A la caza de ´Moby Dick´

El rodaje en Canarias de ´In the Heart of the Sea´, de Ron Howard, revive el mito de la ballena blanca, que vuelve a recalar en las Islas casi seis décadas después

01.09.2013 | 02:00
Ilustración de Moby Dick incluida en la edición Moby Dick, la atracción del abismo de la revista Graphiclassic.
Ilustración de Moby Dick incluida en la edición Moby Dick, la atracción del abismo de la revista Graphiclassic.

Después de pedir a oleadas de lectores que le llamasen Ismael, el joven narrador de la insigne novela Moby Dick, escrita por Herman Melville en 1851, revela en las primeras páginas que se enroló en un buque ballenero para combatir la melancolía. Desde que el mundo se activaba e iluminaba con aceite de ballena, los enigmas del océano han inspirado a las más legendarias obras literarias y creaciones del séptimo arte.
El cineasta estadounidense Ron Howard, artífice de la multipremiada Una mente maravillosa (2001) o El desafío: Frost contra Nixon (2008), ha sido el último en embarcarse en el microcosmos de otra vibrante aventura que acontece en altamar. Se trata de su nueva película In the Heart of the Sea, una adaptación de la célebre novela homónima escrita por Nathaniel Philbrick en el año 2000, cuyo rodaje comenzará el próximo mes de septiembre en Reino Unido, para trasladarse después a La Gomera, donde el equipo prevé una estancia de dos meses y para el que buscan figurantes mañana en La Laguna.
Tanto la novela de Melville como la de Philbrick, así como sus respectivas adaptaciones cinematográficas, se inspiran en el trágico hundimiento del buque ballenero Essex, acaecido en 1819, en las tripas del Pacífico, tras ser embestido por una gigantesca ballena blanca. Pero, además de esta concomitancia inicial, una de las primeras traslaciones de la obra maestra de Melville a la gran pantalla, dirigida por el célebre director John Huston a mediados del siglo XX, se rodó también en el marco de las hermosas costas canarias.
Corría el último mes de 1954 cuando el equipo de rodaje de Moby Dick, encabezado por John Huston y por el actor Gregory Peck, que se introduciría en la piel del intrépido Capitán Ahab, junto a los actores Orson Welles, Richard Basehart y Leo Genn, entre otros, aterrizaron en la isla de Gran Canaria. Después de sendos rodajes en las ventosas Azores condenados a un naufragio estrepitoso, el equipo recaló en el Puerto de La Luz atraído por las bondades climáticas del Archipiélago, según cuenta el periodista y escritor Luis Roca, coordinador del proyecto de recuperación documental Salvar la memoria: 50 años de Tirma y Moby Dick, gestado en 2006 sobre el más importante rodaje realizado en las Islas Canarias. "El rodaje fue una auténtica revolución para la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria en aquella época y movilizó a cientos de personas entre locales y foráneos", cuenta el escritor, "aun así, nunca se le ha dado la trascendencia que merecía para Canarias el rodaje de la película, que fue el film más taquillero en aquel año en Estados Unidos".
El autor Luis Roca participó también en el libro Moby Dick, La atracción del abismo, la primera edición de una iniciativa impulsada por la revista Graphiclassic, basada en un estudio gráfico y literario sobre grandes clásicos de la literatura, y sazonado con firmas de autores de reconocido prestigio. Entre otros, destacan las líneas de Antonio Muñoz Molina, Fernando Savater, Juan Madrid o Arturo Pérez Reverte, apasionados del animal mitológico de Melville, que desgranan los entresijos de una obra maestra preñada de símbolos y de historia. En las páginas de esta edición, Roca reseña un exhaustivo inventario de anécdotas que acontecieron en el rodaje de Moby Dick, como las partidas de póquer entre Huston y Peck a bordo de un yate varado en la Playa de Las Canteras; la distribución del equipo entre el Hotel Parque, situado en San Telmo, y el Hotel Santa Catalina; las fiestas de post-rodaje en el famoso Club Victoria o la angosta franja de costa que unía el Puerto de La Luz con la ensenada de El Confital, poblada de barquitas balleneras decimonónicas, pescadores y cambulloneros que ejercieron de remeros improvisados.
