libro de la guerra, algo que toda mi generación recibimos sin comerlo ni beberla. Yo tenía diez años cuando estalló y no sabía nada de ella. Esa guerra la hicieron nuestros hermanos mayores y nuestros padres, pero nosotros, no. O sea que la guerra fue una mala herencia que recibimos y que hemos tenido que soportar durante largos años de nuestras vidas. Y después a tremenda postguerra, donde ser joven y escritor era ser el paria más grande de la tierra. No tenias voz ni voto y la censura te lo prohibía todo, no solamente escribir, sino hasta leer. Casi todos los libros estaban prohibidos ¡Hasta Ana Karenina estaba prohibido por inmoral porque en él había un incesto y un adulterio!"

-¿La guerra civil no es un tema tabú en la literatura española? ¿Están las heridas demasiado frescas como para escribir so bre ellas?
- Para los escritores mayores, para aquellos que la hicieron, no. Los que no hemos escrito sobre la guerra civil somos nosotros. Es decir, en nuestros escritos está la guera civil, pero no como el centro, sino como un telón de fondo dramático en el que nos ha tocado vivir. Luciérnagas es eso exactamente: un grupo de chicos y chicas que se da cuenta de que tiene la vida cortada, de que no puede hacer nada, de que sus vidas están absolutamente atropelladas por esa monstruosidad y esa barbaridad que es una guerra civil. Unos jóvenes que conocen el hambre, el odio, la muer te...

-¿Estando tan reciente no parece demasiado olvidada?
-Desde luego, hay un alejamiento total hacia la guerra. Pero es que hay que olvidar la guerra, hay que olvidar... No, no es que haya que olvidar: hay que decidir que eso no tiene que volver a pasar jamás, pero tampoco hay que alimentar los odios ni de un bando ni de otro.

Ana María Matute-Escuchándola parece una persona profundamente vitalista y, en cambio, en sus obras hay una indisimulable carga pesimista. ¿A qué obedece esa contradicción?
-Porque la vida es triste, porque la vida es... ¡Noooooo! La vida es fabulosa, pero hay personas, ideas, movimientos, entidades que se empeñan en que la vida se fastidie. Y nos la fastidian. Pero la vida es fantástica. Lo que pasa es que el mundo está montado de una manera que no sé que va a pasar. Fíjate lo que está pasando en Bosnia. Cuando es cucho a muchachos de Sarajevo hablar sobre lo que pasa allí, me doy cuenta de que dicen las mismas cosas que mis personajes de Luciérnagas.

-¿Su pesimismo vital procede de una infancia bajo el signo de la guerra?
-La guerra fue algo tremendo. ¿Tú te imaginas que a los diez años tu her mano te lleve de la mano a ver un hom bre muerto con la boca abierta y en su mano un trozo de pan y de chocolate? ¿Te haría esto ser optimista?

-¿Su infancia es, pues, su principal fuente de inspiración?
-Sí, es posible. No sé quién dijo "yo creo en la inspiración, pero que te coja trabajando". Yo soy escritora porque nací escritora. Mis hermanos han vivido exactamente lo mismo que yo, y no han sido escritores. Nací con ese virus. Ser escritor no es, por supuesto, una profesión, ni siquiera una vocación; es una forma de pisar, una forma de estar, de ver las cosas, de sufrir y... de reír también. En la vida hay momentas de alegría realmente estallantes. Cuando me toca sufrir, tengo la desgracia de que sufro profundamente, ¡gozo hasta la médula!

-Hay quien piensa que los niños son adultos pequeños; otros mantienen que los adultos son niños grandes. ¿Usted que piensa?
-Yo tengo una vieja teoría que propago siempre que tengo ocasión: el niño es no es el proyecto del hombre, sino que el hombre es lo que queda del niño. La infancia es un mundo cerrado, como una esfera, algo que empieza y muere en sí mismo. Por eso todos los adolescentes tienen caras de náuufragos, porque acaban de abandonar una isla y tienen que nadar hacia un continente que está lleno de vegetación y no saben lo que allí se oculta... ¡Cuánto Tarzán he léido!, ¿eh? (risas)

-Usted siente una especial fascinación por Caín. ¿No cree que es una figura que tiene plena vigencia?
-Sí, hay mucho Caín suelto. Me parece que Caín es un personaje muy maltratado por la prensa... (risas) Es un personaje o mostrar como el agente del mal, pero llega un momento en el que piensas que a Abel, con sus rubios tirabuzones, todo le salía bien; mientras que a Caín, con el pelo revuelto, todo lo hacía mal. Pero, ¿por qué?, ¿por qué? Y ese porqué todavía me dura hasta hoy, y ésta es una de las razones por las que escribo. Todos los días me pregunto: "pero, ¿por qué?, ¿por qué?". Mira que estoy vieja, y desde qué?