Abismo
Además, el titánico cachalote de color nácar al que se enfrenta el capitán Ahab al final del film de Houston es una réplica de 65 metros de largo forjada en metal, madera y látex por un aluvión de carpinteros locales, en el interior del taller del puerto Carbonera Canaria. Se dice que los carpinteros especializados provenientes de Reino Unido se vieron obligados a retornar a sus tierras, ante la impresionante destreza que mostraron los ebanistas canarios. Hasta ahora, el último paradero conocido de la maqueta son las oficinas de una consignataria de la calle La Naval, en el barrio de La Isleta, en la capital grancanaria.
Sin embargo, la gran ballena blanca que dibujó en su novela el escritor Herman Melville hace un siglo y medio es del mismo material que el abismo. Concebida como el relato imprescindible de la mayor de las cacerías en altamar, el mito del monstruoso Moby Dick encierra la búsqueda de ese imposible que nunca se alcanza. Con puntadas finas y de apariencia sencilla, Melville tejió una obra compleja y extensa, que se agranda como el Leviatán al que se enfrentaba oculto detrás de su narrador testigo, Ismael. El autor, que en palabras de Borges, "padeció rigores y soledades que serían la arcilla de los símbolos de sus alegorías", se enroló en un barco ballenero cuando contaba los mismos años que Ismael, para sobrevivir a la quiebra del negocio de su padre en 1841. Esas travesías transoceánicas nutrirían sus posteriores viajes literarios, aunque la gran cruzada suicida del capitán Ahab en pos de la ballena blanca no arribó a buen puerto entre los críticos. Sin embargo, a comienzos del siglo XX, las heridas abiertas en el imaginario social a tenor de las atrocidades perpetradas en la I Guerra Mundial, alentaron las cuestiones en torno a los límites de la degeneración humana y la angustia de la existencia. Aquellos que se refugiaron en la balsa segura de la literatura, navegaron por las oscuras y profundas aguas de Moby Dick preguntándose por la verdadera herida de un marinero que ligó su destino y el de sus tripulantes a las fauces de una gran ballena blanca.
Marginado
El escritor Herman Melville no vivió para ver cómo su obra maestra despuntaba entre los grandes clásicos de la literatura y, marginado por los lectores y la crítica, murió presa del mismo escepticismo y pesimismo que atraviesan sus obras. Pero, al contrario que el malogrado protagonista de su maravillosa obra Bartleby, el escribiente, uno de los más célebres relatos breves de la literatura universal, cuyo perfil rescató el autor Enrique Vila Matas para describir a aquellos escritores que renunciaban a continuar con su oficio, Melville nunca dejó de escribir. Quizás el autor de Bartleby "preferiría no hacerlo", porque escribir una novela sobre la gran ballena blanca fue también su manera de enfrentarla.
La titánica Moby Dick toma como punto de partida la isla de Nantucket, en Massachusetts. A bordo de su buque ballenero, el Pequod, el Capitán Ahab levará anclas para surcar los siete mares junto a su tripulación, formada, entre otros, por Ismael, Queequeg, Tashtego, Stubb y Starbuck, para acometer la persecución incansable del monstruoso Leviatán marino que le amputó la pierna e hizo trizas su embarcación en una contienda pasada.