-Desde que publicó en 1948 Los Abel hasta hoy han pasado 45 años escribiendo. ¿Ha echado alguna vez la vista atrás para hacer examen de conciencia?
-¿Examen literario? No, no.Yo no soy una persona que se relee mucho. Escribir es como vivir; uno va evolucionando, mejorando... Para mí la experiencia es muy valiosa, pero también es un síntoma de amargura y de vejez. Quitémonos las el punto de vista formal, pero la fuerza y la frescura que tiene la protagonista de Luciérnagas, ya no la tengo. Probablemente tenga otras cualidades, pero esa fuerza, esa inocencia -que no tiene nada que ver con la ingenuidad ni con la tontería-, esa inocencia brava, molesta e irritada ante la vida... eso, con los años, se pierde, de la misma manera que se pierde la tersura en la piel, aunque por dentro seas muy joven.

-¿En qué medida marcado o condicionado su trayectoria el hecho de que muy pronto haya sentido el reconocimiénto de la crítica y de los premios?
-A mí eso no me he marcado en absoluto. Yo soy muy bruta y, lo mismo que cuando me critican que cuando me halagan, yo soy yo. Siempre hay un término medio: en la vida las exageraciones sólo son para amar.

-Usted, que ya tiene la mayor parte de los premios que se conceden en España, está siempre en las quinielas del Premio Nobel. ¿Cómo lleva esa espera?
-¿Pero crees que estoy esperando el Nobel? Pues estaría lista. Yo escribo y si un premio te cae, digo ¡albricias, albricias! Pero los premios no crean escritores, sino lectores, y eso es lo importante...

-En su trayectoria ha habido silencios creativos. ¿Han sido voluntarios o intencionados?
-Voluntarios, no, porque una depresión no se elige. Y yo he tenido una depresión muy larga y quizá de las peores, porque las depresiones se curan cuando uno se sabe por qué vienen. Yo era muy feliz, tenía mucho éxito, los seres queridos me adoraban, vivía espléndidamente..., y de repente me pareció que no merecía la pena escribir, que para qué... No sé, algo se rompió dentro de mí. Yo no me quiero poner aquí medallas de legionario sufriente, pero cuando has sufrido mucho, cuando has aguantado y has dicho ¡adelante!... Yo he llegado a levantarme por las mañanas y decirme: "¡Arrástrate gusano, arrástrate!" (risas) Quizá a la larga queda dentro de ti un nudo, una pelota que estalla cuando menos te lo imaginas y..., pero ya lo he pensado mejor (risas).

-Porque sin poder escribir su vida carece de sentido...
-Quizá, quizá por eso. A lo mejor lo que tenía entonces era un hartazgo de escribir. Ya había publicado en todos los idiomas y con un gran éxito... En fin esto está muy mal que yo lo diga.

-Se dice que su procesión de creación es lento y minucioso...
-Pero, ¿quién ha dicho eso?. Eso no es verdad. Ahora, con los años, tardo más, pero cuando era más joven, no. De hecho, Fiesta al Nóroeste la escribí en una se mana. Pero, claro, entonces era muy joven e inconsciente. Ahora llevo con un libro a cuestas... [Paraíso inhabitado], pero ¡ya va, ya va, ya pronto se va a acabar!

-¿Existe la perfección en la literatura?
-La perfección sería horrorosa. Ahora bien, que una obra te ha salido tal y como tú quieres, si lo notas. Pero aun cuando terminas un libro y dices "sí que me ha salido bien", aun entonces sabes que te has quedado muchos peldaños más abajo de cómo lo has visto por dentro. Es curioso, pero nunca un libro es tan bueno como lo habías pensado, ¡Y es que escribir es muy difícil! El que diga que es fácil, miente o escribe mal. Escribir es muy difícil, hay que entregarle toda la vida y sacrificarle muchas cosas. Yo le he sacrificado muchísimas cosas, sobre todo materiales.