La trama de esta crónica de una muerte anunciada se alarga de forma intencionada –el Capitán Ahab no aparece hasta casi el ecuador de la novela– y la acción se intercala con exhaustivas descripciones acerca de las tradiciones marineras del siglo XIX, digresiones en torno a los cetáceos y largos bamboleos sobre los abismos marinos, siempre con las agujas de la brújula orientadas hacia la esquiva ballena blanca. Sin embargo, la novela poliédrica de Melville se abre a diversas lecturas e interpretaciones puesto que es, al mismo tiempo, un tratado científico sobre cetáceos y criaturas marinas, un relato ficcionado de las odiseas que acontecieron en el siglo XIX allende los mares y un apasionante estudio sobre psicología social y humana. Con este último aspecto, las obras de Melville, desde Moby Dick hasta Bartleby o Benito Cereno, sentaron las bases para una literatura existencialista y del absurdo que se enriquecería con el maravilloso legado posterior de grandes autores como Kafka y Camus, cuyos planteamientos en torno a las motivaciones y conductas del ser humano permanecen vigentes en el presente. Un ejemplo nítido en Moby Dick es la tripulación embarcada en el Pequod, que es un mosaico de razas, credos y culturas, desde la India a la Polinesia, que parece evocar el conjunto de la humanidad amarrada indefectiblemente a la voluntad de un capitán autoritario.
Al final, ante la inminencia de la muerte, los tripulantes del Pequod navegan en las mismas aguas hacia un destino inexorable, donde solo queda la lucha conjunta y la solidaridad entre unos y otros, probablemente el único consuelo entre los hombres . El sociólogo y director de Graphiclassic, Carlos Uriondo, recoge en su capítulo Un día en el Pequod (planetario), incluida en su monográfico sobre la obra: "Nosotros, como habitantes del Pequod planetario, cuando interpelamos a los amos del mundo si esto es lo normal, recibimos permanentemente la respuesta de ´esto es lo que hay y si no te gusta, salta del barco".
Herida
Con todo, merece mención aparte la esotérica figura del Capitán Ahab, un hombre físicamente mutilado pero con una profunda herida en el alma, que irá minando su interior hasta alimentar un afán vital y desesperado de dar caza a la gran ballena blanca. Esta paranoica caza suicida a bordo del Pequod abre interesantes cuestiones en torno a la rebelión humana contra el inevitable abismo de la existencia. La infinidad de alegorías que describen con acierto, aunque sin certeza, el enfrentamiento continuo entre el Capitán Ahab y Moby Dick constituye el culmen de la magia que envuelve, y envolverá siempre, a la mítica novela.
En principio, Moby Dick podría representar a Dios y, el Capitán Ahab, al conjunto de la Humanidad en su eterna búsqueda de lo imposible. En este sentido, cobra sentido la premonición que le confía el misterioso Elías a Ismael en el comienzo de la novela, cuando el primero preludia la tragedia de Ahab, de la misma manera que Elías, en los escritos de la Biblia, anunció la caída del Rey Ahab en Israel. Sin embargo, desde una perspectiva ecológica, la criatura marina puede representar a la naturaleza incontrolable que el ser humano intenta atrapar y someter a sus designios. O quizás es el propio Capitán Ahab quien, en el sinsentido de su paranoica persecución, somete su vida y la de sus tripulantes a la voluntad de la ballena blanca, que él llega a dotar de humanidad a medida que él mismo se deshumaniza en una desquiciante espiral obsesiva. Por otra parte, para muchos críticos y lectores, el Capitán Ahab simboliza el bien mientras que Moby Dick encarna el mal, y para otros, viceversa. Tal vez, más allá de maniqueísmos fáciles, en el corazón del Capitán Ahab coexistan el indestructible afán de superación de los hombres con la ambición podrida del individuo occidental. Es posible que en su interior converjan a un tiempo lucidez y locura, pues su búsqueda consciente de un imposible le acercaban más a la angustia del que vive que a un trastorno obsesivo compulsivo: "No podéis desviarme. [...] El camino de mi resolución tiene rieles de acero por los cuales corre mi alma", declaró a viva voz el gran Ahab al emprender su travesía.
Quizás Moby Dick no represente sino el reverso oscuro del Capitán, la senda autodestructiva que éste emprende y que proyecta en el cachalote blanco, cuando en el fondo no se trataba sino de otro dolor, otra herida. Pero quién se atreve a cuestionar las motivaciones y temores que atenazaban el corazón del valiente y desdichado Capitán Ahab. A fin de cuentas, todos albergamos en nuestro interior nuestra propia ballena blanca.

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