-Ha declarado en alguna ocasión que a partir de los 60 años es cuando un escritor empieza a adquirir madurez. Cuando tenga 70 años, ¿dirá lo mismo?
-Claro, claro, tan maduro que es cuando uno se cae del árbol. (risas) A los 60 años es cuando el escritor que sigue siendo escritor da su mejor obra. Y yo estoy en mejor forma que nunca. Pero a los 70 años..., a lo mejor ya no estoy aquí. No sé, que me quedan muy pocos años de vida. Pero, un momento: una cosa es un escritor y otra cosa es un poeta.
-¿Su gran es pina es no haberse adentrado en la poesía?
-No es una cosa que me mate, pero para mí la máxima expresión literaria es la poesía. Por eso cultivo mucho el cuento. El cuento en prosa es lo que quizá se puede acercar más a la poesía, es decir, el máximo a través del mínimo y con la mayor fuerza: que no falte, ni sobre ni una sola palabra. Esto es la poesía. No haber nunca cultivado la poesía sí ha sido una espina en mi vida pero no un puñal. Ahora bien, encuentro que la novela tiene unas posibilidades enormes.

-¿Cómo puede escribir novelas tristes y pesimistas al tiempo que cuentos para niños?
-¿Tú te crees que escribir para los niños es verter miel? ¡No, hijo, no! Mis libros para muy tristes y muy melancólicos. ¿Sabes a quién le gustaban mucho mis libros para niños? A Julio Cortázar. ¡Le encantaban!

-A usted se la encuadra en la generación "del compromiso", ¿no está esa palabra pasada de moda?
-Yo nunca pertenecí a ese movimiento. Al contrario, siempre fui una francotiradora. Yo sólo estoy comprometida con el ser humano y conmigo misma: todo lo demás me suena a humo de paja.

-¿Por qué se intenta siempre desmarcar de posibles corporativismos y alejarse de probables encasillamientos?
-Yo no puedo ir contra mí misma: yo soy yo. ¿Tú crees que me puedo programar y decir "ahora voy a ser como... ? Yo, no, ¡a mí que me importa! Yo soy yo, y si funciona, bien y sino, peor para mí.

-Usted no se ha significado por su implicación en cuestiones políticas o sociales...
-Hombre, yo he sido siempre de izquierdas, al contrario que toda mi familia. Y mi sentimientos son más sociales que políticos: yo estoy con los que sufren, con los pobres, con los tratados injustamente..., yo estoy con esos, y lo estaré hasta que me muera. No sé cómo se llama a eso.

- ¿Por qué en sus obras el protagonista nunca es dueño de su destino, es sólo un peón que no cuenta para nada?
-¿Tú conoces mucha gente que sea dueña de su destino? Rasca un poco y verás lo que hay detrás. Pero la palabra destino me suena tan ampulosa: uno va labrando su propio destino... Como decía Machado, "se hace el camino al andar".

-Si no cree en la predestinación, ¿cómo dice que ha nacido escritora?:
-He nacido escritora como tú tienes los ojos castaños o como otro puede haber nacido navegante, vagabundo, lírico o ¡yo que sé!

-¿A Ana María Matute le quedan más libros por escribir de los que ha escrito hasta ahora?
-¡Sííííííi...! No sé si tendré vida suficiente, pero tengo unos cuantos libros que me gustaría escribir antes de morirme, y que creo que serán lo mejor que he es crito en mi vida. No he perdido el candor, ¿sabes?, y eso es una cosa muy importante. Yo me puedo sorprender todos los días con las cosas que pasan: me puedo sentir terriblemente ofendida por una injusticia o profundamente alegre por una tontería. Y, con la sensibilidad, la experiencia y la fuerza que tengo, me siento mejor que nunca. Creo que puedo escribir lo mejor de mi vida.
¿Pero no es ésta una forma de juventud: pensar que mañana lo haré mejor? Yo hablo con mujeres de mi edad y están pochísimas, no por fuera, sino por dentro. ¡Y yo, no! Yo estoy joven por dentro: yo tengo esperanza, tengo ilusión, tengo fuerza, tengo, tengo... ¡capacidad de indignación! La gente de mi edad ya no se indigna, la gente no llora más que en el dentista. ¡Pero yo no! ¡Yo no!

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